07/08/2026
El comer emocional 🧠 se ha demonizado tanto que, a veces, parece que si hay una emoción detrás de una decisión con la comida ya significa que hay un problema. Y esta creencia nos hace bastante daño.
Porque las emociones siempre están presentes cuando comemos. También cuando disfrutamos de una comida 🤍, cuando un plato nos reconforta después de un día difícil 🫂, cuando compartimos una cena con alguien a quien queremos 💕o cuando un alimento nos recuerda a nuestra infancia 🏡. Las emociones forman parte de nuestra relación con la comida y pretender comer siempre desde un lugar completamente neutro no solo es imposible, sino que tampoco me parecería deseable.
Por eso, para mí, el problema nunca ha sido que la comida pueda reconfortarnos. De hecho, me parece algo profundamente humano. A veces llegas a casa agotada y lo único que te apetece es algo sencillo, que te abrace un poco, que no te pida esfuerzo ni decisiones. Lo eliges, lo disfrutas y sigues con tu día. Y no creo que eso tenga nada de problemático 🍕🤍.
Lo que sí me preocupa es cuando ese comer emocional deja de ser una posibilidad entre muchas y acaba convirtiéndose en la única forma de gestionar lo que sientes. Porque, aunque la comida pueda darte un alivio momentáneo, no puede resolver por sí sola aquello que te está haciendo sufrir. Y cuando toda esa responsabilidad recae sobre ella, es fácil que acabemos esperando de la comida algo que, simplemente, no puede ofrecernos 🌱.
Y creo que esa diferencia es importante. No porque haya emociones “buenas” o “malas” al comer, sino porque me gusta pensar que una relación sana con la comida también incluye poder disfrutar, encontrar consuelo en un momento puntual y sentir placer. Lo único que desearía es que, además de la comida, también pudieras encontrar ese apoyo en otros lugares cuando lo necesites ✨.
🫶🏼🫂💜