03/09/2026
Conviene distinguir dos soledades muy distintas, porque no todas son iguales. Hay una soledad que hiere: la de sentirse solo en medio de la gente, sin vínculos reales, sin nadie a quien de verdad importarle. Y hay otra soledad que sana: el silencio buscado a propósito, ese espacio donde el alma se reencuentra consigo misma y con Dios. No hay que huir de toda soledad, porque en la buena se madura, se reza, se piensa con hondura y se recupera el propio centro. Pero tampoco conviene convertirla en encierro permanente, en muro contra los demás. El que nunca está solo no llega a conocerse, porque siempre se distrae hacia fuera; y el que siempre lo está, por miedo o por herida, termina marchitándose. Y aun en la soledad más honda y dolorosa, hay una certeza que sostiene: no estamos del todo solos, porque hay Uno que prometió no dejarnos huérfanos y nunca se ausenta.
Hoy busca un rato de soledad buena, sin ruido ni pantalla.