03/10/2026
Nutrir a un paciente puede ser uno de los mayores desafíos de la práctica clínica y del cuidado en el hogar. Cuando la enfermedad interfiere con la alimentación, la nutrición deja de ser solo una necesidad biológica y se transforma en una estrategia terapéutica compleja que requiere empatía, paciencia y adaptabilidad.
Las barreras más comunes a las que se enfrentan los cuidadores y profesionales de la salud incluyen:
• Alteraciones sensoriales: Enfermedades como el cáncer (por la quimioterapia) o trastornos neurológicos pueden cambiar el gusto y el olfato, haciendo que alimentos antes deseados resulten desagradables o metálicos.
• Dificultades mecánicas: La disfagia, la estomatitis o la debilidad muscular extrema impiden la masticación y deglución segura.
• Síntomas gastrointestinales: Las náuseas, los vómitos, la saciedad precoz y el dolor abdominal reducen drásticamente el apetito y la tolerancia a las porciones normales.
• Impacto emocional y cognitivo: La depresión, la ansiedad o condiciones como la demencia avanzada provocan el rechazo activo de la comida o el olvido del acto de comer.
Para abordar este reto, el enfoque debe ser flexible y personalizado, priorizando la densidad nutricional, modificando las texturas si es necesario, y respetando los tiempos y preferencias del paciente sin forzarlo, buscando siempre mantener su dignidad y calidad de vida.