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Dos días en Roma… y una vida para recordarlaEn apenas dos días, Roma nos recordó por qué sigue siendo uno de los grandes...
12/05/2026

Dos días en Roma… y una vida para recordarla
En apenas dos días, Roma nos recordó por qué sigue siendo uno de los grandes centros culturales y espirituales del mundo. Entre ruinas milenarias, plazas abarrotadas y templos majestuosos, comprobamos que incluso una visita corta basta para quedar atrapado por la ciudad eterna.
Dicen que Roma no se conoce en una semana. Probablemente tengan razón. Pero también es cierto que, aun en una visita relámpago de apenas dos días, la capital italiana logra hacer algo extraordinario: dejarte con la sensación de haber caminado por varios siglos de la historia humana.
Nuestra estancia fue breve, intensa y agotadora, pero absolutamente inolvidable. En apenas 48 horas alcanzamos a recorrer cuatro de los sitios más emblemáticos de la llamada ciudad eterna: El Vaticano, el Coliseo Romano, la Fuente de Trevi y la famosa Escalinata de la Plaza de España, conocida popularmente como la “Escalera Española”. Y sí, el nombre es correcto, aunque oficialmente se llama Escalinata de la Plaza de España.
Roma tiene una particularidad que pocas ciudades poseen: el pasado no está encerrado en museos; convive contigo en cada calle. Uno desayuna junto a edificios con más de 500 años de antigüedad, toma café frente a fuentes barrocas y cruza avenidas donde hace dos mil años caminaban emperadores, soldados y comerciantes.
Nuestra primera gran parada fue Ciudad del Vaticano, el centro espiritual del catolicismo y uno de los lugares más impresionantes que hemos visitado. Independientemente de las creencias religiosas de cada quien, entrar a la Basílica de San Pedro produce una mezcla difícil de explicar entre admiración arquitectónica, pequeñez humana y respeto histórico.
La magnitud del recinto, el arte, las esculturas y la energía del lugar convierten la visita en una experiencia que va mucho más allá de lo turístico. Ahí uno entiende por qué millones de personas sueñan con conocer ese sitio al menos una vez en la vida.
Después vino el encuentro con otro símbolo universal: Coliseo Romano. Verlo por primera vez impresiona incluso más de lo que muestran las fotografías o los documentales. Resulta inevitable pensar en la brutalidad de los espectáculos que ahí se realizaban, pero también en la capacidad extraordinaria del Imperio Romano para construir obras que desafiaran al tiempo.
Caminar alrededor del Coliseo es recordar que Roma fue, durante siglos, el centro político, militar y cultural del mundo occidental. Ahí la historia deja de ser abstracta y adquiere dimensiones reales.
Más relajada, aunque igualmente fascinante, fue nuestra visita a Fuente de Trevi. El lugar estaba abarrotado de turistas de todos los idiomas imaginables, celulares levantados y monedas lanzadas al agua con la esperanza simbólica de regresar algún día a Roma.
Hay algo profundamente humano en esas pequeñas tradiciones turísticas. Uno sabe que la moneda no garantiza nada, pero aun así la lanza porque, en el fondo, desea volver.
La cuarta escala importante fue precisamente la ya mencionada Escalinata de la Plaza de España, uno de los puntos de encuentro más famosos de Europa. Ahí Roma muestra otro rostro: menos monumental y más cotidiano. Jóvenes sentados en los escalones, músicos callejeros, parejas tomando fotografías y turistas simplemente observando el ir y venir de la ciudad.
Quizá eso fue lo que más me gustó de Roma: su capacidad para mezclar grandeza histórica con vida cotidiana. La ciudad no vive atrapada en su pasado; convive con él de manera natural.
Dos días no alcanzan para conocer Roma. Apenas sirven para asomarse a ella. Pero también bastan para entender por qué sigue despertando fascinación en millones de personas alrededor del planeta.
Roma no necesita presentaciones espectaculares. Su sola existencia es suficiente argumento.
Y mientras nos alejábamos rumbo a Florencia, con la promesa de explorar durante varios días los paisajes y poblaciones de La Toscana, nos quedó la sensación que probablemente acompaña a casi todos los viajeros que pasan por Roma: la certeza de que algún día habrá que volver.

Por hoy fue todo.
Gracias por su preferencia y hasta la próxima.

De Miami a Roma por mar: una travesía que cambia el ritmo de viajarPor: Feliciano J. EspriellaHay viajes que se miden en...
06/05/2026

De Miami a Roma por mar: una travesía que cambia el ritmo de viajar
Por: Feliciano J. Espriella

Hay viajes que se miden en kilómetros… y otros en experiencias. Este pertenece claramente a los segundos.
El 19 de abril, a las 6:00 de la tarde, dejamos atrás Miami a bordo del MSC Grandiosa, con rumbo a Europa. No fue una salida cualquiera: fue el inicio de una travesía que, más que trasladarnos, nos obligó —en el mejor sentido— a desacelerar.
Durante diez días navegamos en altamar. Diez días sin más horizonte que el océano, sin tráfico, sin prisas, sin agendas rígidas. Una pausa prolongada en medio del mundo. En ese espacio flotante, el tiempo pierde su carácter utilitario y se convierte en algo más cercano a la contemplación. Amaneceres largos, silenciosos, y atardeceres que parecen diseñados con una precisión casi artística.
La vida a bordo tiene su propia lógica. Todo está al alcance: gastronomía, espectáculos, espacios de relajación, caminatas interminables por cubierta. Pero lo más valioso no es la oferta, sino la sensación de continuidad. No hay rupturas. No hay traslados incómodos ni esperas interminables. Uno simplemente está… mientras el barco avanza.
Esa es, quizá, la gran diferencia con otras formas de viajar: aquí el trayecto es parte esencial del destino.
Pero el itinerario también tuvo escalas que enriquecieron la experiencia.
La primera parada fue en Saint Martin (island), en su lado neerlandés, St. Maarten. Caribe en estado puro: aguas tibias, transparentes, una invitación abierta al descanso sin condiciones. Es un destino que no exige nada, solo presencia.
Después vino Funchal, una escala que sorprende. En medio del Atlántico emerge esta ciudad que combina naturaleza exuberante con una elegancia tranquila. Subimos en teleférico hacia uno de sus jardines más emblemáticos: desde ahí, la vista es simplemente extraordinaria. Funchal no busca impresionar… y sin embargo lo logra.
El arribo a Europa marcó un cambio de tono.
En Barcelona, la arquitectura y la historia conviven con una energía contemporánea difícil de igualar. Es una ciudad que no se recorre: se experimenta. Cada calle tiene carácter, cada esquina propone algo distinto.
Cannes ofrece otra narrativa. Glamour, sí, pero también orden, estética y una identidad muy bien cuidada. No es solo lujo; es una forma de entender el espacio urbano con precisión casi escénica.
En Génova, el ambiente cambia nuevamente. Más sobria, más histórica, con un puerto que recuerda su importancia como potencia marítima. Génova no seduce de inmediato, pero se revela con profundidad.
Y finalmente, La Spezia, punto estratégico para asomarse a una de las regiones más fotografiadas de Italia. Desde ahí, la cercanía con Cinque Terre permite intuir —aunque sea brevemente— esa combinación perfecta entre geografía y arquitectura que define al Mediterráneo italiano.
Hoy, a las 7:00 de la mañana, llegamos a Civitavecchia, puerto ubicado a unos 80 kilómetros de Roma. Con ello, se cierra la primera etapa de este viaje.
Cruzar el Atlántico en barco no es solo una alternativa al avión. Es una forma distinta de entender el desplazamiento. Es aceptar que el tiempo no siempre debe optimizarse, que también puede disfrutarse.
Porque, al final, viajar no es únicamente llegar. Es aprender a moverse de otra manera.
Y en eso, el Grandiosa cumple con creces.

Por hoy fue todo.
Gracias por su preferencia y hasta la próxima.

Viajar en crucero: el placer de moverse sin prisaNOTAS DE VIAJEPor: Feliciano J. EspriellaUna forma de viajar que combin...
01/05/2026

Viajar en crucero: el placer de moverse sin prisa
NOTAS DE VIAJE
Por: Feliciano J. Espriella
Una forma de viajar que combina traslado, descanso y experiencia: los cruceros, más que un medio, son un destino en sí mismos.
Viajar en crucero lo comparo con pasar unos días en un resort. Ambos están diseñados para ofrecer mucho más que un simple lugar donde dormir —o trasladarse, en el caso de los cruceros—. A diferencia de aviones, trenes o autobuses, un crucero integra alojamiento, gastronomía, entretenimiento, servicios de relajación y múltiples opciones de ocio dentro de un mismo espacio flotante. Todo está pensado para que el viajero tenga a su alcance prácticamente todo lo que necesita, con un atractivo adicional: mientras disfruta la experiencia, el barco avanza y va conectando distintos destinos.
Recuerdo muy bien el primer crucero en el que viajé. Fue el 9 de julio de 2006, en una travesía corta entre Helsinki y Estocolmo. Abordamos por la tarde y arribamos al mediodía del día siguiente. La fecha la tengo grabada por una razón muy particular: ese día se jugó la final de la Copa del Mundo en Alemania, entre Italia y Francia.
El partido fue transmitido en vivo en una pantalla gigante dentro de un amplio salón. La mayoría de los asistentes eran italianos o franceses, y el ambiente era electrizante. Cada jugada generaba una oleada de emociones que retumbaba en toda la nave. Italia ganó en la tanda de penaltis y, al final, lo que predominó fue una convivencia festiva: abrazos, risas y, como es de imaginarse, largas horas de celebración —o de consuelo— acompañadas de bebidas.
Vuelvo al tema.
Aunque el costo de un crucero puede parecer superior al de otros medios de transporte, visto en su conjunto suele resultar más económico. En travesías largas —de 15, 20 o más días— es posible encontrar tarifas que oscilan entre los 60 y 80 dólares diarios por persona en camarotes básicos. Si se considera que ese precio incluye transporte, hospedaje, alimentación y una amplia oferta de entretenimiento, la relación costo-beneficio resulta bastante favorable.
Además, hay un valor intangible que no siempre se pondera: la comodidad de no tener que hacer y deshacer maletas en cada destino. En un crucero, uno se instala una sola vez y el viaje se va desplegando casi sin fricciones.
Para nosotros, peso por peso, es una de las formas más placenteras de viajar.
Comparto algunas recomendaciones prácticas para quienes estén considerando esta experiencia:
Lleguen con anticipación al abordaje.
Una o dos horas antes de la hora indicada puede marcar la diferencia. Se evitan filas, aglomeraciones y se inicia el viaje con mayor tranquilidad. En nuestro caso reciente, llegamos con hora y media de anticipación y el proceso fue ágil, sin contratiempos.
Recorran el barco desde el primer día.
Explorar las cubiertas, ubicar restaurantes, áreas de entretenimiento y servicios permite aprovechar mejor el tiempo durante la travesía. Es una inversión inicial que rinde frutos.
Lleven lo esencial en el equipaje de mano.
Artículos como traje de baño, ropa ligera o cualquier objeto necesario durante las primeras horas pueden ser muy útiles, especialmente si el equipaje tarda en llegar al camarote.
Organicen el camarote desde el inicio.
Aunque los espacios parecen reducidos, están diseñados con eficiencia. Desempacar, ordenar la ropa y guardar las maletas —por ejemplo, debajo de la cama— facilita la estancia y evita incomodidades.
Una aclaración final: este espacio no pretende ser una guía turística ni un compendio técnico. Es, simplemente, la suma de experiencias acumuladas a lo largo de distintos viajes. Para quien desee profundizar, la información detallada está al alcance de un clic.
Por hoy es todo.
Gracias por su preferencia y hasta la próxima.

27/04/2026
Escala en Miami: mucho más que una ciudad caraMiami, dicen quienes la conocen bien, es una ciudad que merece entre tres ...
27/04/2026

Escala en Miami: mucho más que una ciudad cara
Miami, dicen quienes la conocen bien, es una ciudad que merece entre tres y cinco días para recorrerla con calma: playas, cultura, gastronomía y vida nocturna. Pero no siempre se tiene ese lujo. A veces —como nos ocurrió a mi compañera de vida y a mí— el itinerario manda, y el tiempo disponible se reduce a lo estrictamente necesario: una tarde y un día completo.
Y aun así, vale la pena.
Porque si algo tiene Miami —y esto conviene subrayarlo— es que puede disfrutarse sin necesidad de grandes presupuestos. La clave no está en cuánto se gasta, sino en qué se elige ver.
Nuestra primera parada fue La Pequeña Habana, en particular la emblemática Calle 8. Ahí se respira otra ciudad dentro de la ciudad: más latina, más cercana, menos sofisticada… y, paradójicamente, más auténtica.
Visitamos el Parque Máximo Gómez, donde los locales —en su mayoría cubanos— convierten el dominó en un ritual casi sagrado. No es un espectáculo montado para turistas: es vida cotidiana. Y eso, en estos tiempos, tiene un valor especial.
Caminamos sin prisa, curioseamos en tiendas de puros, observamos murales y arte urbano, y terminamos el día en El Cristo Restaurant, un sitio tradicional, sin pretensiones. Ahí encontramos algo que suele escasear en destinos turísticos: comida abundante, sabor casero y precios razonables. Degustamos la “comida de la abuela”, un platillo que reconcilia al viajero con el lugar.
Al día siguiente, cambiamos de itinerario.
Por la mañana visitamos Vizcaya Museum and Gardens, una antigua mansión frente a la bahía que combina arquitectura europea con jardines de inspiración italiana.
Es un espacio que invita a caminar sin prisa, a detenerse, a observar. Y aunque tiene un costo de entrada, sigue siendo accesible si se compara con otras experiencias de la ciudad. No todo en Miami es lujo inaccesible; hay puntos intermedios que equilibran bien el gasto y la experiencia.
Por la tarde nos dirigimos a Bayside Marketplace, un espacio abierto junto al agua que mezcla tiendas, música en vivo y paseos.
Ahí estuvimos a punto de tomar uno de los recorridos en barco —los famosos paseos por “Millionaire’s Row”—, pero decidimos posponerlo. Sabíamos que al día siguiente abordaríamos un crucero y tendríamos suficiente mar por delante.
Aun sin ese tour, el lugar cumple: caminar junto a la bahía, escuchar música, sentarse a ver el movimiento… todo eso es gratuito. Y en una ciudad donde el gasto puede escalar rápidamente, esos momentos cuentan.
Terminamos el recorrido con algo sencillo: entrar a algunas tiendas, comprar camisetas para la familia y dejar que la tarde se fuera sin prisas.
Porque, al final, de eso se trata viajar.
No de cumplir itinerarios exhaustivos ni de gastar por inercia, sino de apropiarse del tiempo disponible —aunque sea breve— y sacarle sentido.
Miami puede ser ostentosa, sí. Puede ser cara, también. Pero no es exclusivamente eso. Es, sobre todo, una ciudad de contrastes donde conviven el lujo y lo cotidiano, el turista y el local, el exceso y la sencillez.
Y si uno sabe elegir, incluso una escala de día y medio puede convertirse en una experiencia completa.

Por hoy fue todo.
Gracias por su tolerancia y hasta la próxima.

NOTAS DE VIAJE El momento en que el viaje deja de ser ideaEl inicio de un viaje no ocurre al abordar un avión, un barco,...
22/04/2026

NOTAS DE VIAJE
El momento en que el viaje deja de ser idea
El inicio de un viaje no ocurre al abordar un avión, un barco, un tren o un autobús, sino en el instante en que se toma la decisión y se da el primer paso.
Hay un momento preciso —breve, casi imperceptible— en el que un viaje deja de ser una idea y se convierte en realidad. No ocurre al abordar un avión ni al subir a un barco; sucede antes, cuando uno decide que sí, que esta vez no se quedará en el “algún día”.
Hace poco tiempo publiqué en mi columna Olor a Dinero un texto titulado “Viajar es una decisión”. Ahí planteaba algo que, aunque suene obvio, no siempre lo es: que la mayoría de los viajes no se realizan por falta de recursos, sino por falta de decisión. Y que, una vez tomada esa decisión, lo que sigue es ajustar las circunstancias, hacer números, explorar opciones y construir —con lo que se tiene— la mejor ruta posible.
Eso fue exactamente lo que hicimos.
Este viaje, que nos llevará a mi compañera y a mí durante 65 días a cruzar el Atlántico por mar —en ambos sentidos— y a recorrer durante el trayecto algunas ciudades europeas como Roma, Florencia, Venecia, Londres, París y Madrid, comenzó mucho antes de pisar un aeropuerto. Empezó en esa etapa menos visible pero más determinante: la planeación.
El Atlántico lo atravesaríamos por vía marítima, en un crucero que abordaríamos en Miami, Florida. La lógica inicial apuntaba a una ruta muy conocida: salir de Hermosillo por tierra hacia Tucson, Arizona, y desde ahí volar a Miami. Era, en apariencia, el camino más directo. Pero como suele ocurrir cuando uno se toma el tiempo de buscar alternativas, encontramos una opción distinta, más conveniente y —para sorpresa nuestra— mucho más económica.
Optamos por volar desde Hermosillo con escala en Guadalajara, utilizando una aerolínea nacional que, en ese momento, celebraba su aniversario. Esa coincidencia nos permitió acceder a una tarifa difícil de ignorar: el costo del boleto no llegó a los 160 dólares por persona.
No todo fue perfecto. La escala en Guadalajara resultó larga —siete horas— y en un horario poco amable. Pero ese tipo de incomodidades forman parte del acuerdo implícito que uno acepta cuando decide viajar bajo ciertas condiciones. Viajar, también, es saber ceder en algunos tramos para ganar en el conjunto.
Así, la primera etapa comenzó a las 8:40 de la noche del jueves 16 de abril, cuando salimos de Hermosillo. Horas después, tras la escala y el cambio de ritmo, llegamos a Miami el viernes 17 a las 12:30 del día, hora local.
No era aún el destino final, pero sí un punto de inflexión.
Miami representa, en este itinerario, una especie de antesala: el lugar donde el viaje toma forma definitiva. Es aquí donde, el domingo 19, abordamos el barco de nombre Grandiosa, de la compañía MSC Cruises, cuyo nombre parece un presagio: “Grandiosa”. Como esperamos que lo sea esta travesía.
Porque todo viaje —sin excepción— es una aventura. No importa cuántas veces se haya viajado antes, ni cuán planeado esté todo. Siempre hay un componente de incertidumbre, de descubrimiento, de ajuste sobre la marcha.
Y quizá por eso vale tanto la pena.
Hoy, mientras escribo estas líneas, apenas estamos en el arranque. El primer paso ya quedó atrás, pero el camino apenas comienza a desplegarse.
En la siguiente entrega compartiré detalles de nuestra estancia en Miami, una ciudad que, desde el primer momento, nos ha resultado tan gratificante como placentera.
Esto, apenas empieza.
Por hoy fue todo.
Gracias por su preferencia y hasta la próxima.

16/04/2026

Viajar es una decisión
El día de hoy iniciaré un viaje largo. Mi compañera de vida y yo atravesaremos el Atlántico en ambos sentidos y visitaremos algunas ciudades y regiones del viejo continente durante aproximadamente dos meses.
No es un viaje cualquiera. No lo es por la duración, ni por la distancia, ni siquiera por los destinos. Es distinto porque representa, una vez más, la confirmación de una idea que con los años se ha ido consolidando en mi vida: viajar no es cuestión de posibilidades… es cuestión de decisión.
Durante mucho tiempo, mis salidas del país fueron limitadas. Hasta 2005, mis únicos viajes internacionales habían sido a algunas ciudades del suroeste de Estados Unidos. Nada fuera de lo común. Nada que pudiera presumirse como experiencia global.
Ese mismo año dimos el primer paso distinto: Sudamérica. Chile y Argentina. Fue ahí donde comenzó todo.
Después vendría China en 2007… y de ahí, como se dice coloquialmente, pa’l real.
Casi sin darnos cuenta, comenzamos a recorrer el mundo.
Nos hemos asombrado frente a la majestuosidad de Machu Picchu; nos hemos detenido a contemplar la imponencia del Cristo Redentor; nos hemos maravillado ante el gigantesco Gran Buda de Kioto y recorrido tramos de la imponente Gran Muralla China.
Pero más allá de los destinos, lo verdaderamente transformador ha sido el trayecto.
Hemos viajado en prácticamente todo: desde los rudimentarios sanlunche en China —esos triciclos con capota impulsados por la fuerza humana— hasta trenes de alta velocidad, ferrys, cruceros y, por supuesto, aviones. Hemos cruzado océanos por aire, por mar… e incluso por debajo del agua, a través del Eurotúnel.
Y, sin embargo, durante todos estos años, nunca escribí sobre ello.
No por falta de historias. Tampoco por ausencia de experiencias.
Simplemente porque la narrativa de viajes no es un género que haya cultivado, y porque siempre existió una reserva personal: evitar que se interpretara como presunción.
Pero hay momentos en los que uno entiende que callar también es desperdiciar una posibilidad.
Y este es uno de ellos.
Porque si algo he aprendido en estos años es que existe una constante que se repite en muchas conversaciones: personas que sueñan con viajar, que hablan de ciudades, de países, de culturas… pero que nunca dan el paso.
No siempre por falta de recursos.
No siempre por falta de tiempo.
Muchas veces, por algo más difícil de identificar: miedo, incertidumbre, comodidad, o simplemente la inercia de la vida cotidiana.
Se pospone. Se racionaliza. Se aplaza.
“Algún día”.
Y ese “algún día” se convierte, con frecuencia, en nunca.
Por eso hoy quiero plantearlo con toda claridad: viajar es una decisión.
No significa que sea fácil. No significa que no implique sacrificios. Tampoco que no haya obstáculos.
Pero cuando uno toma la decisión, sucede algo interesante: empieza a acomodar la vida en función de ese objetivo.
Se ajustan gastos.
Se reorganizan prioridades.
Se buscan alternativas.
Y, poco a poco, lo que parecía lejano empieza a volverse posible.
Viajar no es únicamente trasladarse de un punto a otro. Es exponerse a otras formas de pensar, de vivir, de entender el mundo. Es cuestionar lo propio a partir de lo ajeno. Es ampliar el horizonte.
Y, en ese proceso, también transformarse.
Hoy iniciamos un nuevo recorrido. Y con él, una nueva etapa.
Durante este viaje estaré escribiendo y compartiendo algunas experiencias en esta serie que llevará por título “Notas de viaje”. Por ello, la columna Olor a Dinero pasará, temporalmente, a una periodicidad semanal.
No será una bitácora turística. Tampoco una guía de destinos.
Será, más bien, una invitación.
Una invitación a romper inercias, a cuestionar límites autoimpuestos y, sobre todo, a entender que muchas de las cosas que creemos imposibles… en realidad están esperando una sola acción:
Decidirnos.
Por hoy fue todo.
Gracias por su tolerancia y hasta la próxima

28/01/2026

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