Terapias complementarias con Reiki

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Masoterapia estética, de relajación, alineación de columna, torceduras, estiramiento de nervios y tendones, terapias complementarias con Reiki presencial y a distancia, etc.

20/01/2026
Alguna vez les prohibí a mis hijos siquiera hablarle.Ayer, él entró entre las llamas para salvarlos.Y ahora cargo con un...
10/12/2025

Alguna vez les prohibí a mis hijos siquiera hablarle.
Ayer, él entró entre las llamas para salvarlos.
Y ahora cargo con una culpa que quizá nunca pueda reparar.

Me llamo Fernanda.
Soy madre de dos niños: Lucas, de 8 años, y María, de 5.

Hace tres años nos mudamos a esta casa.
Una calle tranquila, árboles, vecinos amables.

Y… un hombre al que todos evitaban.

Alberto. 62 años.
Vivía solo en la casa de al lado.

Nunca saludaba.
Nunca salía al jardín.
Nunca abría las ventanas.
Cortinas siempre cerradas, silencio absoluto.

“Qué vecino tan raro”, pensaba.
Y no era la única.

Las vecinas murmuraban:
— «Dicen que tiene algo… nunca habla con nadie.»
— «Se comenta que perdió a su familia en un accidente y que desde entonces cambió.»
— «Yo no dejo que mis hijos se acerquen.»

Y yo asentía.
Sin saber absolutamente nada sobre él.

Cuando Lucas me preguntaba:
— «Mamá, ¿puedo saludar al señor de al lado?»
Contestaba:
— «No, cariño. Mejor no.»

Cuando María quería saber:
— «¿Por qué nunca abre la ventana?»
Le decía:
— «Porque quiere estar solo. Hay que respetarlo.»

Pero en mi cabeza solo había una frase:
«Es extraño. No confío en él.»

Durante tres años lo juzgué.
Lo evité.
Tuve miedo de él.

Hasta que, una noche…

Todo cambió.

3:17 de la madrugada.

Me despertó el olor a humo.
La habitación estaba llena de una neblina gris.

Fuego.

Mi esposo y yo corrimos al cuarto de los niños.
Logramos sacar a María.

Pero cuando intentamos subir por Lucas…
las escaleras ya estaban en llamas.
El fuego bloqueaba el paso.
Nuestro hijo estaba arriba, dormido, rodeado de humo.

Y nosotros —atrapados abajo— sin poder ayudarlo.

Grité hasta perder la voz.
Mi esposo intentó subir, pero el calor le quemó el brazo.

Los bomberos llegarían en diez minutos.
Lucas no tenía diez minutos.

Los vecinos salieron, asustados.
Pero nadie podía entrar.

Y entonces…

Apareció Alberto.

De la nada.
Descalzo. Sin camisa. Corriendo.

— «¿Dónde está el niño?»

Le señalé el piso de arriba.
No esperó ni un segundo.

Entró directamente en la casa en llamas.

Yo grité:
— «¡NO! ¡SE VA A MORIR!»

Pero ya estaba adentro.

Dos minutos.
Dos eternidades.

Humo negro saliendo por las ventanas.
Las llamas devorándolo todo.

Pensé que había mu**to.
Que había dado su vida por nuestro hijo.

De repente…

Una silueta apareció en la ventana del cuarto de Lucas.

Era Alberto.
Con Lucas en brazos — inconsciente.

La ventana estaba cerrada.
La pateó una vez.
Dos.
Tres veces.

El vidrio estalló.

Y gritó:
— «¡AGÁRRENLO!»

Los bomberos acababan de llegar.
Extendieron una lona.

Alberto levantó a Lucas… y lo lanzó.
Cayó en la lona.

Vivo.

¿Y Alberto?

No saltó.

Se desplomó dentro de la habitación,
asfixiado, quemado, sin fuerzas.

Los bomberos lo sacaron minutos después.

Su cuerpo…
Terriblemente quemado.
Tercer grado.
Brazos, pecho, rostro.

Él se quemó —
para salvar al niño al que yo nunca permití acercarse a él.

Tres días después, en el hospital, Alberto despertó.

Entramos a su habitación — toda la familia.
Estaba envuelto en vendas.

Pero cuando vio a Lucas… sonrió.

— «Hola, campeón. ¿Cómo te sientes?»

Lucas rompió a llorar:
— «Gracias por salvarme…»

Alberto asintió.
Débil, pero con ternura.

— «Cualquiera habría hecho lo mismo.»

Y yo, temblando:
— «No es verdad. Ni yo pude hacerlo… pero usted sí.»

— «¿Por qué? ¿Por qué arriesgó su vida por un niño que ni siquiera conoce?»

Él me miró fijo a los ojos.

— «Sí lo conozco.»

Me quedé inmóvil.

— «Los veo cada día desde mi ventana.
Cómo juegan. Cómo ríen.
Cómo viven.»

Las lágrimas me corrieron por la cara.

Y entonces dijo:

— «Cada vez que los veo… veo a los míos.»

Silencio.

Nos contó:

Hace ocho años perdió a su esposa y a su hijita.
En un incendio.
En un restaurante.
Él estaba de viaje.
Volvió demasiado tarde.

Desde entonces dejó de hablar.
Dejó de vivir.
Se escondió del mundo.

— «Pero cuando escuché ‘mi hijo está arriba’…
no pude quedarme quieto.
No por segunda vez.»

No pude decir nada.
Solo llorar.

Tres años lo temí…
y él dio todo por salvar lo que más amo.

Hoy sé algo con absoluta claridad:

A veces las personas más calladas, solitarias y rotas
son las que tienen los corazones más grandes.

Nunca juzgues a alguien por lo que ves desde fuera.
No sabes qué dolor lleva dentro…
ni hasta dónde puede llegar cuando la vida de otro está en peligro.

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