25/05/2026
Quizás no estoy rota
Quizás no estoy rota.
Solo estoy cansada de sobrevivir
como quien respira por costumbre,
como quien sonríe porque el guion lo exige
y no porque el alma tenga ganas.
Estoy cansada de contar los días
como si fueran deudas.
De medir fuerzas cada mañana
y descubrir que el cansancio
también sabe madrugar.
No es que me falten pedazos.
Los tengo todos, solo que pesan.
Pesa cargar con versiones de mí
que solo sirvieron para sostener a otros.
Pesa ser el “estoy bien” automático,
el “no te preocupes” que me tragó entera.
Sobrevivir se volvió oficio.
Aprendí a apagar alarmas internas,
a caminar con los zapatos de la urgencia,
a dormir con un ojo abierto
por si la vida decide caerse otra vez.
Y me preguntan si estoy rota.
No.
Lo roto cruje, grita, se nota.
Lo mío es silencioso.
Es ese agotamiento que no sale en radiografías:
el de fingir que puedo con todo
cuando lo único que quiero es soltar.
Estoy cansada de ser fuerte por obligación.
De coleccionar “tú puedes” como medallas
que nadie ve cuando llego a casa
y me quito la armadura.
De aplaudir mis propias guerras
mientras entierro, en voz baja,
las ganas de rendirme cinco minutos.
Quizás no estoy rota.
Solo aprendí a sobrevivir tan bien
que olvidé cómo se vive.
Olvidé que descansar no es rendirse,
que pedir ayuda no es fracaso,
que llorar no me desarma:
me recuerda que sigo humana.
Hoy no quiero parches.
No quiero frases de café con azúcar.
Quiero permiso.
Permiso para estar cansada sin explicarlo.
Permiso para no tener respuestas.
Permiso para bajar la guardia
y saber que el mundo no se acaba
si dejo de sostenerlo yo sola.
Quizás no estoy rota.
Solo necesito dejar de sobrevivir
y empezar, aunque sea despacio,
a vivir.