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El mito de Quirón:Si hay una sanadora, hay una mujer que fue a su propio encuentro. A mirarse frente a frente. A aceptar...
04/08/2026

El mito de Quirón:
Si hay una sanadora, hay una mujer que fue a su propio encuentro. A mirarse frente a frente. A aceptarse en luz y sombra. A meterse en el fango del miedo y de todos sus secuaces.
Si hay una sanadora, hubo una gran herida. Y tal vez, muchas otras replicando una y otra vez.
Si hay una sanadora hubo oscuridad. Hubo dolor. Hubo búsqueda. Hubo integración y apertura a ser sostenida.
Si hay una sanadora hubo demolición de estructuras y reconstrucción de nuevas. Hubo miedo, hubo coraje, hubo esperanza.
Si hay una sanadora hay un alma antigua que recuerda. Que sabe de servicio, de entrega, de equilibrio. Sabe de preguntas que viajan a las profundidades y que generan responsabilidades.
La sanadora sabe que todo ya está aquí. Y que sólo habrá que hacer lugar. Para ver, para sentir, para ordenar.
Sabe cuándo ponerse al servicio de otras almas que transiten lo que ya ha transitado. Sabe recibir el espejo de quien acude a ella, y ser espejo a su vez de las infinitas posibilidades de quien aún no puede ver con claridad por el dolor.
Sabe mirarse con amor. Ser compasiva con el dolor y transformarlo para su evolución.
Principalmente, una sanadora sabe que siempre está sanando. Pues sabe que sanar no es más ni menos que conocerse, para poder elegir y crear la vida que merece.
Sanadora es sólo una palabra: cada quien puede darle su significado. Refiere aquí al mito de Quirón, el sanador herido — y a que todo ser es sanador/a desde el momento en que decide sanarse a sí mismo.
Se, tu sanadora!! Me lo dijo un pajarito; no es mío, pero me encantó, y lo comparto.

Me lo dijo un pajarito:El "cuando"Hay personas que ya eligieron el lugar donde quieren ser enterradas y todavía no encue...
01/08/2026

Me lo dijo un pajarito:
El "cuando"
Hay personas que ya eligieron el lugar donde quieren ser enterradas y todavía no encuentran un martes para tomarse un café sin prisa. La escena parece absurda, pero ocurre todos los días. Nadie siente que está renunciando a la vida; al contrario, tiene la certeza de estar haciendo lo correcto. Primero hay que terminar la carrera, después pagar la casa, sacar adelante a los hijos, ahorrar un poco más, esperar el momento indicado. Sin darse cuenta, el presente termina convertido en una sala de espera.
Las razones cambian de nombre, aunque todas prometen lo mismo. A veces se llaman estabilidad, otras seguridad, dinero, salud o amor. Cada una asegura que, al cruzar esa meta, por fin llegará la tranquilidad. Sin embargo, apenas se alcanza un objetivo aparece otro ocupando su lugar. La satisfacción dura poco; la siguiente exigencia ya está tocando la puerta.
El engaño nunca hace ruido. No perdemos la vida de un solo golpe. La vamos entregando en pequeñas postergaciones que parecen sensatas. Dejamos para después el viaje, la conversación pendiente, el abrazo, el descanso, el libro que queríamos escribir, el proyecto que nos hacía ilusión o la simple decisión de vivir con un poco más de calma.
Resulta curioso que casi nadie diga: estoy posponiendo mi vida. Preferimos decir: todavía no es el momento. Esa frase suena prudente, incluso responsable, hasta que un día descubrimos que los hijos ya crecieron, los padres envejecieron, el cuerpo comenzó a hablar un idioma distinto y el espejo empezó a contar una historia que no habíamos notado.
Quizá la mayor ilusión no sea creer que tenemos mucho tiempo. La mayor ilusión consiste en pensar que la vida comenzará cuando desaparezca la última pendiente. Ese día nunca llega. Las pendientes cambian de nombre. La vida no.
La vida no se escapa entre los años. Se escapa entre los "cuando".

Karen Chico

Lic. en Psicología |
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La verdad con ternura, la fuerza con consciencia.
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Me lo dijo un pajarito:El precio de lo que admirasNo puedes pedir una versión de mujer y rechazar todo lo que viene con ...
31/07/2026

Me lo dijo un pajarito:
El precio de lo que admiras
No puedes pedir una versión de mujer y rechazar todo lo que viene con ella.
Si quieres su delicadeza, tendrás que aprender a cuidar sin controlar.
Si admiras su ambición, aceptar que tendrá prioridades además de ti.
Si deseas su belleza, comprender que cuidarse requiere tiempo y recursos.
Si quieres su deseo, entender que la intimidad no funciona por obligación.
Si buscas su paz, tendrás que revisar cuánto caos llevas tú a la relación.
Si esperas su apoyo, también tendrás que saber sostener.
Si pides lealtad, ofrecer coherencia.
Y si quieres una mujer que conozca su valor, aceptar que también sabrá cuándo marcharse.
Nos enamoramos de ciertas cualidades mientras nos benefician. El conflicto aparece cuando descubrimos que esas mismas cualidades también tienen límites, necesidades y consecuencias.
Queremos su carácter, pero no cuando nos contradice. Su independencia, pero no cuando decide sin nosotros. Su seguridad, hasta que dice que no. Su libertad, mientras siga eligiéndonos.
Ahí aparece una contradicción difícil de reconocer: a veces no queremos que el otro deje de ser quien es; queremos que siga siéndolo, pero únicamente en aquello que nos resulta conveniente.
No pidas una mujer entera si para amarla necesitas partirla en pedazos.
No puedes amar su fortaleza y pedirle que se haga pequeña para que tú estés cómodo. Tampoco puedes enamorarte de una mujer con voz y resentirla cuando la utiliza.
Porque aquello que admiras también tiene un precio emocional. Y no siempre corresponde pagarlo a quien posee esa cualidad.
A veces le toca a quien pretende compartir la vida con ella.

ANCLAJE

La próxima vez que algo de tu pareja te incomode, antes de intentar cambiarlo pregúntate:
¿Esto que hoy quiero quitarle es parte de aquello que un día admiré en ella?
Amar no consiste en conseguir que el otro se acomode a ti. También implica preguntarte si tienes la madurez necesaria para convivir con quien dices amar.

Karen Chico
Psicóloga |
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Me lo dijo un pajarito:Durante años he honrado la amistad dando por hecho que ciertas cosas no necesitaban explicarse. P...
29/07/2026

Me lo dijo un pajarito:

Durante años he honrado la amistad dando por hecho que ciertas cosas no necesitaban explicarse. Para mí, una de ellas era la lealtad.
Creí que significaba cuidar el nombre de un amigo cuando no estaba presente, no convertir una confidencia en munición durante el enojo y entender que conocer las partes vulnerables de alguien era un privilegio, nunca un arsenal.
Tardé en comprender que incluso los valores pasan por el filtro de nuestro temperamento.
Una persona puede creer que cuida diciendo inmediatamente lo que piensa; otra, callando hasta encontrar el momento. Una necesita resolver el conflicto y otra alejarse para procesarlo. Alguien confronta porque quedarse inmóvil le resulta casi imposible, mientras otro necesita silencio antes de responder.
Los dos pueden pronunciar la palabra lealtad y estar hablando idiomas distintos.
El temperamento no decide nuestros valores, pero participa en la manera de expresarlos. Esa fuerza que nos permite actuar, defender, resolver y permanecer también puede empujarnos a reaccionar antes de comprender qué estamos defendiendo.
Y aquí apareció para mí una pregunta incómoda:
¿He sido para mis amigos la amiga que creo haber sido?
No puedo responderla completamente.
Conozco mis intenciones y puedo revisar mis actos, pero no puedo decidir cómo fue vivida mi presencia en la historia de otro. Habrá ocasiones en las que fui leal y alguien se sintió traicionado; palabras que intentaron cuidar y lastimaron; silencios que pretendieron respetar y fueron interpretados como abandono.
Escuchar esa versión no me obliga a convertirla en verdad absoluta, pero tampoco necesito desacreditarla para conservar la mía.
Ahí comienza una forma más adulta de autoconocimiento: reconocer lo que me corresponde sin apropiarme de cada interpretación ajena.
Mi temperamento puede explicar por qué reacciono como reacciono. No puede convertirse en permiso para no revisar lo que hago con esa reacción.
Sigo creyendo profundamente en la lealtad, solo que ya no la doy por supuesta ni la utilizo como certificado de quién soy. Prefiero observarla cuando llega el desencuentro, porque es sencillo cuidar a alguien mientras estamos de acuerdo.
La verdadera prueba aparece cuando estamos heridos y tenemos en las manos información suficiente para lastimar.
Quizá ahí descubrimos algo mucho más importante que quién tuvo razón:
qué hacemos con nuestra fuerza cuando tenemos razones para usarla contra alguien que alguna vez amamos.
ANCLAJE
Ante el próximo desencuentro, antes de justificar tu reacción con un “así soy”, pregúntate:
¿Esto que estoy haciendo nace de mis valores, de mi temperamento o de mi herida?
Mañana hablaremos de una fuerza que suele ser juzgada por sus explosiones y pocas veces comprendida por todo lo que es capaz de construir:
el temperamento colérico.
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ME LO DIJO UN PAJARITO :Una discusión puede empezar por una taza mal puesta y terminar convocando a los mu***os,  ya no ...
28/07/2026

ME LO DIJO UN PAJARITO :

Una discusión puede empezar por una taza mal puesta y terminar convocando a los mu***os, ya no estamos hablando de la taza, ni de lo que ocurrió esa mañana, ni siquiera de la persona que tenemos enfrente. Aparecen conversaciones de hace diez años, palabras archivadas con una precisión sorprendente, errores que supuestamente estaban perdonados y una colección completa de pruebas destinadas a demostrar una sola cosa:

yo tenía razón.

Resulta curioso cuánto podemos arriesgar para conseguir un veredicto que nadie nos pidió.
La necesidad de tener razón no siempre nace de la soberbia, nace antes, en lugares donde equivocarse costaba demasiado.
En una casa donde el error se castigaba, reconocerlo podía significar humillación. Frente a adultos incapaces de pedir perdón, defender la propia versión era una manera de conservar dignidad. Para un niño constantemente cuestionado, demostrar que tenía razón podía convertirse en una forma de decir: lo que vi fue real, lo que sentí ocurrió, mi palabra también vale.

El problema comienza cuando aquella defensa sobrevive a la circunstancia que la hizo necesaria, una diferencia de opinión deja de sentirse como y comienza a sentirse como una amenaza, no escuchamos para comprender. Escuchamos buscando la grieta por donde responder. Mientras el otro habla, reunimos argumentos, recordamos antecedentes, ordenamos evidencias. La conversación se convierte en tribunal y la persona que amamos termina sentada, sin saberlo, en el banquillo de los acusados.
Ganar empieza a importar más que entender.
Podemos demostrar que el mensaje sí llegó a las 8:17, que esas fueron exactamente sus palabras, que nosotros advertimos lo que sucedería, que la memoria del otro está equivocada y la nuestra no, hay victorias que dejan una habitación extrañamente vacía. Nuestra mente no busca únicamente la verdad; también intenta proteger la imagen que tenemos de nosotros mismos. Cuando una información amenaza esa imagen, podemos justificar, seleccionar recuerdos, interpretar los hechos a nuestro favor o buscar únicamente aquello que confirma lo que ya creemos, defendiendo una versión de nosotros mismos que necesitamos conservar intacta.

Yo soy quien entiende quien hace las cosas bien,
quien no se equivoca,quien ya sabía.
Algunas discusiones resultan tan difíciles de abandonar. Ceder en el argumento parece significar ceder una parte de la identidad, reconocer que el otro tiene razón en algo no nos quita valor.
Decir “no lo había visto así”, “me equivoqué” o “ahora entiendo lo que quisiste decir” no es perder autoridad. Es tener suficiente seguridad interior para no necesitar defenderse de cada posibilidad de estar equivocado, la verdadera madurez no consista en aprender a argumentar mejor, distinguir cuándo estamos defendiendo una verdad y cuándo estamos defendiendo una herida,una relación no necesita un ganador y un vencido para resolver un conflicto. Necesita dos personas capaces de permanecer en la conversación sin convertir cada desacuerdo en una batalla por el
habrá ocasiones mucho más interesantes en las que ambos estaremos mirando la misma historia desde ventanas diferentes.

La pregunta deja de ser:

¿Quién tiene razón?

aparece una mucho más difícil:

¿Qué estoy dispuesto a perder con tal de demostrar que la tengo?

Tener razón nunca fue el verdadero asunto, era sentir que nuestra voz tenía valor.

Anclaje:
La próxima vez que una conversación se convierta en una batalla por demostrar quién tiene razón, pregúntate:
¿Estoy intentando resolver esto o estoy intentando no sentirme equivocado?

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27/07/2026


Chico,
Es Tu mu**to, tu lo cargas!! RESPONSABILIDAD.
Se los iba a escribir, pero fui responsable!!

Me lo dijo un pajarito:El mar no deja de ser mar cuando destruye un puerto. Tampoco cuando ilumina una ciudad.La fuerza ...
27/07/2026

Me lo dijo un pajarito:

El mar no deja de ser mar cuando destruye un puerto. Tampoco cuando ilumina una ciudad.
La fuerza es la misma.
Lo que cambia es el cauce.
Una ola puede levantar embarcaciones, alimentar ecosistemas y mover las turbinas que producen electricidad para millones de personas. La misma agua, sin dirección, puede arrasar pueblos enteros en cuestión de minutos.
Nadie culpa al mar por tener fuerza.
Lo que comprendemos es que una fuerza inmensa necesita un lugar donde expresarse.
Con el temperamento ocurre algo parecido.
Durante siglos, al colérico se le recordó por sus explosiones y se olvidó aquello que le daba origen. No fue nombrado por su enojo, sino por su extraordinaria capacidad para actuar.
Hay quienes llegan al mundo con una energía que no sabe quedarse inmóvil. Detectan el problema y ya están buscando la solución. Mientras otros contemplan el paisaje, ellos empiezan a construir el puente.
Esa fuerza puede levantar empresas, defender causas, abrir caminos y sostener familias enteras.
También puede desgastarse intentando controlar todo lo que teme perder.
No porque haya cambiado su naturaleza.
Porque cambió el lugar donde aprendió a dirigirla.
El temperamento nunca es el enemigo.
La pregunta siempre es la misma:
¿Tu fuerza está construyendo un cauce... o sigue intentando contener una tormenta que terminó hace muchos años?
Mañana entraremos en la infancia del colérico. No para entender su carácter, sino para descubrir quién le enseñó que detenerse podía ser peligroso.
Anclaje
La fuerza nunca fue el problema.
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Lic. Karen Chico Álvarez
Psicóloga | Terapia individual
Chihuahua, Chih.
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Me lo dijo un pajarito:El temperamento no es tu personalidad. Es la forma en que la vida encontró a alguien que ya venía...
26/07/2026

Me lo dijo un pajarito:

El temperamento no es tu personalidad. Es la forma en que la vida encontró a alguien que ya venía siendo distinto.
Dos bebés pueden llegar al mundo el mismo día, crecer bajo el mismo techo y, aun así, reaccionar de manera completamente diferente ante el mismo abrazo, el mismo ruido o la misma ausencia.
Uno se sobresalta con facilidad.
Otro observa antes de responder.
Uno necesita movimiento.
Otro encuentra calma en la quietud.
Mucho antes de que aparezcan las palabras, ya existen diferencias que no dependen de la educación, del esfuerzo ni de la voluntad. La ciencia ha demostrado que nacemos con una disposición biológica para sentir y responder al mundo. A esa disposición la llamamos temperamento.
Esa primera manera de mirar la vida no elige el rumbo.
Solo marca el lugar desde donde comienza el viaje.
Después llega la historia.
Las experiencias van dejando pequeñas huellas. Unas enseñan confianza. Otras invitan a desconfiar. Algunas despiertan curiosidad; otras mantienen el cuerpo en alerta. La misma predisposición puede florecer en un ambiente seguro o aprender a protegerse en uno impredecible.
Con el paso de los años resulta difícil distinguir dónde termina lo que trajimos al nacer y dónde comienza lo que aprendimos para adaptarnos. Ambas historias se entrelazan con tanta naturalidad que acabamos creyendo que siempre fuimos así.
Tal vez por eso confundimos el temperamento con el destino.
No son lo mismo.
El temperamento es el punto de partida.
La personalidad es el camino que se fue escribiendo mientras intentabas encontrar un lugar seguro en el mundo.
Mañana comenzaremos con el primero de ellos.
No para ponerle un nombre a las personas.
Para descubrir cómo una misma predisposición puede convertirse en fuerza, en refugio o en prisión, según la historia que la acompañó.
Anclaje
"La primera página de tu historia ya estaba escrita. El resto sigue esperando tu letra."
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Me lo dijo un pajarito:El temperamento no es una sentencia. Es el punto de partida.Dos bebés pueden llegar al mundo el m...
26/07/2026

Me lo dijo un pajarito:

El temperamento no es una sentencia. Es el punto de partida.
Dos bebés pueden llegar al mundo el mismo día y, aun así, comenzar la vida de maneras muy distintas.
Uno se sobresalta con cualquier ruido. Otro parece observar antes de reaccionar. Hay quien busca los brazos con desesperación y quien permanece tranquilo mientras descubre el lugar al que acaba de llegar.
Todavía no conocen el miedo.
No han aprendido a confiar.
Mucho menos saben quiénes serán cuando crezcan.
Y, sin embargo, ya son diferentes.
Durante mucho tiempo se creyó que esas diferencias dependían casi por completo de la educación. Hoy sabemos que no es así. Desde los primeros meses de vida comienza a manifestarse el temperamento, la dimensión de la personalidad con mayor base biológica. Cada persona llega al mundo con una manera particular de responder a los estímulos, regular sus emociones y relacionarse con lo que ocurre a su alrededor.
Esa es la primera página.
La siguiente empieza a escribirse con la vida.
El mismo temperamento puede crecer entre miradas que ofrecen seguridad o entre silencios que obligan a permanecer alerta. Puede encontrarse con un hogar donde equivocarse no representa un peligro o con otro donde un pequeño error cambia el ánimo de toda la casa.
La biología nunca desaparece.
La historia tampoco.
Ambas aprenden a convivir.
Con el tiempo resulta difícil distinguir dónde termina una y dónde comienza la otra. Entonces aparece la personalidad: esa manera tan única de sentir, pensar, interpretar y caminar por el mundo.
Por eso el temperamento no decide quién llegarás a ser.
Solo señala el lugar desde donde comenzaste el viaje.
Mañana conoceremos el primero de ellos. No para buscar etiquetas, sino para descubrir cómo una predisposición biológica puede convertirse, según la historia de cada persona, en una extraordinaria fortaleza... o en una forma silenciosa de protegerse.
Anclaje
"La primera página de tu historia ya estaba escrita. El resto sigue esperando tu letra."

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Me lo dijo un pajarito:La necesidad de controlar no nace de la fuerza. Nace de la inseguridad.Hay personas capaces de pe...
25/07/2026

Me lo dijo un pajarito:

La necesidad de controlar no nace de la fuerza. Nace de la inseguridad.
Hay personas capaces de percibir cambios tan pequeños que los demás ni siquiera los registran.
Un silencio que dura un segundo más de lo habitual.
Una respiración contenida.
Una sonrisa que llega apenas un instante tarde.
Un gesto casi imperceptible en la comisura de los labios.
Mientras otros continúan la conversación, ellas ya sienten que algo cambió.
Con los años, esa sensibilidad suele recibir muchos nombres. Intuición. Sexto sentido. Don. No falta quien asegure que parecen adivinas porque casi siempre anticipan lo que está por ocurrir.
Pocas veces alguien imagina el entrenamiento que hubo detrás de esa aparente intuición.
Algunos niños crecieron en lugares donde una puerta cerrada con más fuerza cambiaba el rumbo del día. Descubrieron que un tono de voz podía anunciar una discusión y que un silencio inesperado obligaba a prepararse para lo que venía. Sin proponérselo, aprendieron a leer aquello que nunca aparecía en las palabras.
El tiempo convirtió esa manera de mirar en una forma de habitar el mundo. La mirada dejó de buscar encuentros. Comenzó a buscar señales. Anticiparse empezó a ofrecer una sensación de seguridad y, poco a poco, controlar pareció la única forma de conservarla.
Revisar una vez más. Adelantarse a los problemas. Imaginar todos los escenarios posibles. Tener siempre un plan.
No para dominar la vida.
Para negociar con la incertidumbre.
Cuando el peligro parece esconderse en los detalles, el control deja de sentirse como una elección y comienza a vivirse como una necesidad.
Mucho antes de que la psicología intentara explicarlo, los antiguos observaron que algunas personas respondían al mundo de esa manera. No hablaban de hipervigilancia ni de mecanismos de supervivencia. Llamaron temperamento colérico a esa tendencia de actuar, decidir y tomar el control frente a la incertidumbre.
El nombre atravesó los siglos.
La historia que le dio origen casi nunca se contó.
Ningún temperamento nace para complicarle la vida a quien lo posee. Cada uno representa una forma de adaptarse cuando el mundo dejó de sentirse completamente seguro.
La pregunta nunca fue:
¿Por qué necesito controlar?
La verdadera pregunta es otra:
¿En qué momento de mi historia empecé a creer que solo estaría a salvo si nunca dejaba de vigilar?
Mañana seguiremos ese hilo.
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