01/06/2026
En India los templos están llenos de zapatos afuera.
Cientos.
Miles.
Sandalias gastadas.
Ojotas de plástico.
Zapatillas cubiertas de polvo.
Pares desarmados por el tiempo.
Pares viejos.
Pares nuevos.
Pares carísimos.
Pares que apenas sobreviven unidos.
Todos mezclados.
Sin orden.
Sin nombre.
Sin dueño visible.
La primera vez que entrás a un templo en India, lo primero que sentís no es devoción.
Es miedo.
Miedo de dejar tu calzado ahí afuera.
Miedo de no volver a encontrar tus sandalias entre semejante caos.
Miedo de salir y descubrir que alguien se las llevó.
Porque venimos de un mundo donde todo se asegura.
Se controla.
Se vigila.
Se cierra con llave.
Entonces hacés lo que hacemos todos al principio.
Mirás para atrás veinte veces antes de entrar.
Intentás memorizar el lugar exacto donde dejaste los zapatos.
Buscás una referencia absurda.
Al lado de la columna.
Cerca de los zapatos verdes.
Frente al puesto de flores.
Como si eso pudiera salvar algo.
Y después entrás.
Descalza.
Y recién ahí entendés algo.
Entendés que para entrar a ciertos lugares hay que dejar algo afuera.
Aunque sea por un rato.
La identidad.
El apuro.
El control.
El ego.
Porque nadie en India entra entero a un templo.
Siempre hay una parte tuya que se queda esperando en la puerta.
Porque no se trata solamente de sacarte las sandalias, se trata de lo que sucede en el cuerpo cuando dejás de tocar el mundo desde abajo.
El piso está frío.
O caliente.
O mojado.
O lleno de polvo.
Y de golpe aparece una fragilidad rarísima.
Ya no estás protegida.
La planta del pie toca exactamente lo mismo que tocaron millones de personas antes que vos.
Viejos.
Niños.
Mujeres llorando.
Hombres rezando.
Peregrinos agotados.
Personas que llegaron ahí para pedir algo o para agradecer.
Entonces dejás afuera los zapatos pero también dejás otra cosa y después de un rato empezás a darte cuenta de otra cosa todavía más extraña.
Que afuera de los templos no importa quién sos.
Porque todas las sandalias terminan pareciéndose.
Las del hombre millonario.
Las del vendedor callejero.
Las del turista.
Las de la anciana que caminó kilómetros para llegar.
Todas quedan tiradas en el mismo suelo.
Cubiertas por el mismo polvo.
Los templos no preguntan quién sos.
No preguntan qué lograste.
No preguntan cuánto tenés.
No preguntan de dónde venís.
Los templos no reciben nombres.
No reciben historias.
Reciben pies.
Pies cansados.
Pies rotos.
Pies limpios.
Pies sucios.
Pies que vienen de atravesar la vida como pudieron.
Y quizás por eso India enseña tanto.
Porque todo el tiempo te está recordando algo que Occidente intenta hacerte olvidar: que abajo de todo lo que creemos ser, seguimos siendo apenas un cuerpo cansado buscando un poco de Dios.
Y quizás lo más brutal no sea dejar las sandalias afuera y ensuciarte los pies.
Quizás lo más brutal sea entender que nadie puede entrar por vos porque frente a ciertas puertas todos entramos descalzos y solos.
Y ahí, en ese instante diminuto en el que la planta del pie toca la piedra fría del templo, sucede algo difícil de explicar.
El cuerpo recuerda algo que estaba ahí mucho antes de las palabras.
Antes de pertenecer a una familia.
Antes de una patria.
Antes de una lengua.
Antes de una religión.
Antes de que alguien decidiera quién valía más y quién valía menos.
Antes de todo aquello que el mundo fue colocando sobre nuestros hombros.
El cuerpo recuerda que debajo de todo eso siempre hubo lo mismo.
Carne.
Hueso.
Miedo.
Amor.
Recuerda el temblor.
La intemperie.
La pequeña fragilidad de estar vivos.
Recuerda que alguna vez todos llegamos a este mundo sin nada.
Sin respuestas.
Sin certezas.
Sin más equipaje que un cuerpo vulnerable y un corazón latiendo en la oscuridad.
Y queda solamente eso.
Un ser humano frágil.
Desnudo frente al misterio.
Y entonces entendés que la fragilidad no era el pie descalzo.
La fragilidad eras vos.
Vos, creyendo que la vida podía protegerse con una suela.
Vos, tratando de recordar exactamente dónde habías dejado tus sandalias.
Vos, creyendo que estabas separada de la tierra, del polvo, del miedo y de todos los otros.
Hasta que el templo te baja.
Te devuelve al cuerpo.
Te arranca el personaje.
Y te deja ahí.
Con los pies desnudos.
Como si algo hubiera dejado de sostenerte.
Porque al final no eran solamente los zapatos lo que tenías que dejar afuera y el templo lo supo antes que vos.
Por eso te pidió los pies primero.
Autoría: María Celina Merlo de Alma Shiva. Viajes a India Grupales y Personalizados