04/06/2026
𝐂𝐞𝐫𝐭𝐢𝐟𝐢𝐜𝐞𝐧𝐭𝐫𝐢𝐬𝐦𝐨: 𝐜𝐮𝐚𝐧𝐝𝐨 𝐥𝐚 𝐩𝐬𝐢𝐜𝐨𝐥𝐨𝐠𝐢́𝐚 𝐜𝐨𝐧𝐟𝐮𝐧𝐝𝐢𝐨́ 𝐟𝐨𝐫𝐦𝐚𝐜𝐢𝐨́𝐧 𝐜𝐨𝐧 𝐩𝐚𝐩𝐞𝐥𝐞𝐬
𝐎𝐩𝐢𝐧𝐢𝐨́𝐧 𝐝𝐞 𝐅𝐞𝐫𝐧𝐚𝐧𝐝𝐨 𝐆𝐞𝐫𝐯𝐚𝐜𝐢𝐨
🧠 𝐐𝐮𝐢𝐞𝐫𝐨 𝐡𝐚𝐛𝐥𝐚𝐫 𝐝𝐞 𝐚𝐥𝐠𝐨 que actualmente atraviesa a la comunidad de psicólogos, no sólo en México, sino en muchos países: el 𝐜𝐞𝐫𝐭𝐢𝐟𝐢𝐜𝐞𝐧𝐭𝐫𝐢𝐬𝐦𝐨. Es decir, la tendencia a creer que la competencia profesional se demuestra acumulando cursos, diplomados, certificaciones y constancias, aunque muchas veces no exista una 𝐩𝐫𝐚́𝐜𝐭𝐢𝐜𝐚 𝐜𝐥𝐢́𝐧𝐢𝐜𝐚 𝐬𝐮𝐩𝐞𝐫𝐯𝐢𝐬𝐚𝐝𝐚, una 𝐟𝐨𝐫𝐦𝐚𝐜𝐢𝐨́𝐧 𝐬𝐨́𝐥𝐢𝐝𝐚 o una 𝐞𝐯𝐚𝐥𝐮𝐚𝐜𝐢𝐨́𝐧 𝐫𝐞𝐚𝐥 𝐝𝐞 𝐜𝐨𝐦𝐩𝐞𝐭𝐞𝐧𝐜𝐢𝐚𝐬 detrás.
𝐄𝐥 𝐭𝐞𝐦𝐚 𝐞𝐬 𝐢𝐧𝐜𝐨́𝐦𝐨𝐝𝐨 porque toca una herida histórica de la psicología: la dificultad para definir con claridad su objeto de estudio. A diferencia de otras disciplinas, la psicología ha crecido entre escuelas que no siempre han dialogado entre sí: conducta, mente, inconsciente, cognición, cerebro, subjetividad, desarrollo, emoción, aprendizaje. Cada enfoque tomó una parte del fenómeno humano y muchas veces la defendió como si fuera el centro absoluto de la disciplina. En ese contexto nos formamos muchos psicólogos: entre 𝐩𝐮𝐠𝐧𝐚𝐬 𝐭𝐞𝐨́𝐫𝐢𝐜𝐚𝐬, modelos enfrentados y docentes que nos transmitían, de manera directa o indirecta, que una forma de hacer psicología era “mejor” o “más válida” que otra.
𝐏𝐨𝐫 𝐞𝐬𝐨 𝐝𝐢𝐠𝐨 que los psicólogos somos, en parte, 𝐡𝐢𝐣𝐨𝐬 𝐝𝐞 𝐞𝐬𝐚 𝐟𝐚𝐥𝐭𝐚 𝐝𝐞 𝐜𝐥𝐚𝐫𝐢𝐝𝐚𝐝. No porque la diversidad teórica sea mala, sino porque la ausencia de parámetros compartidos termina generando diferencias enormes en la formación, incluso entre universidades importantes. Hay psicólogos que egresan sabiendo mucho de ciertos temas y muy poco de otros, dependiendo del plan de estudios, del enfoque dominante, de los docentes y de las oportunidades de práctica. Y si eso ocurre en universidades con alto nivel académico, el problema se vuelve más serio cuando pensamos en programas que no alcanzan 𝐞𝐬𝐭𝐚́𝐧𝐝𝐚𝐫𝐞𝐬 𝐦𝐢́𝐧𝐢𝐦𝐨𝐬 𝐝𝐞 𝐟𝐨𝐫𝐦𝐚𝐜𝐢𝐨́𝐧 𝐩𝐫𝐨𝐟𝐞𝐬𝐢𝐨𝐧𝐚𝐥.
📌 𝐀𝐡𝐢́ 𝐲𝐚 𝐞𝐬𝐭𝐚́𝐛𝐚𝐦𝐨𝐬 𝐞𝐧 𝐩𝐫𝐨𝐛𝐥𝐞𝐦𝐚𝐬. Pero la situación se complicó más cuando algunas áreas comenzaron a ponerse de moda, especialmente la neuropsicología. De pronto aparecieron cursos, escuelas, plataformas y certificaciones que prometían formar especialistas en poco tiempo. Algunas propuestas son serias y necesarias; sería absurdo negar el valor de la actualización. El problema es otro: muchas ofertas empezaron a entregar papeles sin asegurar que la clínica estuviera respaldada por 𝐞𝐬𝐭𝐮𝐝𝐢𝐨 𝐟𝐨𝐫𝐦𝐚𝐥, 𝐩𝐫𝐚́𝐜𝐭𝐢𝐜𝐚 𝐬𝐮𝐩𝐞𝐫𝐯𝐢𝐬𝐚𝐝𝐚, 𝐜𝐫𝐢𝐭𝐞𝐫𝐢𝐨𝐬 𝐞́𝐭𝐢𝐜𝐨𝐬, 𝐞𝐱𝐩𝐞𝐫𝐢𝐞𝐧𝐜𝐢𝐚 𝐫𝐞𝐚𝐥 𝐲 𝐞𝐯𝐚𝐥𝐮𝐚𝐜𝐢𝐨́𝐧 𝐝𝐞 𝐜𝐨𝐦𝐩𝐞𝐭𝐞𝐧𝐜𝐢𝐚𝐬.
𝐘 𝐞𝐧𝐭𝐨𝐧𝐜𝐞𝐬 𝐜𝐫𝐞𝐜𝐢𝐨́ 𝐥𝐚 𝐩𝐮𝐠𝐧𝐚. El psicólogo empezó a demeritar al otro psicólogo. Todos queriendo tomar una parte del pastel. Todos intentando posicionarse en un mercado saturado. Aquellos con trayectorias formales, posgrados exigentes y práctica supervisada comenzaron a ser comparados con quienes acumulaban diplomados breves, certificaciones llamativas o “maestrías” de muy baja exigencia académica. Y, ojo, la culpa no es sólo del psicólogo. Muchos profesionales intentaron encontrar un lugar en un sistema globalizado, precarizado y competitivo. Pero alguien vio negocio en esa necesidad de pertenecer, de validarse, de parecer especialista. 𝐘 𝐞𝐥 𝐧𝐞𝐠𝐨𝐜𝐢𝐨 𝐝𝐢𝐨 𝐟𝐫𝐮𝐭𝐨𝐬. 𝐘 𝐞𝐬𝐨𝐬 𝐟𝐫𝐮𝐭𝐨𝐬 𝐝𝐢𝐞𝐫𝐨𝐧 𝐜𝐞𝐫𝐭𝐢𝐟𝐢𝐜𝐚𝐝𝐨𝐬. Y en algún punto, 𝐥𝐚 𝐜𝐚𝐥𝐢𝐝𝐚𝐝 𝐞𝐦𝐩𝐞𝐳𝐨́ 𝐚 𝐩𝐞𝐫𝐝𝐞𝐫 𝐭𝐞𝐫𝐫𝐞𝐧𝐨.
⚠️ 𝐇𝐨𝐲 𝐞𝐱𝐢𝐬𝐭𝐞𝐧 𝐞𝐧𝐭𝐢𝐝𝐚𝐝𝐞𝐬 que certifican competencias después de unas cuantas sesiones en línea. A veces sin verificar suficientemente la formación previa. A veces sin preguntar con seriedad si la persona tiene licenciatura, experiencia clínica o supervisión. Y eso nos pone frente a un problema mayor: 𝐧𝐨 𝐞𝐬𝐭𝐚𝐦𝐨𝐬 𝐩𝐫𝐞𝐩𝐚𝐫𝐚𝐧𝐝𝐨 𝐩𝐫𝐨𝐟𝐞𝐬𝐢𝐨𝐧𝐚𝐥𝐞𝐬 𝐩𝐚𝐫𝐚 𝐬𝐞𝐫 𝐩𝐫𝐨𝐟𝐞𝐬𝐢𝐨𝐧𝐚𝐥𝐞𝐬; 𝐞𝐬𝐭𝐚𝐦𝐨𝐬 𝐩𝐫𝐨𝐝𝐮𝐜𝐢𝐞𝐧𝐝𝐨 𝐜𝐫𝐞𝐝𝐞𝐧𝐜𝐢𝐚𝐥𝐞𝐬 𝐩𝐚𝐫𝐚 𝐪𝐮𝐞 𝐩𝐚𝐫𝐞𝐳𝐜𝐚 𝐪𝐮𝐞 𝐥𝐨 𝐬𝐨𝐧.
𝐄𝐥 𝐞𝐫𝐫𝐨𝐫 𝐦𝐚́𝐬 𝐠𝐫𝐚𝐯𝐞 es que, ante la poca definición de nuestros parámetros, muchas personas han empezado a entrar en campos que requieren formación psicológica profunda sin necesariamente tenerla. No se trata de cerrar el conocimiento ni de decir que nadie más puede dialogar con la psicología. La interdisciplina es necesaria. El problema aparece cuando médicos, abogados, administrativos u otros perfiles intentan ocupar funciones psicológicas o neuropsicológicas sólo porque tomaron un curso, obtuvieron un certificado o encontraron una oportunidad de negocio. 𝐈𝐧𝐭𝐞𝐫𝐯𝐞𝐧𝐢𝐫 𝐞𝐧 𝐥𝐚 𝐯𝐢𝐝𝐚 𝐜𝐨𝐠𝐧𝐢𝐭𝐢𝐯𝐚, 𝐞𝐦𝐨𝐜𝐢𝐨𝐧𝐚𝐥, 𝐜𝐨𝐧𝐝𝐮𝐜𝐭𝐮𝐚𝐥 𝐲 𝐟𝐚𝐦𝐢𝐥𝐢𝐚𝐫 𝐝𝐞 𝐮𝐧𝐚 𝐩𝐞𝐫𝐬𝐨𝐧𝐚 𝐧𝐨 𝐩𝐮𝐞𝐝𝐞 𝐝𝐞𝐩𝐞𝐧𝐝𝐞𝐫 𝐮́𝐧𝐢𝐜𝐚𝐦𝐞𝐧𝐭𝐞 𝐝𝐞 𝐡𝐚𝐛𝐞𝐫 𝐩𝐚𝐠𝐚𝐝𝐨 𝐮𝐧𝐚 𝐟𝐨𝐫𝐦𝐚𝐜𝐢𝐨́𝐧.
𝐀𝐡𝐢́ 𝐞𝐬 𝐝𝐨𝐧𝐝𝐞 𝐞𝐥 𝐜𝐞𝐫𝐭𝐢𝐟𝐢𝐜𝐞𝐧𝐭𝐫𝐢𝐬𝐦𝐨 𝐬𝐞 𝐯𝐮𝐞𝐥𝐯𝐞 𝐩𝐞𝐥𝐢𝐠𝐫𝐨𝐬𝐨: 𝐜𝐮𝐚𝐧𝐝𝐨 𝐞𝐥 𝐩𝐚𝐩𝐞𝐥 𝐞𝐦𝐩𝐢𝐞𝐳𝐚 𝐚 𝐬𝐮𝐬𝐭𝐢𝐭𝐮𝐢𝐫 𝐥𝐚 𝐞𝐱𝐩𝐞𝐫𝐢𝐞𝐧𝐜𝐢𝐚. Compramos credibilidad en diferentes entidades por un documento que da currículum, pero no necesariamente da criterio. Hay psicólogos con más diplomas en las paredes que pacientes con resultados. Hay profesionales formados casi exclusivamente a base de certificaciones que después se atreven a cuestionar a quienes pasaron por procesos largos, exigentes y supervisados. Y también hay colegas con buena formación que caen en la misma lógica, acumulando papeles porque el mercado les exige parecer cada vez más especializados.
📚 𝐋𝐚 𝐥𝐢𝐭𝐞𝐫𝐚𝐭𝐮𝐫𝐚 𝐩𝐫𝐨𝐟𝐞𝐬𝐢𝐨𝐧𝐚𝐥 lleva años insistiendo en que la competencia en psicología no se reduce a tener credenciales. Los modelos contemporáneos de competencia hablan de 𝐜𝐨𝐧𝐨𝐜𝐢𝐦𝐢𝐞𝐧𝐭𝐨 𝐜𝐢𝐞𝐧𝐭𝐢́𝐟𝐢𝐜𝐨, 𝐫𝐚𝐳𝐨𝐧𝐚𝐦𝐢𝐞𝐧𝐭𝐨 𝐜𝐫𝐢́𝐭𝐢𝐜𝐨, 𝐩𝐫𝐚́𝐜𝐭𝐢𝐜𝐚 𝐛𝐚𝐬𝐚𝐝𝐚 𝐞𝐧 𝐞𝐯𝐢𝐝𝐞𝐧𝐜𝐢𝐚, 𝐡𝐚𝐛𝐢𝐥𝐢𝐝𝐚𝐝𝐞𝐬 𝐢𝐧𝐭𝐞𝐫𝐩𝐞𝐫𝐬𝐨𝐧𝐚𝐥𝐞𝐬, 𝐞́𝐭𝐢𝐜𝐚, 𝐞𝐯𝐚𝐥𝐮𝐚𝐜𝐢𝐨́𝐧, 𝐢𝐧𝐭𝐞𝐫𝐯𝐞𝐧𝐜𝐢𝐨́𝐧, 𝐬𝐮𝐩𝐞𝐫𝐯𝐢𝐬𝐢𝐨́𝐧 𝐲 𝐜𝐨𝐧𝐬𝐮𝐥𝐭𝐚. Es decir, ser competente no significa “tener un certificado”; significa poder demostrar, en la práctica, que se sabe actuar con 𝐟𝐮𝐧𝐝𝐚𝐦𝐞𝐧𝐭𝐨, 𝐫𝐞𝐬𝐩𝐨𝐧𝐬𝐚𝐛𝐢𝐥𝐢𝐝𝐚𝐝 𝐲 𝐥𝐢́𝐦𝐢𝐭𝐞𝐬 𝐜𝐥𝐚𝐫𝐨𝐬 (𝐑𝐨𝐝𝐨𝐥𝐟𝐚 𝐞𝐭 𝐚𝐥., 𝟐𝟎𝟏𝟑).
𝐓𝐚𝐦𝐛𝐢𝐞́𝐧 𝐬𝐚𝐛𝐞𝐦𝐨𝐬 que la educación continua puede ser útil, pero no equivale automáticamente a competencia profesional. Bradley, Drapeau y DeStefano estudiaron la relación entre educación continua y competencia percibida en psicólogos clínicos, y justamente muestran que no es una relación simple de “𝐦𝐚́𝐬 𝐜𝐮𝐫𝐬𝐨𝐬 𝐢𝐠𝐮𝐚𝐥 𝐚 𝐦𝐞𝐣𝐨𝐫 𝐩𝐫𝐚́𝐜𝐭𝐢𝐜𝐚”. La formación continua ayuda cuando está articulada con 𝐫𝐞𝐟𝐥𝐞𝐱𝐢𝐨́𝐧, 𝐩𝐫𝐚́𝐜𝐭𝐢𝐜𝐚, 𝐬𝐮𝐩𝐞𝐫𝐯𝐢𝐬𝐢𝐨́𝐧 𝐲 𝐝𝐞𝐬𝐚𝐫𝐫𝐨𝐥𝐥𝐨 𝐩𝐫𝐨𝐟𝐞𝐬𝐢𝐨𝐧𝐚𝐥 𝐫𝐞𝐚𝐥 (𝐁𝐫𝐚𝐝𝐥𝐞𝐲 𝐞𝐭 𝐚𝐥., 𝟐𝟎𝟏𝟐).
𝐘 𝐞𝐬𝐭𝐨 𝐧𝐨𝐬 𝐥𝐥𝐞𝐯𝐚 al escalón más escabroso: las familias y consultantes. Ellos son quienes quedan a la deriva entre la desinformación, los discursos técnicos y la publicidad profesional. Una familia no tendría por qué saber distinguir entre un profesional con formación sólida y alguien que sólo acumuló logotipos, constancias y frases llamativas. Una persona llega buscando claridad, acompañamiento y certeza; 𝐧𝐨 𝐭𝐞𝐧𝐝𝐫𝐢́𝐚 𝐩𝐨𝐫 𝐪𝐮𝐞́ 𝐜𝐨𝐧𝐯𝐞𝐫𝐭𝐢𝐫𝐬𝐞 𝐞𝐧 𝐞𝐱𝐩𝐞𝐫𝐭𝐚 𝐞𝐧 𝐜𝐫𝐞𝐝𝐞𝐧𝐜𝐢𝐚𝐥𝐞𝐬 𝐩𝐚𝐫𝐚 𝐬𝐚𝐛𝐞𝐫 𝐬𝐢 𝐪𝐮𝐢𝐞𝐧 𝐭𝐢𝐞𝐧𝐞 𝐞𝐧𝐟𝐫𝐞𝐧𝐭𝐞 𝐞𝐬𝐭𝐚́ 𝐩𝐫𝐞𝐩𝐚𝐫𝐚𝐝𝐨.
𝐍𝐨𝐬 𝐪𝐮𝐞𝐝𝐨́ 𝐠𝐫𝐚𝐧𝐝𝐞 𝐞𝐥 𝐩𝐚𝐪𝐮𝐞𝐭𝐞 𝐝𝐞 𝐬𝐞𝐫 𝐥𝐚 𝐝𝐢𝐬𝐜𝐢𝐩𝐥𝐢𝐧𝐚 𝐪𝐮𝐞 𝐝𝐞𝐛𝐢́𝐚 𝐝𝐚𝐫 𝐜𝐞𝐫𝐭𝐞𝐳𝐚. Y nos quedó grande porque muchas veces no hemos sabido ordenar nuestros propios límites. La práctica basada en evidencia en psicología no consiste en repetir técnicas de moda, sino en integrar la mejor investigación disponible, la experiencia clínica y las características concretas de la persona atendida. Ese punto es central: 𝐥𝐚 𝐞𝐱𝐩𝐞𝐫𝐢𝐞𝐧𝐜𝐢𝐚 𝐜𝐥𝐢́𝐧𝐢𝐜𝐚 𝐢𝐦𝐩𝐨𝐫𝐭𝐚, 𝐩𝐞𝐫𝐨 𝐧𝐨 𝐜𝐨𝐦𝐨 𝐢𝐧𝐭𝐮𝐢𝐜𝐢𝐨́𝐧 𝐚𝐢𝐬𝐥𝐚𝐝𝐚; importa cuando dialoga con evidencia, ética y supervisión (𝐀𝐏𝐀 𝐏𝐫𝐞𝐬𝐢𝐝𝐞𝐧𝐭𝐢𝐚𝐥 𝐓𝐚𝐬𝐤 𝐅𝐨𝐫𝐜𝐞 𝐨𝐧 𝐄𝐯𝐢𝐝𝐞𝐧𝐜𝐞-𝐁𝐚𝐬𝐞𝐝 𝐏𝐫𝐚𝐜𝐭𝐢𝐜𝐞, 𝟐𝟎𝟎𝟔).
🧩 𝐏𝐨𝐫 𝐞𝐬𝐨 𝐞𝐥 𝐩𝐫𝐨𝐛𝐥𝐞𝐦𝐚 𝐝𝐞𝐥 𝐜𝐞𝐫𝐭𝐢𝐟𝐢𝐜𝐞𝐧𝐭𝐫𝐢𝐬𝐦𝐨 𝐧𝐨 𝐞𝐬 𝐞𝐬𝐭𝐮𝐝𝐢𝐚𝐫 𝐝𝐞𝐦𝐚𝐬𝐢𝐚𝐝𝐨. El problema es 𝐜𝐨𝐧𝐟𝐮𝐧𝐝𝐢𝐫 𝐞𝐬𝐭𝐮𝐝𝐢𝐚𝐫 𝐜𝐨𝐧 𝐜𝐨𝐦𝐩𝐫𝐚𝐫 𝐯𝐚𝐥𝐢𝐝𝐚𝐜𝐢𝐨́𝐧. No es lo mismo actualizarse que coleccionar constancias. No es lo mismo formarse que certificarse. No es lo mismo tener currículum que tener experiencia. No es lo mismo conocer términos técnicos que saber sostener una intervención clínica responsable.
𝐀𝐥𝐠𝐮́𝐧 𝐝𝐢́𝐚 𝐩𝐨𝐝𝐫𝐢́𝐚𝐦𝐨𝐬 𝐝𝐞𝐬𝐩𝐞𝐫𝐭𝐚𝐫 y darnos cuenta de que pasamos años peleándonos un trozo de tierra para poder comer, y sobre todo a costa de quienes más lo necesitan. Si dejamos que la psicología se convierta en una guerra de prestigio, avales, sellos y certificados, estaremos construyendo una especie de mafia profesional: 𝐮𝐧𝐚 𝐝𝐨𝐧𝐝𝐞 𝐢𝐦𝐩𝐨𝐫𝐭𝐚 𝐦𝐚́𝐬 𝐩𝐚𝐫𝐞𝐜𝐞𝐫 𝐜𝐨𝐦𝐩𝐞𝐭𝐞𝐧𝐭𝐞 𝐪𝐮𝐞 𝐬𝐞𝐫𝐥𝐨.
𝐘 𝐬𝐢 𝐞𝐬𝐨 𝐩𝐚𝐬𝐚, 𝐭𝐨𝐝𝐨𝐬 𝐩𝐞𝐫𝐝𝐞𝐫𝐞𝐦𝐨𝐬. Perderán los psicólogos bien formados, perderán las instituciones serias, perderán las universidades, perderán los pacientes y perderán las familias. 𝐋𝐚 𝐩𝐬𝐢𝐜𝐨𝐥𝐨𝐠𝐢́𝐚 𝐧𝐨 𝐧𝐞𝐜𝐞𝐬𝐢𝐭𝐚 𝐦𝐚́𝐬 𝐩𝐚𝐩𝐞𝐥𝐞𝐬 𝐯𝐚𝐜𝐢́𝐨𝐬. 𝐍𝐞𝐜𝐞𝐬𝐢𝐭𝐚 𝐦𝐚́𝐬 𝐟𝐨𝐫𝐦𝐚𝐜𝐢𝐨́𝐧 𝐫𝐞𝐚𝐥, 𝐦𝐚́𝐬 𝐩𝐫𝐚́𝐜𝐭𝐢𝐜𝐚 𝐬𝐮𝐩𝐞𝐫𝐯𝐢𝐬𝐚𝐝𝐚, 𝐦𝐚́𝐬 𝐞́𝐭𝐢𝐜𝐚, 𝐦𝐚́𝐬 𝐡𝐮𝐦𝐢𝐥𝐝𝐚𝐝 𝐩𝐫𝐨𝐟𝐞𝐬𝐢𝐨𝐧𝐚𝐥 𝐲 𝐦𝐚́𝐬 𝐫𝐞𝐬𝐮𝐥𝐭𝐚𝐝𝐨𝐬 𝐜𝐨𝐦𝐩𝐫𝐨𝐛𝐚𝐛𝐥𝐞𝐬.
𝐄𝐥 𝐜𝐞𝐫𝐭𝐢𝐟𝐢𝐜𝐚𝐝𝐨 𝐩𝐮𝐞𝐝𝐞 𝐚𝐜𝐨𝐦𝐩𝐚𝐧̃𝐚𝐫 𝐥𝐚 𝐟𝐨𝐫𝐦𝐚𝐜𝐢𝐨́𝐧.
𝐏𝐞𝐫𝐨 𝐣𝐚𝐦𝐚́𝐬 𝐝𝐞𝐛𝐞𝐫𝐢́𝐚 𝐬𝐮𝐬𝐭𝐢𝐭𝐮𝐢𝐫𝐥𝐚.