04/09/2026
¿Y SI OLGA NARVÁEZ TENÍA RAZÓN?
En 2023, la directora colombiana Olga Narváez se volvió viral después de anunciar una serie de reglas para sus estudiantes: nada de celulares, noviazgos, piercings, cabello largo o teñido, gorras, joyería y determinadas prendas.
La reacción fue inmediata.
Para algunos, era una directora autoritaria.
Para otros, era precisamente el tipo de autoridad que hace falta en las escuelas.
Y aunque podemos discutir —incluso jurídicamente— si cada una de sus reglas era correcta, su postura puso sobre la mesa algo que cada vez resulta más difícil ignorar:
¿Qué está pasando con la autoridad de los maestros?
En la Ciudad de México, entre 2015 y 2025 se reportaron 1,184 casos de violencia contra personal docente en las escuelas, de acuerdo con registros de la Autoridad Educativa Federal. La cifra contempla agresiones relacionadas con alumnos y padres de familia.
Y no hablamos únicamente de golpes. También existen insultos, amenazas, intimidación y hostigamiento.
Entonces tenemos que atrevernos a hacer una pregunta incómoda:
¿Cómo esperamos que un maestro eduque si constantemente tiene que cuidarse de ejercer su propia autoridad?
Porque educar no consiste únicamente en transmitir conocimientos.
También significa formar hábitos, enseñar responsabilidad, establecer límites, desarrollar autocontrol y aprender a respetar normas.
Y aquí es donde muchas veces confundimos conceptos:
Disciplina no significa violencia.
Límites no significan maltrato.
Autoridad no significa autoritarismo.
Un maestro no necesita ser enemigo del alumno para ponerle límites.
Tampoco necesita humillarlo, gritarle o violentarlo.
Pero sí necesita poder decir:
“Esto no está permitido.”
Porque cuando cada límite se convierte en un conflicto con los padres, cuando cada corrección puede terminar en una confrontación y cuando el docente siente que cualquier decisión disciplinaria puede convertirse en un problema, algo dentro del sistema educativo comienza a romperse.
Y las consecuencias no las paga solamente el maestro.
También las paga el alumno.
Una educación sin límites difícilmente puede formar personas capaces de autorregularse.
Por eso el debate sobre Olga Narváez no debería reducirse a:
“¿Tenía razón o estaba loca?”
La verdadera discusión es mucho más profunda.
Un niño necesita derechos.
Un adolescente necesita ser escuchado.
Pero ambos también necesitan límites.
Y para poner límites necesitamos adultos que no tengan miedo de ejercer su responsabilidad.
Porque una escuela sin autoridad no es una escuela más libre.
Puede terminar siendo simplemente una escuela donde nadie sabe quién está educando a quién.