18/07/2026
🐲El dragón del odio
Hay días en los que el mundo se vuelve incomprensible. No porque sea inmenso, sino porque, de pronto, cabe entero en una palabra. Una palabra dicha con rabia. Una palabra repetida hasta convertirse en verdad. Una palabra que deja de nombrar al otro para empezar a borrarlo.
Y entonces me pregunto en qué momento aprendimos a confundir la identidad con la oposición. En qué instante dejamos de saber quiénes éramos y comenzamos a necesitarnos frente a un enemigo para poder reconocernos.
Tal vez el odio sea eso: una identidad prestada. Un refugio para quien todavía no ha encontrado una casa dentro de sí.
El odio siempre promete fuerza. Pero, en realidad, nace del miedo. Miedo a perder, miedo a no pertenecer, miedo a que el otro exista con la misma legitimidad con la que existimos nosotros. Y cuando el miedo encuentra un relato, una bandera, un partido o una frontera, deja de parecer miedo y empieza a llamarse razón.
Entonces nace el dragón.
No aparece de golpe. Nadie despierta odiando. El dragón crece despacio, casi en silencio. Se alimenta de titulares que simplifican la complejidad, de periodistas que descubren que el conflicto vende más que la serenidad, de discursos que necesitan dividir para existir. Se alimenta también de nuestras conversaciones cotidianas, cuando dejamos de hablar de personas para hablar de bandos.
Y, sobre todo, se alimenta de nuestra memoria corta.
Qué fácil olvidamos que todos hemos sido el otro.
Los españoles que un día llegaron a Argentina buscando un futuro. Los argentinos que hoy llegan a Europa buscando exactamente lo mismo. Las generaciones que fueron acogidas y las que ahora llaman a otras puertas.
La historia nunca deja de girar. Solo cambian los lugares desde los que la miramos.
Por eso me resulta tan extraño escuchar palabras que hablan de destruir, aplastar, humillar o devorar. Como si un partido pudiera justificar la violencia del lenguaje. Como si ganar necesitara fabricar un derrotado moral además de un derrotado en el marcador.
Pero un partido nunca ha sido una guerra.
Es un JUEGO…
Y, sin embargo, nosotros insistimos en convertir los juegos en trincheras y las diferencias en amenazas. Quizá porque la paz exige una madurez que el odio nunca necesita. El odio es simple. Reduce el mundo a dos colores, a dos bandos, a dos posibilidades. La vida, en cambio, siempre ha sido infinitamente más compleja.
Después de tantos siglos de guerras, de fronteras dibujadas con sangre y de generaciones enteras aprendiendo las consecuencias de la violencia, uno quisiera creer que habríamos comprendido algo esencial: ninguna victoria merece el precio de perder nuestra humanidad.
El dragón no desaparece.
Solo cambia de nombre.
A veces se llama patria. Otras veces religión. O ideología. O fútbol. El nombre importa poco. Su hambre siempre es la misma.
Y, sin embargo, quienes salen al campo no representan ese monstruo.
No representan la corrupción, ni el resentimiento, ni nuestras frustraciones colectivas. Representan el esfuerzo silencioso, la disciplina, la belleza de quien ha dedicado una vida entera a perfeccionar un gesto tan efímero como un pase, un regate o un gol.
Quizá esa sea la enseñanza más profunda del deporte: que el rival nunca es un enemigo. Es la condición necesaria para que exista el juego. Sin el otro no hay partido. Sin el otro tampoco hay crecimiento.
Tal vez ocurra lo mismo con la vida.
Tal vez el otro no haya venido para ser derrotado, sino para recordarnos aquello que todavía no comprendemos de nosotros mismos.
Porque el odio nunca descansa.
Pero tampoco sabe sobrevivir cuando nadie lo alimenta.
Y quizás el acto más valiente de todos no sea ganar un partido, tener razón o imponerse al otro.
Quizás el acto más valiente sea elegir, una y otra vez, no darle de comer al dragón y ojalá algún día desaparezca.
Míriam Sajeta