15/07/2026
La depresión silenciosa también mata.
Ayer conocimos la muerte por suicidio de un policía municipal en León, Guanajuato. Una persona cuya profesión era cuidar, proteger y auxiliar a otros, pero que también necesitaba ser cuidada.
Como psiquiatra, esta noticia me deja una reflexión dolorosa: todavía seguimos esperando que las personas “se vean mal” para creer que están sufriendo.
Pero la depresión no siempre llora.
A veces trabaja.
Cumple horarios.
Sonríe.
Porta un uniforme.
Ayuda a los demás.
Y guarda silencio porque siente que no tiene permiso para mostrarse vulnerable.
Hablar del suicidio es necesario, pero debemos hacerlo con responsabilidad. No necesitamos compartir videos, despedidas ni detalles de cómo ocurrió. Necesitamos hablar de aquello que muchas veces viene antes: la desesperanza, el aislamiento, el agotamiento emocional, la depresión y la sensación de no encontrar una salida.
El suicidio no debe presentarse como una decisión egoísta, una debilidad o una forma de escapar. Tampoco es únicamente una tragedia individual. Es un problema de salud pública que nos obliga a preguntarnos:
¿Estamos escuchando realmente a quienes nos rodean?
¿Las instituciones protegen la salud mental de quienes trabajan bajo presión constante?
¿Permitimos que un hombre, un policía, un médico o cualquier persona diga “no puedo más” sin juzgarlo?
No basta con decirle a alguien: “échale ganas”.
Necesitamos redes de apoyo, atención profesional accesible, seguimiento y espacios seguros donde pedir ayuda no sea motivo de vergüenza.
Tal vez no podamos conocer por completo el dolor que alguien lleva dentro, pero sí podemos aprender a preguntar:
“¿Cómo estás realmente?”
“¿Has pensado en hacerte daño?”
“¿Cómo puedo acompañarte?”
Preguntar directamente no provoca el suicidio. Puede abrir una conversación que salve una vida.
Hoy no compartamos el video. Compartamos los teléfonos de ayuda.
No busquemos culpables. Busquemos maneras de cuidar mejor.
Porque incluso quienes parecen más fuertes también pueden estar luchando en silencio.
En México, la Línea de la Vida ofrece atención gratuita las 24 horas: 800 911 2000.
Ante un riesgo inmediato, llama al 911 o acude al servicio de urgencias más cercano.