28/07/2026
La muerte del ego: el último rostro
No es la montaña la que me puso a prueba, ni la oscuridad de la selva, ni el silencio de la noche. Es el instante en que la medicina sagrada te conduce hasta el altar invisible donde debes entregar aquello que más has protegido: la ilusión de ser alguien.
Llega un momento en el camino en que la Abuelita de la selva o el abuelito del desierto, abre el gran espejo del espíritu. No muestra un enemigo, sino el rostro del ego vestido con máscaras de sabiduría, poder, reconocimiento y certeza..... Allí comienza la verdadera ceremonia.
El ego no muere con violencia. Muere como caen las hojas del árbol antiguo cuando comprenden que ha llegado un nuevo ciclo. Se desprende lentamente, entre lágrimas, cantos, temblores y el profundo silencio donde hablan los ancestros.
Quien se resiste, sufre. Quien se entrega, renace.
El verdadero yo no busca ser vista; busca volverse transparente para que la voz de la Tierra, de las plantas maestras, del agua y del Gran Espíritu pueda caminar a través de mí. Se que no soy la sanadora, sino el humilde puente por donde la medicina recuerda su camino.
En el fuego ceremonial arden los nombres, los títulos y las historias. En el humo del tabaco sagrado se disuelven las falsas identidades. En el canto despierta el recuerdo de que somos hijos del mismo aliento creador.
Morir antes de morir... ese es el gran misterio.
Porque cuando el ego se inclina ante el espíritu, el corazón deja de luchar y comienza a escuchar. Entonces nace una mirada sin juicio, unas manos que ya no desean controlar y una presencia que no necesita demostrar nada. Solo servir.
Los abuelos dicen que quien ha conocido su propia muerte interior deja de temer la muerte del cuerpo. Ha comprendido que la conciencia es una semilla eterna que cambia de forma, pero jamás desaparece.
Que cada ceremonia sea un regreso al origen. Que cada lágrima lave una vieja identidad. Que cada visión recuerde que no vinimos a ser grandes, sino verdaderos.
Y cuando llegue el momento de entregar el último velo, que podamos decir con humildad:
"Hoy no murió una parte de mí. Hoy murió aquello que me impedía recordar que siempre fui una con la Gran Madre, con el Gran Espíritu y con el corazón vivo de la creación."
Aho. Así es. Que así permanezca.