12/09/2026
¿Será posible vivir más de 100 años?
Estoy convencido de que la humanidad avanzará hacia vidas cada vez más largas. Primero tendremos que conseguir, que llegar a los 100 años con autonomía deje de ser una excepción para después trabajar en ampliar la vida saludable más allá de los 120 o 150 años.
Tenemos que explorar límites que hoy todavía parecen extraordinarios.
No afirmo que ya sepamos cómo hacerlo. Sostengo que tenemos razones científicas para investigarlo ya que la longevidad no depende de una sola dieta, un suplemento, una rutina de ejercicio ni una máquina. Tampoco de acumular análisis, escáneres o estudios si no aprendemos a interpretar cómo envejece cada tejido y cómo conserva —o pierde— su capacidad de reparación. La alimentación equilibrada, la actividad física, el sueño, la salud emocional, la prevención y la atención médica siguen siendo indispensables, sin embargo, creo que el enfoque debe ampliarse: además de diagnosticar y corregir enfermedades cuando ya se han manifestado, necesitamos estudiar los procesos celulares que las preceden.
El cuerpo no envejece de manera uniforme
Las células humanas no tienen todas las mismas duraciones ni cumplen las mismas funciones. Algunas se renuevan rápidamente; otras permanecen durante años, e incluso existen poblaciones celulares que pueden acompañarnos durante gran parte de nuestra vida.
Además, apoptosis, autofagia, senescencia y renovación celular no son sinónimos. La apoptosis es una forma regulada de muerte celular; la autofagia permite degradar y reciclar componentes; la senescencia mantiene vivas a células que han dejado de dividirse y que pueden modificar el entorno del tejido. Estos procesos se relacionan entre sí, pero no obedecen a un calendario único ni funcionan igual en todos los órganos.
Por eso sostengo que el cuerpo no envejece parejo: envejece por células, por tejidos, por órganos y por sistemas.
Una persona puede conservar sanas muchas partes de su organismo y, aun así, perder la vida por la falla crítica de un órgano. La posibilidad de donar algunos órganos después de la muerte confirma, de manera muy clara, que el deterioro biológico no avanza a la misma velocidad en todo el cuerpo. El gran reto de la longevidad es identificar qué tejido está perdiendo primero su coherencia funcional y actuar antes de que el daño se vuelva estructural o irreversible.
¿Qué puede enseñarnos el cáncer?
Desde hace años mantengo una idea que provoca dudas y muchas preguntas: quizá una parte importante del secreto de la longevidad se encuentre en comprender mejor el cáncer. No porque las células cancerosas sean verdaderamente inmortales dentro del cuerpo, sino porque consiguen evadir algunos mecanismos que normalmente limitan la proliferación, modifican su metabolismo, alteran la comunicación con el tejido y resisten las señales de muerte celular. Y esa capacidad no las vuelve sanas, las vuelve muy peligrosas.
La ciencia contemporánea aún no describe el cáncer como una célula que simplemente se quedó sin energía. Asegura que las células tumorales necesitan energía y materia para crecer y reprogramar sus rutas metabólicas. De hecho se habla que pueden utilizar diferentes combustibles. También asegura que acumulan alteraciones genéticas, epigenéticas, inmunológicas y microambientales.
Por eso mi hipótesis es aún más específica: “la pérdida prolongada de organización energética mitocondrial podría ser uno de los acontecimientos que favorecen la disfunción del tejido y crean condiciones para la enfermedad”. El reto entonces, no sería encender o apagar indiscriminadamente la energía celular sino poder modular, con precisión y seguridad, la respuesta energética, el control de calidad mitocondrial, la autofagia, la apoptosis y la reparación de cada tejido.
La mitohormesis: cuando una dosis pequeña de estrés es capaz de activar la adaptación
La mitohormesis describe una respuesta biológica mediante la cual un estrés mitocondrial leve y transitorio puede activar mecanismos adaptativos que mejoran la resistencia celular. Las palabras que la retrata son: estrés controlado.
Las mitocondrias producen ATP y participan en la señalización, la regulación del calcio, la respuesta inmunitaria y la muerte celular. Durante su funcionamiento también se generan especies reactivas de oxígeno, conocidas como ERO o ROS. En exceso, estas moléculas pueden dañar lípidos, proteínas y material genético; pero, en cantidades moderadas y transitorias, también actúan como señales y esas señales pueden movilizar defensas antioxidantes, proteínas de respuesta al estrés, mecanismos de reparación, autofagia y biogénesis mitocondrial. En esta adaptación participan redes como NRF2, AMPK, mTOR, SIRT1, FOXO y PGC-1α.
No son interruptores aislados, sino componentes de una red dinámica que responde al tipo de célula, la dosis y duración del estímulo, la edad y el estado de salud de cada persona.
El ejercicio es uno de los ejemplos mejor estudiados ya que aumenta temporalmente la demanda energética y la producción de ROS pero inmediatamente después, el organismo activa mecanismos de adaptación. El ayuno o la restricción calórica también se investigan en este contexto, pero no pueden considerarse apropiados para todas las personas. En quienes viven con diabetes, utilizan insulina, están embarazadas, son adultos mayores frágiles o padecen otras enfermedades, estas prácticas requieren supervisión profesional.
Repito: la mitohormesis no significa que “el estrés sea bueno”; significa que ciertos estímulos leves, breves y recuperables pueden fortalecer las respuestas adaptativas porque el estrés intenso, repetido o crónico puede producir exactamente lo contrario: inflamación, deterioro mitocondrial, pérdida de función y enfermedad crónica. Tampoco debe confundirse el estrés celular mitohormético con ek cortisol. El cortisol es una hormona esteroidea indispensable para la adaptación al estrés, el metabolismo, la presión arterial y la respuesta inmunitaria. Pero su elevación crónica puede contribuir a alteraciones metabólicas e inmunológicas.
De la hipótesis a la medición
El Cargador de Mitocondrias® es una tecnología experimental de bienestar que, dentro de mi teoría de Reorganización Energética Celular (REC), busca facilitar condiciones biofísicas asociadas con la organización energética celular. Mi hipótesis básicamente plantea que una señal correctamente diseñada puede influir en procesos de mecanotransducción y en la respuesta favorable del organismo.
El programa de investigación que propongo
Para explorar seriamente la relación entre energía celular y longevidad se necesita construir un mapa dinámico, no una tabla rígida de “caducidad” celular.
Ese mapa, desde mi punto de vista debe incluir:
1. Los ritmos de renovación y permanencia de las diferentes poblaciones celulares.
2. El estado energético y mitocondrial de cada tejido.
3. Marcadores de senescencia, inflamación, autofagia, apoptosis y reparación.
4. Las diferencias asociadas con la edad, el s**o, la genética, la alimentación, el sueño, la actividad física, las enfermedades y los medicamentos.
5. Una línea basal y mediciones posteriores a cada intervención.
6. Un registro sistemático de efectos adversos y criterios claros para interrumpir el procedimiento.
7. La comparación con grupos de control y la replicación independiente de los resultados.
Además, habrá que distinguir entre asociación y causalidad. Que una enfermedad presente disfunción mitocondrial no significa automáticamente que esta sea su única causa, ya que puede ser causa, consecuencia o ambas cosas en diferentes momentos. También me queda claro que esta investigación debe ser multidisciplinaria ya que necesita médicos, biólogos celulares, bioquímicos, genetistas, oncólogos, gerontólogos, físicos, matemáticos, especialistas en datos, expertos en regulación y por supuesto de ingenieros.
¿Quién mejor que un ingeniero para saber cómo funciona un motor molecular? pero ¿quién mejor que un biólogo, un médico o un bioquímico para advertir que una célula viva no es solo una nano máquina aislada?
Longevidad no significa solamente sumar años
Vivir más no tendría sentido si los años adicionales estuvieran dominados por el dolor, la dependencia o el deterioro cognitivo. Es por eso que la meta debe ser ampliar la vida saludable, es decir, poder cumplir muchos años conservando movilidad, memoria, autonomía, vínculos humanos y propósito.
La mitohormesis podría aportar conocimientos valiosos para comprender cómo se adapta el organismo, pero hoy en día no constituye por sí sola una terapia universal contra el envejecimiento, el cáncer, la diabetes, la obesidad o las enfermedades neurodegenerativas como tampoco existe una fruta o suplemento que garantice activar la mitohormesis de manera segura.
Aunque algunos compuestos naturales, como los polifenoles, se estudian por sus efectos sobre distintas vías celulares, eso no significa que deban consumirse como tratamiento ya que los suplementos pueden interactuar negativamente con anticoagulantes, inmunosupresores, antihipertensivos, sedantes y otros medicamentos.
Mi reflexión profesional
Entre más me adentro en el funcionamiento del cuerpo humano, más me sorprendo del gran ingenio de Dios. La célula no es una pieza pasiva; percibe, comunica, repara, recicla, decide y se adapta. Sus mitocondrias tampoco son simples baterías, son partes fundamentales de una red que integra energía, señales y supervivencia. Entonces: ¿podremos detectar y recuperar la coherencia energética de un tejido antes de que su disfunción se convierta en una enfermedad estructural? Mi respuesta es sí.
Precisamente por eso creo posible vivir más de 100 años y que la humanidad después pueda superar aún más sus límites actuales.
Raúl Macías
Inventor del Cargador de Mitocondrias y fundador de RAMAX México
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