Medicina Tradicional y Herbolaria en el Noroeste de México

Medicina Tradicional y Herbolaria en el Noroeste de México Programa de desarrollo e investigación en fitoterapia y medicina tradicional en el noroeste de México

Nuestro objetivo principal es conformar un equipo de trabajo -comunitario y académico- que conduzca un programa de desarrollo e investigación sobre medicina tradicional y herbolaria en el noroeste de México, para lograr incidir en políticas públicas, especialmente las relacionadas con salud indígena y regulación sanitaria.

Los encinos, conocidos genéricamente como k**i entre los guarijíos, rojá por los rarámuri, shiporva por los oób-pimas ba...
04/02/2026

Los encinos, conocidos genéricamente como k**i entre los guarijíos, rojá por los
rarámuri, shiporva por los oób-pimas bajos y oaks en idioma inglés, constituyen
uno de los grupos arbóreos de mayor relevancia ecológica, cultural y simbólica en
la Sierra Madre Occidental. Desde la Antigüedad clásica, estos árboles han sido
valorados por sus propiedades medicinales, tecnológicas y alimentarias. Plinio el
Viejo describió ampliamente sus virtudes terapéuticas, mientras que en
Mesoamérica, Francisco Hernández de Toledo [1577] documentó el uso de
preparados de encino para devolver la fuerza pélvica a las mujeres después del
parto, combatir la disentería y otros males gastrointestinales, así como para aliviar
la fatiga provocada por viajes prolongados, batallas o el desempeño de cargos
públicos. En el septentrión novohispano, Juan de Esteyneffer consignó en su
Florilegio Medicinal el empleo de hojas, corteza y bellotas para tratar aftas bucales,
1Extracto del libro Plantas para comer y curar. Saberes guarijíos en el Río Mayo de Sonora (en
preparación). El Colegio de Sonora-Centro de Estudios en Salud y Sociedad.
hemorragias, hemorroides, úlceras y diarreas, así como su aplicación en forma de
cataplasmas y atoles medicinales. Estos antecedentes evidencian una continuidad
histórica del conocimiento médico asociado a los encinos, que persiste hasta la
actualidad en diversas comunidades indígenas.

Los bosques de pino–encino constituyen uno de los ecosistemas con mayor
diversidad florística de México, siendo la Sierra Madre Occidental particularmente
relevante por concentrar la mayor extensión de bosques templados del país y y su
notable heterogeneidad ambiental, que conlleva la confluencia de floras de
diversos orígenes biogeográficos. México alberga alrededor de 160 especies de
encinos, lo que representa aproximadamente el 33 % de las 450 especies de
Quercus a nivel mundial, posicionándolo como uno de los principales centros de
diversidad del género (Bonfil, 1993). El género Quercus L. (familia Fagaceae) fue descrito formalmente por Linneo en 1754, siendo el origen de su nombre motivo de debate, pues se señala que procede del latín y que originalmente designaba al roble y al alcornoque, pero que a su vez es proveniente del protoindoeuropeo kwerkwu, que originalmente significaba
"roble" y también "bosque de robles", aunque nunca "madera". Otras fuentes
mencionan que deriva del celta kaerques (“árbol hermoso”), de ker (“elegante") y
cus (“árbol”).

En la cuenca del río Mayo y la región guarijía de Sonora se han registrado al menos
16 especies de encinos, cuya distribución responde a gradientes altitudinales,
edáficos y climáticos. Algunas especies presentan afinidades particulares con
suelos volcánicos, someros o ácidos, mientras que otras se asocian a zonas
hidrotermalmente alteradas y con alta mineralización. Entre las registradas en la
Cuenca del río Mayo que ocurre en Sonora se encuentran el encino chaparro
(Quercus chihuahuensis Trel.), nombrado tojá sajavó; y que es el más abundante;
el encino roble (Quercus albocincta Trel.), llamado k**i aguacume por los guarijío;
el encino avellano o quiebrahacha, alóaci en guarijío (Quercus rugosa Née); el
encino blanco, tojá (Quercus arizonica Sarg).; el encino güeja, togowé (Quercus
tarahumara Spellenb., J.D. Bacon & Breedlove); el encino saucillo, wachichirí
(Quercus viminea Trel.), el encino plateado, pahoutó (Quercus hypoleucoides A.
Camus); el encino laurelillo, cibulá (Quercus durifolia Seemen ex Loes); el encino
prieto, sajahué (Quercus tuberculata Liebm.); el roble azul de Sonora (Quercus
oblongifolia Torr.); el encino rojo (Quercus scytophylla Liebm.); el encino cacachila
(Quercus perpallida Trel.); el encino borrego (Quercus subspathulata Trel.); el
encino enano o manzano, chayó (Quercus jonesi Trel.); el encino cusi (Quercus
toumeyi Sarg.) y el guaje, alóachi (Quercus mcvaughii Spellenb), considerado
actualmente “casi amenazado” por IUCN (2022). La asignación de nombres guarijíos
refleja no solo criterios morfológicos, sino también usos específicos y relaciones
históricas con cada especie. Esta diversidad tiene implicaciones directas en el
aprovechamiento tradicional. No todas las bellotas son comestibles, ni todas las
cortezas se emplean con los mismos fines medicinales o tecnológicos. La selección
cultural de especies comestibles, medicinales o maderables responde al contenido
de taninos, al sabor, a la disponibilidad local y a la experiencia acumulada por
generaciones.

Las especies pertenecientes al género Quercus son en su mayoría árboles de gran
porte, con troncos cortos, rectos y frondosos, generalmente perennifolios y muy
lóngevos, pudiendo algunos encinos vivir entre 400 y mil años. Su corteza suele
ser oscura y resquebrajada y su copa ancha y densa, que da mucha sombra por su
ramaje intrincado y ofrece protección contra los chubascos. Las hojas son simples
y estipuladas, de márgenes enteros o aserrados, de color verde oscuro en el haz y
con el envés blanquecino. Como observó Gentry (1942: 366), “son duras y duran
mucho en el suelo después de que caen, donde crepitan ruidosamente bajo los pies.
Se acurrucan en un tazón y pueden atrapar la lluvia, listos para la cara soñolienta
de la caravana”. Presenta flores femeninas y masculinas, estas últimas se
presentan en inflorescencias racimosas colgantes, cada flor con cuatro a diez
estambres y largos filamentos. Las femeninas aparecen aisladas u organizadas en
espigas, con tres estigmas y óvulos anátropos, rodeadas por unas escamas
empizarradas que al madurar forman la cúpula que origina su fruto. Es una bellota
que brota en posición axial, solitaria o en grupos de dos o tres, rodeada de una
cápsula coriácea, con una semilla grande carente de endospermo y cotiledones
abultados y suculentos. Se produce en otoño y cae en invierno. La delimitación de
especies se basa principalmente en la morfología foliar, debido a la escasa
diferenciación floral y a la similitud de los frutos (bellotas). A ello se suma la
frecuente hibridación natural, que genera complejos problemas taxonómicos y
convierte al grupo en un modelo particularmente interesante para estudios
evolutivos y ecológicos.

Las bellotas han sido históricamente un recurso alimentario estratégico,
documentado desde tiempos prehispánicos y coloniales en distintas regiones de
América y Europa. Evidencias arqueológicas de la Edad del Cobre, como la
presencia de grandes vasijas destinadas al almacenamiento de granos y bellotas,
sugieren que este aprovechamiento fue ampliamente practicado. En la región
guarijía, solo algunas especies son consumidas, principalmente Quercus
albocincta, Q. rugosa, Q. arizonica y Q. chihuahuensis, debido a las diferencias en
su contenido de taninos y polifenoles, responsables del sabor amargo y
astringente. No obstante, existen excepciones notables: las bellotas de Quercus
albocincta son descritas por los guarijíos como dulces y altamente paladeables, al
punto de haber formado parte regular de la dieta tradicional. Lorenzo Suja Guereña,
de Mesa Colorada, señaló a Yetman (2002) su preferencia por esta especie frente
a otras que considera desagradables al gusto, como el Quercus tuberculata, que
solo sirve para no pasar hambres, señalando Nacho Ciriaco que es mejor
dejárselas a los jabalís, mientras que Cipriano Buitimea comentó que son buenas
para el venado. La bellota de Q. chihuahuensis es valorada por su capacidad de
generar saciedad prolongada. Wilfrido Parra, participante en el Concurso Saberes
del Monte, de Colonia Macurahui, señaló que su consumo ayuda a “aguantar el
hambre”, lo que sugiere un papel estratégico en contextos de escasez alimentaria
estacional, pues las bellotas son un alimento energético y nutritivo, que aporta
principalmente hidratos de carbono (40%), grasas (24%, mayoritariamente
monoinsaturadas), aminoácidos, esteroles, proteínas (6%) y fibra.

Algunos encinos se usan artesanalmente para la elaboración de harinas, mediante
procesos de tostado, cocción, lixiviación y agregado de aditivos, como bicarbonato
o arcillas, para eliminar su sabor astringente.2 Entre las preparaciones se
encuentran el pan y las galletas de bellota, elaboradas con bellota molida, azúcar
y claras de huevo a punto de turrón, horneadas a fuego lento para obtener una
textura ligera. También bebidas, como el “café” de bellota, preparado con frutos
tostados y molidos, cuya infusión se considera útil para atenuar los efectos de la
embriaguez; y una especie de horchata, obtenida al triturar y moler las bellotas
2 El proceso para eliminar el exceso de taninos consiste en secarlas al sol por una a cuatro
semanas, quitarles la cáscara y moler la bellota para hacerla harina y después tamizarla en un
recipiente, poner en agua limpia y sacudir para hacer una lixiviación que dura de cinco a diez
minutos en asentarse. Este proceso se repetite durante dos horas para después verter la molienda
en un colador y dejarla secar al sol (García-Gómez, Pereira y Ruiz, 2002)
para mezclarlas con agua, generando una emulsión de aspecto lechoso, a la cual
se pueden añadir almendras. Las bellotas de diversas especies son utilizadas como
alimento por animales silvestres (aves, venados, jabalís y reptiles) y se aprovechan
como forraje para guajolotes, ganado ovino, bovino, porcino y caprino.3 En España
se destinan para la alimentación de los cerdos ibéricos, empleados en la
elaboración del jamón serrano.

Desde la perspectiva etnobotánica, los encinos constituyen uno de los recursos
medicinales más versátiles y ampliamente documentados del norte de México. Su
uso terapéutico se fundamenta principalmente en el elevado contenido de taninos,
flavonoides (particularmente flavan-3-ol), compuestos fenólicos (especialmente
glicósidos ácidos gálico y elágico), esteroles, triterpenoides, alcoholes alifáticos,
ácidos grasos y vitaminas (Burlacu, Nisca y Tanase, 2020). Están presentes en la
corteza, hojas, bellotas y agallas, con muy amplia variacion en cuanto a su
contenido entre las distintas especies. Son metabolitos secundarios que les
confieren propiedades hemostáticas, hepato, astringentes, antioxidantes, antiinflamatorias, dermo y neuroprotectoras, hipoglicemiantes, antimicrobianas, antivirales, antifúngicas y anticancerígenas (Taib et al, 2020).

El uso artesanal de cocimientos de hojas y cortezas se emplea para el tratamiento
de molestias digestivas. De hecho, es efectivo para aliviar diarreas, hemorragias
intestinales, gastritis, incontinencias urinarias, problemas rectales y faringitis.
Además, desde tiempos antiguos se conoce su eficacia para tratar problemas de
las encías y afianzar dientes laxos, para curar llagas en la boca, afecciones
cutáneas y amigdalitis. En este amplio horizonte etnobotánico, los encinos se
revelan como árboles de profunda continuidad cultural y terapéutica.
La corteza es la parte del encino más empleada con fines medicinales. Su riqueza
en taninos la hace especialmente eficaz como astringente, vasoconstrictor local y
agente cicatrizante. Entre los usos más recurrentes se encuentra el tratamiento
de diarreas, disenterías, hemorragias internas y externas, inflamaciones y
afecciones bucales, consignándose en la Biblioteca de la Medicina Tradicional
Mexicana entre varios pueblos originarios de México, como los popolucas de
Veracruz, los mam de Chiapas y los mixtecos de Oaxaca, señalando que la infusión
de corteza se bebe en dosis pequeñas para favorecer el funcionamiento renal o
para aliviar la tos antes de dormir. Otros usos reportados son en problemas
ginecológicos y obstétricos, en lavados para infecciones vaginales, bebida para
después del parto y en caída de la matriz (Aguilar, Argueta y Cano, 1994; Argueta,
Cano y Rodarte, 1994). 3Los mayos consideran particularmente adecuadas las bellotas de Quercus chihuahuensis para alimentar guajolotes y cerdos (Yetman y Van Deverden, 2002).

Entre los tepehuanes de Chihuahua, la infusión de la corteza se utiliza como
enjuague bucal y como tratamiento para gingivitis (Pennington, 1968), mientras que
los pimas la usan en gárgaras en dolor de garganta, así como beber la infusión de
las hojas para males pulmonares (Aguilar, Argueta y Cano, 1994).4 Los rarámuris
elaboran cataplasmas con la corteza para aliviar dolores e inflamaciones
(Pennington, 1963). Al igual que los guarijíos utilizan la decocción de la corteza para
tratar diarreas, hemorragias intestinales y empachos (irigoyen y Paredes 2015,
Yetman, 2002). Francisca Ciriaco Armenta, participante en Saberes del Monte y
originaria de Los Bajíos, documentó además su uso como desinfectante de llagas
y granos con pus. La ceniza se utiliza externamente para aliviar quemaduras y
heridas, aplicándola directamente sobre la piel afectada (Yetman, 2002).5 Quercus
chihuahuensis se utiliza para el dolor de riñones: se unta la tierra del corazón del
encino con clara de huevo, se mezcla para hacer una pasta y esta se unta en la
espalda hasta que seque; para que una mujer pueda tener hijos se hace una bebida
con las bellotas del encino la cuales se hierven para que se revuelva con el agua,
según Don Wilfrido Parra Enriquez, participante de Colonia Makurawe en Saberes
del Monte. Entre los rarámuris, la corteza de Quercus scytophylla se emplea para
4Estudios recientes han explorado extractos de Quercus rugosa para la elaboración de gomas de
mascar con actividad antibacteriana, capaces de inhibir microorganismos asociados a
enfermedades bucales (Comer Mejor, 2017).5Entre los guarijíos Don Lino Leyva (2010) refiere una receta elaborada con corteza de encino, la cual ya machacada se hierve en un litro de agua durante 30 minutos; una vez tibia, la decocción se ingiere en pequeñas cantidades durante cuatro a seis días para tratar hemorragias intestinales, vómitos con sangre e hinchazón de manos y tobillos. La misma preparación se utiliza como lavado vaginal y para inducir abortos, mediante la ingestión de una bebida preparada con la corteza durante varios días (Irigoyen y Paredes, 2015).

Aunque menos utilizadas que la corteza, las hojas de algunos encinos también
forman parte del arsenal medicinal regional. Las hojas de Quercus viminea son
emplean por los rarámuri en decocción para aliviar molestias estomacales. En
Quercus albocincta, hojas y corteza combinadas se utilizan para lavados vaginales
contra flujo blanco, ardor y picazón, así como para detener hemorragias y tratar
diarreas parasitarias y disenterías (Irigoyen y Paredes, 2015). Asimismo, ramas
cocidas de esta especie, mezcladas con confiturilla, chiqui pusi en guarijío (Lantana
camara L.) y capulín (Prunus serotina Ehrh.), se aplican en baños terapéuticos a
personas convalecientes de fiebre (Argueta, Cano y Rodarte, 1994).

Los encinos son aprovechados en muchas otras formas. Su madera es muy
apreciada por su firmeza, peso y durabilidad, utilizándose para la fabricación de
barcos, muebles, en construcción, carpintería y ebanistería en general. Se emplea
asimismo en la fabricación de los barriles donde se añejan el vino y el coñac,
señalando que esta madera otorga una fragancia ahumada muy especial. La
corteza se usa asimismo para elaborar los corchos con que se sellan y para curtir
pieles. También se ocupa la madera en juguetes, artesanías, cajas para piano, arcos
de violines y carretas. A nivel rural, se emplea en la fabricación de herramientas,
cercas y muy variados muebles, destacando en la región guarijía los Quercus
chihuahuensis y albocincta por su dureza y durabilidad, empleado en mangos de
arado y estructuras rurales (Yetman, 2002). También se aprovecha como
combustible, para hacer fogatas, en chimeneas y estufas de leña o para fabricar
carbón vegetal. Los rarámuris utilizan la raíz como yesca o los troncos podridos,
mencionando Wilfrido Parra que la ceniza sirve para tal fin. Con Quercus
chihuahuensis se hace jabón y lejía. Para hacerlo se junta y quema una gran pila
de encino, poniendo las cenizas en un trapo y se les echa agua. El líquido resultante
y se hierve con grasa y algún jabón ya hecho para que cuaje. Entre los guarijíos, Nacho Ciriaco y José Ruelas reportaron que en sus casas se hacía este jabón
cuando eran chicuelos (Yetman, 2002).

Otro empleo de las cenizas particularmente relevante es la sustitución de la cal en la nixtamalización del maíz. La ceniza obtenida de su corteza se mezcla con el grano durante el cocimiento, cumpliendo una función similar a la cal comercial, según asentó Wilfrido Parra. Se señala que la infusión de corteza es útil en intoxicaciones por alcaloides peligrosos “pues
produce su precipitación, siempre que se tome inmediatamente después de la
ingestión del veneno” (Cabrera, 1980: 34). Otras fuentes mencionan que sirve
también en envenenamientos con plantas, usando entre 30 y 50 gramos por litro
de agua y asimismo beber la infusión en enuresis y en baños para mal olor de pies
(Manfred, 1973). Se señala su uso en Morelos para quitar arrugas, oscurecer el pelo
y combatir la caspa y la calvicie en lavados (Hersch et al, 2024).

Desde el punto de vista ecológico, los encinos son especies clave. Sus cortezas y
frutos, ricos en taninos, cumplen funciones defensivas frente a insectos y
microorganismos; además, estos árboles sostienen una extraordinaria diversidad
asociada. En sus troncos y ramas prosperan epífitas como orquídeas, bromelias,
helechos, musgos y líquenes, y conforman el hábitat de una gran diversidad de flora
y fauna, incluyendo insectos, aves y mamíferos. Los encinares revisten gran
importancia al formar parte fundamental de los sistemas captadores de bióxido de
carbono y de agua, son productores de oxígeno y fijadores de nitrógeno, además
de evitar la erosión de los suelos.6
6Como señalan Romero Rangel et al (2015), se sabe que la desaparición de los bosques de encinos
provoca alteraciones excesivas de pH, contenidos de bases y de materia orgánica, que afectan la
microfauna y microflora del subsuelo, aumentando la erosion, con pérdida de micorrizas y humedad.
Entre la fauna afectada se encuentran el gavilán pollero (Accipiter gentilis), momoto garganta azul
(Aspatha gularis), gavilán palomero (Accipiter cooperii), lobo mexicano (Canis lupus baileyi), oso
negro (Ursus americanus), ardilla voladora del sur (Glaucomys volans), culebra terrestre dos líneas
(Conopsis biserialis), víbora cascabel de diamante (Crotalus atrox) y la lagartija escorpión
(Xenosaurus grandis).
Aunque ninguna especie de encino presente en la región guarijía se encuentra
listada en la NOM-059-SEMARNAT se ha señalado que el género es
particularmente vulnerable a su decaimiento y eventual extinción de algunas
especies, particularmente de las que se ubican en los bosques mesófilos de
montaña, por efecto no solo del cambio climático, sino también por la tala
extractivista inmoderada, los incendios forestales, las plagas de hongos y especies
que los parasitan, los avances de la minería, la ganadería, la frontera agrícola y las
urbanizaciones, todos los cuales se asocian al despojo territorial de los pueblos
indígenas y el desplazamiento de las comunidades, pues no se valora que la
continuidad de las prácticas tradicionales de manejo constituye una estrategia
clave de conservación biocultural.
La relevancia de los encinos trasciende lo utilitario y se expresa también en el
ámbito literario y simbólico. El poeta chileno Rafael Guevara evocó en 2011 al encino
como refugio de vida y proveedor de leña doméstica, subrayando su capacidad de
regeneración incluso tras el fuego.7 En la narrativa sonorense, el encino aparece
como escenario cargado de densidad simbólica, como en el cuento “¡Aquí te vas a
quedar…!”, de Gerardo Cornejo (1983), donde un encino nudoso se convierte en
testigo silencioso del drama humano. Desde una perspectiva histórica más amplia,
William Bryant Logan (2006) reconstruye en Oak: The Frame of Civilization la
relación de reciprocidad entre los encinos y las sociedades humanas, desde la
fabricación de instrumentos musicales hasta la navegación y la guerra. Su
presencia constante a lo largo de la historia es también palpable, olfateable y
audible en tierras guarijías de Sonora, donde algún encino está frecuentemente
presente, tanto en las faenas como entre las brasas, pero también acompañando
el pasar sosegado del tiempo que ocurre al pie de la sierra.
Más allá de su relevancia utilitaria, los encinos ocupan un lugar central en la
cosmovisión guarijía y de otros pueblos del norte de México. Son árboles asociados
a la fortaleza, la resistencia y la permanencia. Su presencia en rituales, prácticas
curativas y narrativas orales refuerza su papel como mediadores entre el mundo
humano y el entorno natural. En este sentido, el encino no es solo un recurso
material ampliamente aprovechado, sino un elemento estructurante de la relación
biocultural entre las comunidades serranas y su territorio.
Referencias
cabaña
7“El encino carbonizado bostezó como cansado se torció con el viento y mostró un brote nuevo una
nueva
en una rama que se llamaba comienzo” Recuperado de
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Algunos apuntes sobre el CHICHIQUELITE Solanum americanum Solanum nigrum L. es un quelite transitorio que crece de forma...
30/01/2026

Algunos apuntes sobre el CHICHIQUELITE Solanum americanum

Solanum nigrum L. es un quelite transitorio que crece de forma anual, muy usado en alimentación y medicina, conocido como chichiquelite o hierba mora en México, maniroki en guarijío y mamyam entre los yoeme-yaquis y yoreme-mayos de Sonora. Forma parte de la familia Solanaceae, con más de 2,700 especies y 98 géneros muy diversos, de distribución mundial, especialmente en Latinoamerica. Es una planta de gran interés por sus propiedades y potencialidades, considerada potente y misteriosa, por lo que en inglés le dicen nigthshade (“sombra de la noche”) y también se le nombra tomate del diablo en lengua castellana. Se dice que el nombre científico de su Género (Solanum) deriva de una palabra latina usada para designar algo que crece de cara al sol, o asimismo, que sirve para tranquilizar, en referencia a supuestas virtudes narcóticas (Quattrocchi, 2000). En cuanto a su epíteto (americanum), ilustra su origen en el continente americano (Särkinen et al, 2018), aunque hay fuentes que ubican a este quelite como nativo de África, siendo una especie de muy alta distribución en el planeta, lo que se evidencia en la enorme cantidad de nombres científicos y populares que posée. Algunos de los nombres con que es conocido en México son bledo negro, chichicalite, chichiquelite, chilillo, hierba mora, jaltomate y tomate del diablo; chichiquelitl y tomaquelit en nahuátl; American black nightshade, huckleberry jardín, purple nightshade, small-flower nightshade, wonderberry se le llama en inglés).

En la familia de las solanáceas se incluyen especies alimenticias tan importantes como la papa (Solanum tuberosum L.), el tomate (Solanum lycopersicum L.), y otras de interés ornamental y biológico, pues algunas son organismos modelos para estudios genéticos, moleculares y celulares, como la petunia (Petunia violácea Lindl.), que se da silvestre en Yécora, Basaseachic y se cultiva en las casas del Río Mayo. Otra solanácea comestible que actualmente se siembra en Sonora y poco se conoce, es la berenjena (Solanum melongena L. y los muy socorridos chiles, llamados ajíes o pimientos (Capsicum, sp. L.), originarios del país y que hoy forman parte importante de diversas culinarias, como la hindú y la china; otras, tienen propiedades enteógenas, tóxicas y medicinales, como la belladona (Atropa belladona L.), el beleño (Hyoscyamus niger L.), la mandrágora (Mandragora autumnalis Bertol.) y los estramonios o toloaches (Datura, sp. L.), plantas ricas en alcaloides (tropina y nicotina).

Además del chiltepín (Capsicum annuum L.), en el Río Mayo hay otras 60 solanáceas comestibles, nativas e introducidas; entre ellas está el tulumisi o tomate del monte (Physalis hirsuta Dunal), cuyo fruto es comestible y se usa en salsas. Ocurren además 14 especies más del mismo género -también llamadas tulimisi por los guarijíos- como Physalis leptophylla B.L.Rob. & Greenm., P. philadelphica Lam., P. pubescens L. y P. pruinosa L. Del género Solanum – del que se han documentado 21 especies presentes en este río- destacan el cornetón del monte (Solanum erianthum D.), nombrado huatauí en guarijío y buey nini en mayo, cuyas hojas se comen como quelites, usado en la India para currys y bebidas, con amplias virtudes medicinales. El tomate k**itere intuame (Solanum hypsidum Pers.), llamado giant devil's fig en inglés, es de uso solo medicinal, el fruto, las hojas y la raíz, en fiebres, tos, anemia, gastritis, tumores, empacho, reumas y en varios asuntos ginecológicos (abortivo, fortificar útero, trastornos menstruales y ayudar al parto). Entre los cultivos introducidos destaca el tomate, llamado pasági y toománte en guarijío (Solanum lycopersicon L.) que es de origen mesoamericano y hoy crece en buena parte de los patios de la región, indispensable para salsas, guisos y ensaladas. Medicinalmente se emplea en casos de debilidad en la sangre, hígado, obesidad, afecciones bucales, ojos irritados, cuero cabelludo y "susto" (Argueta, Cano y Rodarte, 1994). Otro cultivo relevante es la papa (Solanum tuberosum L.), considerado como uno de los alimentos de mayor importancia a nivel mundial, también medicinal e industrial (almidón para papel, textiles, pegamentos, bebidas alcohólicas y varios alimentos). Hay una papa silvestre (Solanum boldoense Dunal & A.DC.) vista en el Rancho de Santa Bárbara (1,200 msnm), así como otro tomatillo silvestre llamado pasagí en guarijío (Jaltomata procumbens Cav J. L. Gentry), igualmente comestible y que ocurre en las Sierras Charuco, Saguaribo y Álamos.

Dos de las solanáceas regionales son coadyuvantes en la elaboración de quesos: la hierba del gato (Solanum grayi), llamada mochiná/churuni en guarijío; y la sacamanteca u ojo de liebre (Solanum trydynamum), palohuisi pusira en guarijío, para lo cual se emplea el fruto , mientras que la raíz se usa medicinalmente en sordera y dolor de muela; el ma’jí, tlamatlantil (nahuatl), (Solanum ferrugineum Jacq.) y el Solanum eleagnifolium Cav., llamado trompillo y tomatito de la buena mujer, son los más mencionados en las floras locales, además de siete especies del Género Lycium, entre ellos, el cilindrillo, hosó en guarijío (Lycium berlandieri Dunal) y otras de los géneros Brachistus, Browallia, Callibrachoa, Nicandra y Nicotiana, esta última con cuatro especies: el tabaco (Nicotiana tabacum L.), llamado huipá en guarijío. Y el macuche (pipá, en guarijío, Nicotiana rustica L.), ambos con inhibidores de la monoamino oxidasa (IMAO). También entre las solanáceas hay cuatro toloaches, llamados teku´yawi y toriachi, en guarijío, especies que son tóxicas y alucinógenas, algunas con uso medicinal (Datura lanosa Barclay ex Bye), D. quercifolia H.B.K., D. ruburra Barclay y D. discolor Bernth. La frutilla o candelilla (Cestrum tormentosum L.f.), que se da cerca de Los Mescales, es de uso medicinal (purgante, fiebre), insecticida (hojas en nidos de gallinas para alejar bichos) y proveedor de tinte (fruto negro).

La hierba mora o chichiquelite, es una de las especies más extensas y variables de la sección Solanum, una herbácea perenne que puede crecer de 30 cms. a metro y medio de alto, de tallo ascendente erecto, algo o muy piloso. Tiene hojas grandes de forma lanceoladas o romboidales, alternas y pecioladas. Presenta inflorescencias compuestas por tres a seis florecitas (en verano) con pétalos blancos vellosos, con puntitos amarillos -parecidas a las flores del tomate a veces lilas-, de los que sobresalen anteras amarillas. Los frutos son bayas globulares verdes y después negras, brillantes y lisas cuando maduran, del tamaño de un chícharo. A veces presenta espinas en los tallos, con fama de ser mejor para comer.

El chichiquelite tiene un rango de ocurrencia es muy amplio, ocurre entre los 10 y los 2,250 msnm, en climas cálidos, semicálidos, secos y templados, emergiendo en bordes de caminos, lindes de cultivos, escombreras, laderas húmedas, fondos de cañones, y campos, en bosques de encino-pino y selva baja caducifolia, donde es característico. Se distribuye desde el sur de Estados Unidos hasta Sudamérica y ha sido introducido en regiones tropicales y subtropicales de África, Asia, Oceanía y Europa. En México y en Sonora ha sido reportado en múltiples sitios, incluyendo en la Cuenca del Río Mayo, Sierra Saguaribo, Álamos, Sierra de Álamos, Sierra Charuco, Río Cuchujaqui, Cd. Obregón, Tesopaco y Santa Ana (Martin et al. 1998), siendo común en varias localidades y parajes guarijíos, según nuestros informantes.



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Las hojas del chichiquelite son ampliamente utilizadas como quelites, en forma tanto fresca como hervida, frita o asada, integrando comidas tradicionales en varias partes del mundo, incluyendo México. En El Salvador las preparan en sopas con verduras, carne o pollo y se venden en los mercados. Se menciona, no obstante, que no es recomendable comerla en exceso porque “hincha la barriga” y además puede ocasionar daños a la salud. El fruto se acostumbra tanto en guisos salados como en dulces y mermeladas, y se dice que mejora ligeramente después de una helada. Se recomienda usar las frutas completamente maduras, pues las verdes contienen la toxina solanina.

En la región guarijío y en toda la sierra Madre Occidental, su comida es ancestral, siendo documentado su uso también entre los rarámuri (Bennett y Zingg, 1935; Bye, 1976) y los tepehuanes (Pennington, 1969). Gentry (1963: 89) en la década de 1930 apuntó su uso makurawe: “Aunque los guarijío la utilizan normalmente y no solo como emergencia en tiempos de escasez, es una hierba perenne de los cañones, cuyas hojas se comen como quelites; Emiliano informó que la fruta es comestible, pero la planta muy similar Solanum nigrum tiene fama en otros lugares de tener su fruta venenosa. Esta y otras especies estrechamente relacionadas se encuentran en las barrancas de los guarijíos y todas parecen ser utilizadas indiscriminadamente como quelites”. Los yaquis de Sonora la incluyen también en la “gallina pinta”, con maíz y frijol cocidos (Barros y Buenrostro, 2012) o preparándolo en un guiso con ajo y cebolla y considerada planta sagrada, que incluyen en las ofrendas que colocan en los tapancos rituales (CPFEUM, 2023). En otros sitios se estila como agregado a frijoles, sopas, guisos y ensaladas. Para aprovechar las hojas, cuando están poco amargas se les cambia el agua al hervirlas, o se sirven con amaranto, el wewi de los guarijíos. Las hojas se venden en mercados y se sirven en restaurantes gourmet en Europa y Estados Unidos. El fruto maduro tiene un agradable sabor almizclado, se come crudo y también se usa para hacer conservas, mermeladas y pasteles (Facciola 1990, Maryland Biodiversity Project, 2025).

El chichiquelite es considerado un alimento nutritivo con un importante aporte en el tratamiento y prevención de numerosas condiciones patógenas, gracias al importante contenido bromatológico y fitoquímico de esta planta. Su fruto contiene carbohidratos (5.6%), proteínas (2.5%), ceniza (1.2%) y algo de grasa (0.6%) (Read, 1977), con gran potencial como antioxidante y quimiopreventivo (Son et al., 2003). Se le atribuyen propiedades alterativas, antiflogísticas, afrodisíacas, diaforéticas, diuréticas, emolientes, febrífugas, laxantes, narcóticas-estimulantes, purgantes y tónicas (Duke y Ayensu, 1984). En las hojas se han encontrado betacaroteno, quercetinas, glucósidos y galactósidos, entre otros compuestos (Nawwar et al, 1989), así como saponinas esteroideas, un efectivo desintoxicante contra la toxicidad hepática inducida por etanol (Arulmozhi et al, 2010); y lunasina, muy importante para contrarrestar el daño oxidativo del ADN y prevenir y tratar la carcinogénesis oxidativa (Son et al., 2003; Jeong, De Lumen y Jeong, 2010). El extracto metanólico se emplea como antiinflamatorio (Ravi et al., 2009), con actividad antiviral selectiva contra el virus del herpes simple tipo 1 (HSV-1) (Ali et al., 1996) y antimicrobiana contra Escherichia coli, Pseudomonas aeruginosa, Staphylococcus aureus y Aspergillus niger, mientras que los extractos a base de agua no tienen actividad antibacteriana (Gugulothu, Ajmeera y Vatsvaya, 2011). De manera relevante, la presencia de glicoalcaloides tóxicos (chaconina, solasonina, solanigrina, gitogenina y los alcaloides tropanos hioscina, atropina, solmargina e hiosciamina) en el fruto verde, la hace a veces tóxica, lo que ha causado la muerte en algunos niños que la han comido, riesgo que también se señala en bayas y follaje maduros, que pueden causar diarrea o hasta paro cardíaco, sin embargo, esto ha sucedido con variedades locales particularmente fuertes (Crowe, 1990). Los componentes de esta planta se han incorporado a fármacos para neuralgias y dolores de estómago, aprovechando sus virtudes antiespasmódicas sobre músculo liso, así como en preparaciones tópicas contra eczemas y urticaria.

Los usos medicinales del chichiquelite se conocen desde tiempos remotos, como asentó Juan de Esteyfenner en su paso por el noroeste mexicano, señalando que esta planta se usaba en dolor de muela, pechos dolorosos por la lactancia, ciática, flegmones, ulceras y llagas cancerosas y destemplanza hepática. Maximino Martínez (1992) registró su uso externo como calmante y vulneraria (cicatrizante) en fomentos y lavados vaginales. En Asia y África usan la planta como antiespasmódica, vermífuga, purificadora de la sangre, antiinfamatoria y, en forma similar al continente americano, en uso externo, cataplasmas, lavados, en úlceras, tumores, forúnculos, abscesos, heridas, dermatosis y problemas oculares, conjuntivitis crónica y como midriático (Boulos 1983). Las hojas y tallos cocidos, para mejorar la función del riñón (PROTA 2009). En Brasil, usan la maria-pretinha en eczemas, psoriasis, infecciones, y úlceras de leshmaniasis (Franca, Lago y Marsden 1996). En China comen las hojas para dolores cardíacos (MBGP 1994). También se usa en rabia, cefaleas y tiña, con una pasta de la fruta verde; la raíz cocida para paludismo (DeFilipps, Maina y Crepin 2004). La planta se ha utilizado en la fabricación de ungüentos analgésicos locales, y el jugo de la fruta se ha utilizado como analgésico para los dolores de muelas (Chiej 1984).

Los guarijíos acostumbran a hervir un puñito de ramas y hojas de maniroki para tomar hasta tres tazas al día cuando hay diarrea (Cañez, 1994). Los yaquis utilizan el mamyam para la fiebre y boca amarga. Para curar estos síntomas se utilizan las hojas con todo y ramas, se cuecen y ese cocimiento se toma como agua de uso cada vez que se necesite (Aguilar, Argueta y Cano, 1994; Martin et al, 1998). Entre los mayos, las hojas y frutos machacados se usan para curar llagas, heridas, dolencias causadas por golpes, sarna, herpes y tiñas del cuero cabelludo (Valenzuela Maldonado, 2000), además de usarlo en reumas y bilis (López Estudillo e Hinojosa, 1988); otros usos medicinales entre los yoremes son para engrosar la sangre, combatir problemas de riñón y aliviar síntomas de la resaca (Peña, 2020). Entre los rarámuri: “Tiene sabor amargo, por eso, los curanderos consideran que sirve para tratar desórdenes gastroenterológicos, de la panza y el intestino. También como purga, en té. Como antiséptico urinario. Más comúnmente se usa en emplastos para tratar heridas, lesiones de la piel, comezones. Se cuece la rama entera y luego de serenarla toda la noche, se aplica este remedio en el pecho y espalda para problemas pulmonares. También se usa en articulaciones dolorosas (…) a veces las hojas se ponen calientes toda la noche envolviendo con trapos. Los emplastos, para dolores de cabeza o heridas” (Irigoyen y Paredes, 2015:178). Los kiliwas de Baja California comen su fruto y usan las hojas en dermatitis alérgicas, frotándolas en la parte afectada (Aguilar, BDMTM 2009), mientras que los comcáac cuecen un te de raíces y flores para tratar diarreas (Felger y Moser 1985).

Según la Biblioteca Digital de la Medicina Tradicional Mexicana (Argueta, Cano y Rodarte, 1994), la hierba mora tiene muchos usos medicinales, empleando varios pueblos indígenas sus hojas en infusión, maceradas y restregadas en agua, con aplicaciones múltiples: para teñir las canas, en problemas dermatológicos –chincoal, eczema, sarna, tiña, quemaduras y heridas-, así como en numerosas enfermedades: gastritis, padecimientos hepáticos y digestivos (boca amarga, diarrea, hepatitis, bilis, infecciones estomacales, diabetes, vértigo, fiebre, malos espíritus, afrodisíaco, tos). los tepehuas de Veracruz machacan la tanpaktsa, como le nombran, en agua para lavativas en problemas intestinales como flatulencia y colitis o, por fuera, para lavados en peladuras y escaldados (heridas y quemaduras en la piel); los mixtecos de Tlaxiaco, Oaxaca, la emplean en “disepela” que ocurre por susto y mal aire, cuando sale algún absceso o grano caliente, generalmente en los pies, se muele la hierba y se aplica como parche localmente, en forma similar al uso que le dan en Chinango, Oaxaca, donde la llaman yukutsixin´i; los mam de Chiapas la usan en hemorroides, cicatrización de heridas, en granos y abscesos y en las grietas de los pezones en lactancia materna. El pueblo mazahua de San Felipe del Progreso la emplea en problemas similares, en combinación con otras plantas en caso del “chincual” y el cólico de los bebés. Se recomienda cosecharla en otoño cuando tiene flores y fruta, se seca o se prepara para uso posterior.

Es una planta cultivable y se suele sembrar en los meses de febrero a mayo; además de que tiene un alto grado de importancia hacia la ecología, se ha encontrado que esta especie es efectiva en fitorremedación de contaminantes para eliminar bifenilos policlorados (PCB) del suelo para lo cual es más efectiva en contubernio con la bacteria Agrobacterium (Mackova et al, 1997). Cuando se observan las hojas del chichiquelite la mayoría tienen agujeros y esto se debe a que es el principal alimento de escarabajos, orugas y babosas, que pueden destruirla por completo (Fern, 1997). Es muy resistente al virus del mosaico del tabaco, al tizón tardío y a la pudrición de la fruta Phomopsis. También muestra actividad molusquicida y sirve como huésped alternativo para una variedad de plagas, bacterias y hongos patógenos de una serie de cultivos comerciales, por lo que sirve como agente de control (PROTA, 2009).

Aun cuando no es alucinógena, a la hierba mora se le atribuyen propiedades mágicas desde la antigüedad, asociada a las diosas Hécate e Isis, a Saturno y a Hades, al viaje de la muerte, comunión con los dioses, los espíritus y los mu***os. En África (Zaire, Burundi), las hojas de S. nigrum se usan para alejar a los malos espíritus (Baerts y Lehman, 1989). De los frutos se extrae un tinte negro que se vende con fines mágicos, al igual que las semillas. “Es una planta esotérica y chamánica rara para cultivar en el jardín sagrado”, según reza un sitio web (Ethnoplants.com) que ofrece 20 semillas por 2.75 euros. “Una planta, una mala hierba que comparte con la literatura el poder de mitigar el dolor y con las mujeres, la mala fama”, según comenta Teresa Mouré en la contraportada de su libro Hierba Mora (2006), novela sobre una planta considerada tóxica, como las mujeres, aunque nunca alguien murió por su causa.


Rosa Buitimea Ochoa, 31 años, Mochibampo.

Rosa Buitimea escribió un cuento sobre el maniroki para el Concurso Saberes del Monte: “Había una vez una mujer que vivía lejos del pueblo, nunca el gustaba vivir con las personas. Un día, un hombre se fue al monte a traer leña y pasó cerca de la casa donde vivía la mujer. Cuando se alejaba, la mujer se le quedó viendo y dijo entre sí, “tiene que ser para mi”. Años después la mujer estaba enamorada del hombre y un día lo encontró y le dijo todo lo que ella sentía por el, pero nunca imaginó que el hombre la fuera a rechazar de una forma tan cruel. Desde ese día, nadie la quería, todos la rechazaban. Semanas después la mujer bajó al río y se puso a llorar, Ya que paró, dijo: “voy a convertirme en planta y de nombre me pondré chichiquelite y entonces sí me van a querer todos aquellos que me despreciaron. Y se puso a llorar y llorar hasta que le empezaron a salir lágrimas amargas, así fue como la mujer se fue convirtiendo en chichiquelite”.

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