13/01/2025
Rodrigo ya estaba acostado y a punto de dormirse cuándo un golpe en la ventana lo despertó. Las voces de El Güero y El Flaco se colaron entre las rendijas.
—¡Rodrigo! —gritó El Güero— ¡Vámonos, culero! ¡Hay fiesta!
No necesitó más para levantarse de la cama.
—¿Es que vas a salir ahora? —preguntó su madre desde la cocina al verlo.
—Sí —respondió él, ajustándose la camisa.
—Rodrigo, nunca salgas cuando ya estés acostado. Es señal de muerte —dijo ella, limpiándose las manos en el delantal.
Él se rio. Una risa corta, desafiante.
—Déjate de supersticiones, amá. Son puras pendejadas.
—¡Rodrigo! —volvió a gritar El Flaco— ¡No seas màrìka! ¡Sal de una püta vez!
Su padre, reventado de trabajar mientras él haraganeaba en casa, levantó los ojos sin decir nada. No hacía falta. Rodrigo pasó a su lado sin atreverse a mirarlo a la cara.
El Güero lo esperaba afuera, con una botella de tequila. El Flaco, con su vieja camioneta, los llevaría a la fiesta de un rancho cercano. La noche era fresca, con un silencio denso como terciopelo.
La música sonaba fuerte. Las cervezas corrían. Las muchachas bailaban. Rodrigo bebía como si fuera su última noche. Y tal vez lo era.
Cuando quiso acordar, la madrugada ya pintaba el cielo de un gris sucio. Apenas podía mantenerse en pie. La última botella de tequila descansaba a medio terminar.
El camino de terracería se abría ante él como una herida oscura. Sus pasos zigzagueaban, levantando pequeñas nubes de polvo. El silencio era espeso, solo roto por el crujir de sus botas.
De pronto, un ruido extraño. Una carreta que venía detrás, chirriando como un quejido antiguo.
Rodrigo se detuvo. Levantó la mano.
El conductor, alto, con una túnica negra que ocultaba su rostro, apenas movió la cabeza en señal de invitación.
Entonces lo vio.
En la parte trasera, sentados en bancos grises, había ancianos. Hombres y mujeres con los ojos cerrados, las bocas cosidas con hilo negro.
Un frío que no era del amanecer le recorrió la espalda.
Corrió como nunca antes. Tropezando, cayendo, levantándose. Los matorrales le azotaban el rostro.
Cuando llegó a su casa, su madre seguía despierta. La luz de la cocina era un círculo amarillo en la oscuridad.
Los cinco días siguientes fueron una pesadilla. Rodrigo ardía en fiebres. Deliraba. Veía la carreta una y otra vez. Los ancianos desfilaban por sus sueños, sus bocas cosidas, sus ojos cerrados.
Su madre le ponía paños húmedos. Su padre lo miraba desde la puerta, en silencio.
—Nunca debiste salir —decía su madre entre rezos—. Cuando te buscan ya acostado, es la muerte la que llama.
Al quinto día, la fiebre cedió. Rodrigo abrió los ojos como si despertara de un largo sueño.
—Me voy —dijo.
—¿A dónde? —preguntó su madre.
—A la ciudad. A trabajar.
Y así fue. Se fue sin más. Jamás volvió a salir de noche. Jamás volvió a ser el mismo.
Los años pasaron. Rodrigo se convirtió en un hombre diferente. Trabajador, serio, callado. Sus amigos de antes se perdieron en el camino, algunos en el alcohol, otros en la cárcel. Pero él seguía en pie, con lección aprendida, cuando ya estás acostado, más vale quedarse quieto. Porque la muerte nunca avisa dos veces.