29/05/2026
¡Toma la palabra «paz» y arrójala a la hoguera! Quémala junto con todas las demás palabras espirituales vacías que te han vendido.
A medida que despiertas, maduras y regresas a la verdad, te cansas cada vez más de la estéril y anémica «Nueva Era» y de ese «evasionismo» no dual. Cansado de esta adoración a una «conciencia intocable». Maestros impolutos, subidos a altos pedestales, hablando de algún vacío trascendente e imperturbable.
Es un vacío sin entrañas.
Una conciencia sin piel.
Una lucidez desprovista del sentimiento humano profundo y crudo que debería impregnarla.
Ideas hermosas, claro está. Hermosa poesía.
Mientras tanto, tras el telón, sus vidas reales se desmoronan.
Relaciones sumidas en el caos. Infidelidades. Manipulación. Adicciones ocultas.
Fingiendo estar por encima del barro. Por encima del duelo. Por encima del dolor y el sufrimiento que conlleva el ser humano.
En algún lugar muy dentro, todos sabemos que la vida real —y la verdadera sanación— no se encuentra en un estado de conciencia impoluto e imperturbable.
Se encuentra aquí.
Justo aquí, maldita sea.
En el terreno pegajoso y fértil de la vida cotidiana. En el olor a sudor. En la ropa sucia. En el duelo. En la risa que te hace doler el estómago. En el peso de tu hijo dormido entre tus brazos. En las conversaciones con tu pareja. En la tensión exquisitamente erótica entre dos personas que intentan amarse, alcanzarse, sostenerse mutuamente.
Debemos matar la idea de que la santidad es algo limpio. Imperturbable. Siempre pacífico. Intacto ante el desorden de la vida.
La cordura tal vez solo se encuentre al permitir que todos esos muros se derrumben. Al dejar entrar a la vida. Al permitir que la vida te toque.
Volver a poner los pies en la tierra. Volver a la montaña de platos en el fregadero. Volver a tu hijo pequeño gritando en el suelo de la cocina. Volver a la calidez de la mano de tu pareja entre las tuyas.
AQUÍ es donde sucede la vida.
AQUÍ es donde despiertas.
AQUÍ es donde puedes ser vulnerable.
AQUÍ es donde lo divino puede penetrarte.
AQUÍ es donde puedes ser salvado.
Simplemente no puedes sanar mientras flotas por encima de la tierra, envuelto en una nube de filosofía perfecta y conceptos abstractos sobre la Conciencia.
Tienes que bajar.
Abajo.
Más abajo aún.
Abajo.
Sigue bajando, amigo.
Hacia el barro. Hacia el lodo húmedo, pegajoso e incómodo de la existencia.
Olvídate de la palabra «paz». Es solo una palabra, y las palabras no te salvarán ni te sanarán, en última instancia.
Regresa a esta vida abrumadora, desgarradora y ordinaria.
Deja que tu vieja espiritualidad se desmorone. Deja que tu templo sin cimientos caiga en la ruina, y permite que esas ruinas se conviertan en tu nuevo templo:
El templo de lo ordinario.
El templo de todo aquello de lo que has estado huyendo durante toda tu maldita vida.
— Jeff Foster-