04/06/2026
El difícil arte de no rescatar...
Hay dolores que llegan con la maternidad y la paternidad que nadie nos enseña a atravesar. Uno de ellos es descubrir que amar profundamente a un hijo no nos da el poder de elegir por él.
Durante mucho tiempo creemos que nuestro amor consiste en proteger, prevenir, resolver, sostener. Y cuando vemos que un hijo toma decisiones que lo llevan al sufrimiento, algo dentro de nosotros quiere intervenir, evitar la caída, mostrarle el camino correcto.
Sin embargo, llega un momento en que la vida nos confronta con una verdad incómoda: cada persona tiene derecho a su propio destino, incluso cuando ese destino incluye errores, pérdidas o aprendizajes dolorosos.
Bert Hellinger decía:
"Amar a alguien significa reconocerlo tal como es y respetar su destino."
Respetar el destino de un hijo no significa abandonar ni dejar de amar. Significa reconocer humildemente que hay experiencias que sólo la vida puede enseñarle y que ningún consejo, por sabio que sea, puede sustituir.
A veces, detrás de nuestra necesidad de ayudar, también habita nuestro miedo. Miedo a verlo sufrir. Miedo a equivocarnos como padres. Miedo a sentirnos impotentes.
Y la impotencia es una de las emociones más difíciles de sostener.
Carl Rogers hablaba de la profunda confianza en la tendencia natural de cada ser humano hacia el crecimiento. Creía que las personas poseen recursos internos para encontrar su camino cuando se sienten vistas y respetadas.
Quizá acompañar a nuestros hijos implique desarrollar esa confianza: confiar en que la vida también está trabajando en ellos, aun cuando no podamos verlo.
Hay una gran diferencia entre acompañar y rescatar.
Acompañar es permanecer cerca.
Rescatar es cargar lo que le corresponde al otro.
Acompañar dice: "Estoy aquí si me necesitas."
Rescatar dice: "Déjame vivir tu vida para que no sufras."
Y aunque nace del amor, el rescate constante puede impedir que el otro descubra su propia fuerza. Y también la responsabilidad por su crecimiento, acciones y búsqueda de un sentido de vida.
Como escribió Khalil Gibran:
"Tus hijos no son tus hijos. Son hijos e hijas de la vida, deseosa de sí misma."
Quizá una de las expresiones más maduras del amor sea poder decir:
"Hijo, confío en ti. Tal vez no elegiría tu camino, tal vez me duela verte tropezar, pero honro tu derecho a aprender de tu propia experiencia. Mi amor no depende de que hagas lo que yo considero correcto."
Hay momentos en los que el amor no consiste en sostener al otro.
Consiste en sostenernos a nosotros mismos mientras el otro encuentra su propio modo de caminar.
Y ese, muchas veces, es el acto de amor más difícil y más profundo.
Una frase de Hellinger
"Yo soy la grande y tú eres el pequeño. Te doy mi amor y respeto tu camino.".. salir del lugar de control y regresar al lugar del amor...
Hay dos legados duraderos que podemos dar a nuestros hijos: uno son raíces y el otro, alas."
Aquí una reflexión de Johann Wolfgang von Goethe:
"Nuestra tarea no es evitarles todos los tropiezos ni recorrer el camino por ellos. Nuestra tarea es ofrecerles raíces para que sepan quiénes son, de dónde vienen y cuál es su lugar en el mundo; y alas para que puedan alejarse, equivocarse, aprender y descubrir quiénes están llamados a ser. Las raíces les dan pertenencia. Las alas les dan libertad. Y amar profundamente implica sostener ambas cosas, incluso cuando sus vuelos nos llenen de preocupación."
Cristina Estrada M
Psicoterapia en línea
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