10/06/2026
Estoy caminando por el pasillo y haciendo una cosa que llevo años haciendo: orientarme.
No hay líneas en el suelo. No hay señales en braille. No hay nada pensado específicamente para que yo sepa dónde estoy. Pero aquí estoy, caminando igualmente.
Voy contando puertas, reconociendo los cambios en el piso, escuchando cómo cambia el eco entre un pasillo y otro, rozando una pared y buscando referencias. Porque al final así es como uno aprende a moverse: a base de pistas y de memoria.
Aunque la memoria nunca es suficiente. Porque los pasillos siempre son los mismos, pero lo que encuentras en ellos no.
Cada día aparece algo distinto. Una silla fuera de lugar. Una caja olvidada. Un carrito. Una puerta abierta que normalmente está cerrada. O una conversación que ocupa exactamente el espacio por donde necesitas pasar.
Y ahí viene una de mis situaciones favoritas: la gente que me ve venir desde lejos y aun así decide no moverse. Como si estuvieran esperando a que ocurriera algo. Hasta que tengo que decir: “¿Me permite pasar, por favor?”. Y entonces descubren que llevaban un rato bloqueando el camino.
También están los que van distraídos, mirando el teléfono o pensando en cualquier cosa menos en por dónde caminan. Y casi chocamos de frente.
Entonces llega el momento incómodo.
—Perdón.
—No pasa nada, yo tampoco te vi.
Y nos reímos los dos.
Porque, la verdad, a veces el humor es la forma más sencilla de seguir adelante.
Supongo que desde fuera puede parecer cansado.
Y lo es.
Porque no se trata solo de caminar. Se trata de estar atento, de recordar, de calcular y de adaptarse todo el tiempo. Es saber dónde estás y también estar preparado para que algo haya cambiado desde la última vez que pasaste por ahí.
Y cuando llevas años haciéndolo, aprendes algo curioso: que moverse no siempre consiste en conocer el camino. Muchas veces consiste en resolver lo que te encuentras mientras lo recorres.
Pero bueno, supongo que también tiene algo bueno.
Porque si sigo recorriendo estos pasillos todos los días, si sigo viniendo a trabajar y si sigo buscando la forma de llegar de un lugar a otro, es porque la alternativa nunca me ha parecido mejor.
Prefiero equivocarme de puerta alguna vez, pedir que me dejen pasar, encontrar obstáculos inesperados y seguir avanzando.
Porque mientras siga caminando, seguiré formando parte de todo lo que ocurre aquí fuera.