28/07/2026
ME LO DIJO UN PAJARITO :
Una discusión puede empezar por una taza mal puesta y terminar convocando a los mu***os, ya no estamos hablando de la taza, ni de lo que ocurrió esa mañana, ni siquiera de la persona que tenemos enfrente. Aparecen conversaciones de hace diez años, palabras archivadas con una precisión sorprendente, errores que supuestamente estaban perdonados y una colección completa de pruebas destinadas a demostrar una sola cosa:
yo tenía razón.
Resulta curioso cuánto podemos arriesgar para conseguir un veredicto que nadie nos pidió.
La necesidad de tener razón no siempre nace de la soberbia, nace antes, en lugares donde equivocarse costaba demasiado.
En una casa donde el error se castigaba, reconocerlo podía significar humillación. Frente a adultos incapaces de pedir perdón, defender la propia versión era una manera de conservar dignidad. Para un niño constantemente cuestionado, demostrar que tenía razón podía convertirse en una forma de decir: lo que vi fue real, lo que sentí ocurrió, mi palabra también vale.
El problema comienza cuando aquella defensa sobrevive a la circunstancia que la hizo necesaria, una diferencia de opinión deja de sentirse como y comienza a sentirse como una amenaza, no escuchamos para comprender. Escuchamos buscando la grieta por donde responder. Mientras el otro habla, reunimos argumentos, recordamos antecedentes, ordenamos evidencias. La conversación se convierte en tribunal y la persona que amamos termina sentada, sin saberlo, en el banquillo de los acusados.
Ganar empieza a importar más que entender.
Podemos demostrar que el mensaje sí llegó a las 8:17, que esas fueron exactamente sus palabras, que nosotros advertimos lo que sucedería, que la memoria del otro está equivocada y la nuestra no, hay victorias que dejan una habitación extrañamente vacía. Nuestra mente no busca únicamente la verdad; también intenta proteger la imagen que tenemos de nosotros mismos. Cuando una información amenaza esa imagen, podemos justificar, seleccionar recuerdos, interpretar los hechos a nuestro favor o buscar únicamente aquello que confirma lo que ya creemos, defendiendo una versión de nosotros mismos que necesitamos conservar intacta.
Yo soy quien entiende quien hace las cosas bien,
quien no se equivoca,quien ya sabía.
Algunas discusiones resultan tan difíciles de abandonar. Ceder en el argumento parece significar ceder una parte de la identidad, reconocer que el otro tiene razón en algo no nos quita valor.
Decir “no lo había visto así”, “me equivoqué” o “ahora entiendo lo que quisiste decir” no es perder autoridad. Es tener suficiente seguridad interior para no necesitar defenderse de cada posibilidad de estar equivocado, la verdadera madurez no consista en aprender a argumentar mejor, distinguir cuándo estamos defendiendo una verdad y cuándo estamos defendiendo una herida,una relación no necesita un ganador y un vencido para resolver un conflicto. Necesita dos personas capaces de permanecer en la conversación sin convertir cada desacuerdo en una batalla por el
habrá ocasiones mucho más interesantes en las que ambos estaremos mirando la misma historia desde ventanas diferentes.
La pregunta deja de ser:
¿Quién tiene razón?
aparece una mucho más difícil:
¿Qué estoy dispuesto a perder con tal de demostrar que la tengo?
Tener razón nunca fue el verdadero asunto, era sentir que nuestra voz tenía valor.
Anclaje:
La próxima vez que una conversación se convierta en una batalla por demostrar quién tiene razón, pregúntate:
¿Estoy intentando resolver esto o estoy intentando no sentirme equivocado?
COLIBRÍ by Karen Chico — Psicóloga
La verdad con ternura, la fuerza con consciencia.