04/02/2026
Los encinos, conocidos genéricamente como k**i entre los guarijíos, rojá por los
rarámuri, shiporva por los oób-pimas bajos y oaks en idioma inglés, constituyen
uno de los grupos arbóreos de mayor relevancia ecológica, cultural y simbólica en
la Sierra Madre Occidental. Desde la Antigüedad clásica, estos árboles han sido
valorados por sus propiedades medicinales, tecnológicas y alimentarias. Plinio el
Viejo describió ampliamente sus virtudes terapéuticas, mientras que en
Mesoamérica, Francisco Hernández de Toledo [1577] documentó el uso de
preparados de encino para devolver la fuerza pélvica a las mujeres después del
parto, combatir la disentería y otros males gastrointestinales, así como para aliviar
la fatiga provocada por viajes prolongados, batallas o el desempeño de cargos
públicos. En el septentrión novohispano, Juan de Esteyneffer consignó en su
Florilegio Medicinal el empleo de hojas, corteza y bellotas para tratar aftas bucales,
1Extracto del libro Plantas para comer y curar. Saberes guarijíos en el Río Mayo de Sonora (en
preparación). El Colegio de Sonora-Centro de Estudios en Salud y Sociedad.
hemorragias, hemorroides, úlceras y diarreas, así como su aplicación en forma de
cataplasmas y atoles medicinales. Estos antecedentes evidencian una continuidad
histórica del conocimiento médico asociado a los encinos, que persiste hasta la
actualidad en diversas comunidades indígenas.
Los bosques de pino–encino constituyen uno de los ecosistemas con mayor
diversidad florística de México, siendo la Sierra Madre Occidental particularmente
relevante por concentrar la mayor extensión de bosques templados del país y y su
notable heterogeneidad ambiental, que conlleva la confluencia de floras de
diversos orígenes biogeográficos. México alberga alrededor de 160 especies de
encinos, lo que representa aproximadamente el 33 % de las 450 especies de
Quercus a nivel mundial, posicionándolo como uno de los principales centros de
diversidad del género (Bonfil, 1993). El género Quercus L. (familia Fagaceae) fue descrito formalmente por Linneo en 1754, siendo el origen de su nombre motivo de debate, pues se señala que procede del latín y que originalmente designaba al roble y al alcornoque, pero que a su vez es proveniente del protoindoeuropeo kwerkwu, que originalmente significaba
"roble" y también "bosque de robles", aunque nunca "madera". Otras fuentes
mencionan que deriva del celta kaerques (“árbol hermoso”), de ker (“elegante") y
cus (“árbol”).
En la cuenca del río Mayo y la región guarijía de Sonora se han registrado al menos
16 especies de encinos, cuya distribución responde a gradientes altitudinales,
edáficos y climáticos. Algunas especies presentan afinidades particulares con
suelos volcánicos, someros o ácidos, mientras que otras se asocian a zonas
hidrotermalmente alteradas y con alta mineralización. Entre las registradas en la
Cuenca del río Mayo que ocurre en Sonora se encuentran el encino chaparro
(Quercus chihuahuensis Trel.), nombrado tojá sajavó; y que es el más abundante;
el encino roble (Quercus albocincta Trel.), llamado k**i aguacume por los guarijío;
el encino avellano o quiebrahacha, alóaci en guarijío (Quercus rugosa Née); el
encino blanco, tojá (Quercus arizonica Sarg).; el encino güeja, togowé (Quercus
tarahumara Spellenb., J.D. Bacon & Breedlove); el encino saucillo, wachichirí
(Quercus viminea Trel.), el encino plateado, pahoutó (Quercus hypoleucoides A.
Camus); el encino laurelillo, cibulá (Quercus durifolia Seemen ex Loes); el encino
prieto, sajahué (Quercus tuberculata Liebm.); el roble azul de Sonora (Quercus
oblongifolia Torr.); el encino rojo (Quercus scytophylla Liebm.); el encino cacachila
(Quercus perpallida Trel.); el encino borrego (Quercus subspathulata Trel.); el
encino enano o manzano, chayó (Quercus jonesi Trel.); el encino cusi (Quercus
toumeyi Sarg.) y el guaje, alóachi (Quercus mcvaughii Spellenb), considerado
actualmente “casi amenazado” por IUCN (2022). La asignación de nombres guarijíos
refleja no solo criterios morfológicos, sino también usos específicos y relaciones
históricas con cada especie. Esta diversidad tiene implicaciones directas en el
aprovechamiento tradicional. No todas las bellotas son comestibles, ni todas las
cortezas se emplean con los mismos fines medicinales o tecnológicos. La selección
cultural de especies comestibles, medicinales o maderables responde al contenido
de taninos, al sabor, a la disponibilidad local y a la experiencia acumulada por
generaciones.
Las especies pertenecientes al género Quercus son en su mayoría árboles de gran
porte, con troncos cortos, rectos y frondosos, generalmente perennifolios y muy
lóngevos, pudiendo algunos encinos vivir entre 400 y mil años. Su corteza suele
ser oscura y resquebrajada y su copa ancha y densa, que da mucha sombra por su
ramaje intrincado y ofrece protección contra los chubascos. Las hojas son simples
y estipuladas, de márgenes enteros o aserrados, de color verde oscuro en el haz y
con el envés blanquecino. Como observó Gentry (1942: 366), “son duras y duran
mucho en el suelo después de que caen, donde crepitan ruidosamente bajo los pies.
Se acurrucan en un tazón y pueden atrapar la lluvia, listos para la cara soñolienta
de la caravana”. Presenta flores femeninas y masculinas, estas últimas se
presentan en inflorescencias racimosas colgantes, cada flor con cuatro a diez
estambres y largos filamentos. Las femeninas aparecen aisladas u organizadas en
espigas, con tres estigmas y óvulos anátropos, rodeadas por unas escamas
empizarradas que al madurar forman la cúpula que origina su fruto. Es una bellota
que brota en posición axial, solitaria o en grupos de dos o tres, rodeada de una
cápsula coriácea, con una semilla grande carente de endospermo y cotiledones
abultados y suculentos. Se produce en otoño y cae en invierno. La delimitación de
especies se basa principalmente en la morfología foliar, debido a la escasa
diferenciación floral y a la similitud de los frutos (bellotas). A ello se suma la
frecuente hibridación natural, que genera complejos problemas taxonómicos y
convierte al grupo en un modelo particularmente interesante para estudios
evolutivos y ecológicos.
Las bellotas han sido históricamente un recurso alimentario estratégico,
documentado desde tiempos prehispánicos y coloniales en distintas regiones de
América y Europa. Evidencias arqueológicas de la Edad del Cobre, como la
presencia de grandes vasijas destinadas al almacenamiento de granos y bellotas,
sugieren que este aprovechamiento fue ampliamente practicado. En la región
guarijía, solo algunas especies son consumidas, principalmente Quercus
albocincta, Q. rugosa, Q. arizonica y Q. chihuahuensis, debido a las diferencias en
su contenido de taninos y polifenoles, responsables del sabor amargo y
astringente. No obstante, existen excepciones notables: las bellotas de Quercus
albocincta son descritas por los guarijíos como dulces y altamente paladeables, al
punto de haber formado parte regular de la dieta tradicional. Lorenzo Suja Guereña,
de Mesa Colorada, señaló a Yetman (2002) su preferencia por esta especie frente
a otras que considera desagradables al gusto, como el Quercus tuberculata, que
solo sirve para no pasar hambres, señalando Nacho Ciriaco que es mejor
dejárselas a los jabalís, mientras que Cipriano Buitimea comentó que son buenas
para el venado. La bellota de Q. chihuahuensis es valorada por su capacidad de
generar saciedad prolongada. Wilfrido Parra, participante en el Concurso Saberes
del Monte, de Colonia Macurahui, señaló que su consumo ayuda a “aguantar el
hambre”, lo que sugiere un papel estratégico en contextos de escasez alimentaria
estacional, pues las bellotas son un alimento energético y nutritivo, que aporta
principalmente hidratos de carbono (40%), grasas (24%, mayoritariamente
monoinsaturadas), aminoácidos, esteroles, proteínas (6%) y fibra.
Algunos encinos se usan artesanalmente para la elaboración de harinas, mediante
procesos de tostado, cocción, lixiviación y agregado de aditivos, como bicarbonato
o arcillas, para eliminar su sabor astringente.2 Entre las preparaciones se
encuentran el pan y las galletas de bellota, elaboradas con bellota molida, azúcar
y claras de huevo a punto de turrón, horneadas a fuego lento para obtener una
textura ligera. También bebidas, como el “café” de bellota, preparado con frutos
tostados y molidos, cuya infusión se considera útil para atenuar los efectos de la
embriaguez; y una especie de horchata, obtenida al triturar y moler las bellotas
2 El proceso para eliminar el exceso de taninos consiste en secarlas al sol por una a cuatro
semanas, quitarles la cáscara y moler la bellota para hacerla harina y después tamizarla en un
recipiente, poner en agua limpia y sacudir para hacer una lixiviación que dura de cinco a diez
minutos en asentarse. Este proceso se repetite durante dos horas para después verter la molienda
en un colador y dejarla secar al sol (García-Gómez, Pereira y Ruiz, 2002)
para mezclarlas con agua, generando una emulsión de aspecto lechoso, a la cual
se pueden añadir almendras. Las bellotas de diversas especies son utilizadas como
alimento por animales silvestres (aves, venados, jabalís y reptiles) y se aprovechan
como forraje para guajolotes, ganado ovino, bovino, porcino y caprino.3 En España
se destinan para la alimentación de los cerdos ibéricos, empleados en la
elaboración del jamón serrano.
Desde la perspectiva etnobotánica, los encinos constituyen uno de los recursos
medicinales más versátiles y ampliamente documentados del norte de México. Su
uso terapéutico se fundamenta principalmente en el elevado contenido de taninos,
flavonoides (particularmente flavan-3-ol), compuestos fenólicos (especialmente
glicósidos ácidos gálico y elágico), esteroles, triterpenoides, alcoholes alifáticos,
ácidos grasos y vitaminas (Burlacu, Nisca y Tanase, 2020). Están presentes en la
corteza, hojas, bellotas y agallas, con muy amplia variacion en cuanto a su
contenido entre las distintas especies. Son metabolitos secundarios que les
confieren propiedades hemostáticas, hepato, astringentes, antioxidantes, antiinflamatorias, dermo y neuroprotectoras, hipoglicemiantes, antimicrobianas, antivirales, antifúngicas y anticancerígenas (Taib et al, 2020).
El uso artesanal de cocimientos de hojas y cortezas se emplea para el tratamiento
de molestias digestivas. De hecho, es efectivo para aliviar diarreas, hemorragias
intestinales, gastritis, incontinencias urinarias, problemas rectales y faringitis.
Además, desde tiempos antiguos se conoce su eficacia para tratar problemas de
las encías y afianzar dientes laxos, para curar llagas en la boca, afecciones
cutáneas y amigdalitis. En este amplio horizonte etnobotánico, los encinos se
revelan como árboles de profunda continuidad cultural y terapéutica.
La corteza es la parte del encino más empleada con fines medicinales. Su riqueza
en taninos la hace especialmente eficaz como astringente, vasoconstrictor local y
agente cicatrizante. Entre los usos más recurrentes se encuentra el tratamiento
de diarreas, disenterías, hemorragias internas y externas, inflamaciones y
afecciones bucales, consignándose en la Biblioteca de la Medicina Tradicional
Mexicana entre varios pueblos originarios de México, como los popolucas de
Veracruz, los mam de Chiapas y los mixtecos de Oaxaca, señalando que la infusión
de corteza se bebe en dosis pequeñas para favorecer el funcionamiento renal o
para aliviar la tos antes de dormir. Otros usos reportados son en problemas
ginecológicos y obstétricos, en lavados para infecciones vaginales, bebida para
después del parto y en caída de la matriz (Aguilar, Argueta y Cano, 1994; Argueta,
Cano y Rodarte, 1994). 3Los mayos consideran particularmente adecuadas las bellotas de Quercus chihuahuensis para alimentar guajolotes y cerdos (Yetman y Van Deverden, 2002).
Entre los tepehuanes de Chihuahua, la infusión de la corteza se utiliza como
enjuague bucal y como tratamiento para gingivitis (Pennington, 1968), mientras que
los pimas la usan en gárgaras en dolor de garganta, así como beber la infusión de
las hojas para males pulmonares (Aguilar, Argueta y Cano, 1994).4 Los rarámuris
elaboran cataplasmas con la corteza para aliviar dolores e inflamaciones
(Pennington, 1963). Al igual que los guarijíos utilizan la decocción de la corteza para
tratar diarreas, hemorragias intestinales y empachos (irigoyen y Paredes 2015,
Yetman, 2002). Francisca Ciriaco Armenta, participante en Saberes del Monte y
originaria de Los Bajíos, documentó además su uso como desinfectante de llagas
y granos con pus. La ceniza se utiliza externamente para aliviar quemaduras y
heridas, aplicándola directamente sobre la piel afectada (Yetman, 2002).5 Quercus
chihuahuensis se utiliza para el dolor de riñones: se unta la tierra del corazón del
encino con clara de huevo, se mezcla para hacer una pasta y esta se unta en la
espalda hasta que seque; para que una mujer pueda tener hijos se hace una bebida
con las bellotas del encino la cuales se hierven para que se revuelva con el agua,
según Don Wilfrido Parra Enriquez, participante de Colonia Makurawe en Saberes
del Monte. Entre los rarámuris, la corteza de Quercus scytophylla se emplea para
4Estudios recientes han explorado extractos de Quercus rugosa para la elaboración de gomas de
mascar con actividad antibacteriana, capaces de inhibir microorganismos asociados a
enfermedades bucales (Comer Mejor, 2017).5Entre los guarijíos Don Lino Leyva (2010) refiere una receta elaborada con corteza de encino, la cual ya machacada se hierve en un litro de agua durante 30 minutos; una vez tibia, la decocción se ingiere en pequeñas cantidades durante cuatro a seis días para tratar hemorragias intestinales, vómitos con sangre e hinchazón de manos y tobillos. La misma preparación se utiliza como lavado vaginal y para inducir abortos, mediante la ingestión de una bebida preparada con la corteza durante varios días (Irigoyen y Paredes, 2015).
Aunque menos utilizadas que la corteza, las hojas de algunos encinos también
forman parte del arsenal medicinal regional. Las hojas de Quercus viminea son
emplean por los rarámuri en decocción para aliviar molestias estomacales. En
Quercus albocincta, hojas y corteza combinadas se utilizan para lavados vaginales
contra flujo blanco, ardor y picazón, así como para detener hemorragias y tratar
diarreas parasitarias y disenterías (Irigoyen y Paredes, 2015). Asimismo, ramas
cocidas de esta especie, mezcladas con confiturilla, chiqui pusi en guarijío (Lantana
camara L.) y capulín (Prunus serotina Ehrh.), se aplican en baños terapéuticos a
personas convalecientes de fiebre (Argueta, Cano y Rodarte, 1994).
Los encinos son aprovechados en muchas otras formas. Su madera es muy
apreciada por su firmeza, peso y durabilidad, utilizándose para la fabricación de
barcos, muebles, en construcción, carpintería y ebanistería en general. Se emplea
asimismo en la fabricación de los barriles donde se añejan el vino y el coñac,
señalando que esta madera otorga una fragancia ahumada muy especial. La
corteza se usa asimismo para elaborar los corchos con que se sellan y para curtir
pieles. También se ocupa la madera en juguetes, artesanías, cajas para piano, arcos
de violines y carretas. A nivel rural, se emplea en la fabricación de herramientas,
cercas y muy variados muebles, destacando en la región guarijía los Quercus
chihuahuensis y albocincta por su dureza y durabilidad, empleado en mangos de
arado y estructuras rurales (Yetman, 2002). También se aprovecha como
combustible, para hacer fogatas, en chimeneas y estufas de leña o para fabricar
carbón vegetal. Los rarámuris utilizan la raíz como yesca o los troncos podridos,
mencionando Wilfrido Parra que la ceniza sirve para tal fin. Con Quercus
chihuahuensis se hace jabón y lejía. Para hacerlo se junta y quema una gran pila
de encino, poniendo las cenizas en un trapo y se les echa agua. El líquido resultante
y se hierve con grasa y algún jabón ya hecho para que cuaje. Entre los guarijíos, Nacho Ciriaco y José Ruelas reportaron que en sus casas se hacía este jabón
cuando eran chicuelos (Yetman, 2002).
Otro empleo de las cenizas particularmente relevante es la sustitución de la cal en la nixtamalización del maíz. La ceniza obtenida de su corteza se mezcla con el grano durante el cocimiento, cumpliendo una función similar a la cal comercial, según asentó Wilfrido Parra. Se señala que la infusión de corteza es útil en intoxicaciones por alcaloides peligrosos “pues
produce su precipitación, siempre que se tome inmediatamente después de la
ingestión del veneno” (Cabrera, 1980: 34). Otras fuentes mencionan que sirve
también en envenenamientos con plantas, usando entre 30 y 50 gramos por litro
de agua y asimismo beber la infusión en enuresis y en baños para mal olor de pies
(Manfred, 1973). Se señala su uso en Morelos para quitar arrugas, oscurecer el pelo
y combatir la caspa y la calvicie en lavados (Hersch et al, 2024).
Desde el punto de vista ecológico, los encinos son especies clave. Sus cortezas y
frutos, ricos en taninos, cumplen funciones defensivas frente a insectos y
microorganismos; además, estos árboles sostienen una extraordinaria diversidad
asociada. En sus troncos y ramas prosperan epífitas como orquídeas, bromelias,
helechos, musgos y líquenes, y conforman el hábitat de una gran diversidad de flora
y fauna, incluyendo insectos, aves y mamíferos. Los encinares revisten gran
importancia al formar parte fundamental de los sistemas captadores de bióxido de
carbono y de agua, son productores de oxígeno y fijadores de nitrógeno, además
de evitar la erosión de los suelos.6
6Como señalan Romero Rangel et al (2015), se sabe que la desaparición de los bosques de encinos
provoca alteraciones excesivas de pH, contenidos de bases y de materia orgánica, que afectan la
microfauna y microflora del subsuelo, aumentando la erosion, con pérdida de micorrizas y humedad.
Entre la fauna afectada se encuentran el gavilán pollero (Accipiter gentilis), momoto garganta azul
(Aspatha gularis), gavilán palomero (Accipiter cooperii), lobo mexicano (Canis lupus baileyi), oso
negro (Ursus americanus), ardilla voladora del sur (Glaucomys volans), culebra terrestre dos líneas
(Conopsis biserialis), víbora cascabel de diamante (Crotalus atrox) y la lagartija escorpión
(Xenosaurus grandis).
Aunque ninguna especie de encino presente en la región guarijía se encuentra
listada en la NOM-059-SEMARNAT se ha señalado que el género es
particularmente vulnerable a su decaimiento y eventual extinción de algunas
especies, particularmente de las que se ubican en los bosques mesófilos de
montaña, por efecto no solo del cambio climático, sino también por la tala
extractivista inmoderada, los incendios forestales, las plagas de hongos y especies
que los parasitan, los avances de la minería, la ganadería, la frontera agrícola y las
urbanizaciones, todos los cuales se asocian al despojo territorial de los pueblos
indígenas y el desplazamiento de las comunidades, pues no se valora que la
continuidad de las prácticas tradicionales de manejo constituye una estrategia
clave de conservación biocultural.
La relevancia de los encinos trasciende lo utilitario y se expresa también en el
ámbito literario y simbólico. El poeta chileno Rafael Guevara evocó en 2011 al encino
como refugio de vida y proveedor de leña doméstica, subrayando su capacidad de
regeneración incluso tras el fuego.7 En la narrativa sonorense, el encino aparece
como escenario cargado de densidad simbólica, como en el cuento “¡Aquí te vas a
quedar…!”, de Gerardo Cornejo (1983), donde un encino nudoso se convierte en
testigo silencioso del drama humano. Desde una perspectiva histórica más amplia,
William Bryant Logan (2006) reconstruye en Oak: The Frame of Civilization la
relación de reciprocidad entre los encinos y las sociedades humanas, desde la
fabricación de instrumentos musicales hasta la navegación y la guerra. Su
presencia constante a lo largo de la historia es también palpable, olfateable y
audible en tierras guarijías de Sonora, donde algún encino está frecuentemente
presente, tanto en las faenas como entre las brasas, pero también acompañando
el pasar sosegado del tiempo que ocurre al pie de la sierra.
Más allá de su relevancia utilitaria, los encinos ocupan un lugar central en la
cosmovisión guarijía y de otros pueblos del norte de México. Son árboles asociados
a la fortaleza, la resistencia y la permanencia. Su presencia en rituales, prácticas
curativas y narrativas orales refuerza su papel como mediadores entre el mundo
humano y el entorno natural. En este sentido, el encino no es solo un recurso
material ampliamente aprovechado, sino un elemento estructurante de la relación
biocultural entre las comunidades serranas y su territorio.
Referencias
cabaña
7“El encino carbonizado bostezó como cansado se torció con el viento y mostró un brote nuevo una
nueva
en una rama que se llamaba comienzo” Recuperado de
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