Rosy Duarte Clínica de Belleza

Rosy Duarte Clínica de Belleza Somos especialistas en tratamientos y cuidados faciales y corporales, utilizando maquinas y métodos innovadores con productos de alta calidad.

Contamos con:

*Tratamiento de Control de Acné en tan solo 3 semanas garantizado.

*Rejuvenecimiento facial sin cirugía

*Eliminación de celulitis por medio de Cavitación Ultrasónica

*Radiofrecuencia Facial

*Limpiezas Faciales

*Preso-terapia

Contamos con más de dos décadas de experiencia y estudios universitarios en la materia. Somos 100 % profesionales. Rosy Duarte es profesional por la

carrera de Cosmetología con especialidad en control de acné, pre y post cirugía plástica y cosmiatría.

01/05/2026

Amén

Pongas las segundas partes o dejen de poner las primeras pues es una falta de respeto a los que leemos sus historias
29/04/2026

Pongas las segundas partes o dejen de poner las primeras pues es una falta de respeto a los que leemos sus historias

El viudo millonario volvió a su hacienda para llorar a su esposa, pero encontró a 2 niñas descalzas que guardaban el secreto más oscuro de su familia

PARTE 1

La pesada puerta de caoba de la hacienda crujió con 1 lamento largo, oxidado y casi humano que resonó en el silencio absoluto de la sierra de Valle de Bravo. Alejandro Garza se quedó inmóvil en el umbral, sintiendo que el pecho se le oprimía. No había pisado ese inmenso rancho desde el funeral de Isabella. Había pasado 2 años evitando esa madera vieja, ese olor a tierra mojada y a pino, y esos muebles lujosos cubiertos con mantas blancas que parecían fantasmas esperando en la penumbra.

Había viajado hasta allí para intentar descansar, obligado por su psiquiatra. Pero apenas dio 1 paso hacia el interior de la sala, supo que la inmensa propiedad no estaba vacía. Al fondo del pasillo oscuro, justo cerca de la entrada de la cocina, había 2 niñas pequeñas.

Estaban descalzas. Sus vestidos alguna vez blancos estaban manchados de lodo rojo y pasto seco. 1 niña tendría 4 años de edad. La otra, quizá 3. Ambas sostenían 1 pedazo de bolillo duro y sucio entre sus manitas temblorosas. Lo miraban fijamente, sin parpadear, como si llevaran días enteros esperando que esa puerta se abriera.

Alejandro sintió 1 escalofrío helado recorriendo su espina dorsal.

—¿Quiénes son ustedes? —preguntó, con la voz rota por la sorpresa.

La niña mayor abrazó a la menor contra su pecho, usándose a sí misma como escudo. No respondió. La hacienda estaba ubicada en medio de la montaña, a 15 kilómetros del pueblo mágico más cercano. Afuera no había camionetas estacionadas. No había adultos. No había ruido. Solo el viento frío golpeando las ventanas y esas 2 pequeñas mirándolo con ojos aterrorizados.

Alejandro dejó su costosa maleta de cuero en el suelo de piedra.

—No voy a lastimarlas —dijo despacio, acercándose con cautela—. ¿Están solas?

La niña de 4 años asintió levemente. Ese pequeño movimiento le partió el alma. Alejandro notó que los labios de las pequeñas estaban partidos por el frío extremo de la sierra. Sus pies tenían rasguños profundos. No era 1 travesura infantil. No era 1 juego. Era hambre extrema y desesperación.

—¿Cómo te llamas? —insistió él.

La mayor dudó. Apretó más fuerte la mano de su hermanita y murmuró con 1 hilo de voz:

—Sofía. Y ella es Lucía.

Lucía bajó la mirada al escuchar su nombre y escondió su pedazo de pan duro en el bolsillo, como si temiera que el extraño se lo fuera a robar. Desde la muerte de Isabella, la vida de Alejandro se había vuelto 1 calendario corporativo sin alma. Reuniones en rascacielos de Monterrey, cuentas con millones de dólares, gente llamándolo “Don Alejandro” con reverencia, pero ninguna inmensa fortuna había podido devolverle la voz de su esposa. El cáncer se la había arrebatado.

Subió rápidamente al segundo piso levantando su celular para buscar señal. Solo consiguió 1 barra. Llamó al número de emergencias de la policía estatal, pero la llamada se cortó abruptamente. Bajó a la cocina, revisó la alacena abandonada y encontró 1 lata de frijoles, arroz y unas tortillas de harina. Preparó la comida lo más rápido que pudo. Las niñas devoraron todo con 1 concentración dolorosa, como si cada bocado pudiera ser el último de sus vidas.

—¿Después nos va a echar a la calle, señor? —preguntó Sofía de pronto.

La cuchara de Alejandro se detuvo en el aire. —¿Quién les dijo eso?

—Mi mamá nos dijo que si el hombre de la foto venía, no debíamos tener miedo —murmuró Sofía.

¿El hombre de la foto? El corazón de Alejandro comenzó a latir con furia descontrolada. —¿Dónde está su mamá?

Sofía señaló hacia la oscuridad de la ventana. —Allá. En el jacal viejo de los peones. Lleva 3 días dormida porque tosía mucho. Ya está muy fría.

El pánico invadió a Alejandro. Tomó 1 linterna, abrigó a las 2 niñas y las subió a su lujosa camioneta. Manejó 2 kilómetros por el camino de terracería hasta la cabaña en ruinas. Al entrar, el olor a humedad y muerte lo golpeó sin piedad. En 1 rincón, sobre 1 colchón podrido, yacía el cuerpo sin vida de 1 mujer muy delgada. Alejandro se acercó temblando y notó 1 bolsa de plástico aferrada a su pecho.

Adentro había documentos médicos, 2 mechones de cabello atados con hilo rojo y 1 fotografía enmicada. Alejandro la iluminó. Era 1 foto de él abrazando a Isabella. Detrás había 1 mensaje escrito con pulso débil: “Si no sobrevivo, entrégale las niñas a Alejandro Garza. Él merece saber la verdad”.

Pero antes de que pudiera procesar la brutalidad de aquellas palabras, el estruendo de 2 camionetas sin luces frenando bruscamente afuera rompió la noche. Hombres violentos bajaron corriendo y rodearon su vehículo, donde las niñas comenzaron a gritar de terror.

Era imposible creer lo que estaba a punto de suceder...

La parte 2 está en los comentarios 👇

29/04/2026

El viudo millonario volvió a su hacienda para llorar a su esposa, pero encontró a 2 niñas descalzas que guardaban el secreto más oscuro de su familia

PARTE 1

La pesada puerta de caoba de la hacienda crujió con 1 lamento largo, oxidado y casi humano que resonó en el silencio absoluto de la sierra de Valle de Bravo. Alejandro Garza se quedó inmóvil en el umbral, sintiendo que el pecho se le oprimía. No había pisado ese inmenso rancho desde el funeral de Isabella. Había pasado 2 años evitando esa madera vieja, ese olor a tierra mojada y a pino, y esos muebles lujosos cubiertos con mantas blancas que parecían fantasmas esperando en la penumbra.

Había viajado hasta allí para intentar descansar, obligado por su psiquiatra. Pero apenas dio 1 paso hacia el interior de la sala, supo que la inmensa propiedad no estaba vacía. Al fondo del pasillo oscuro, justo cerca de la entrada de la cocina, había 2 niñas pequeñas.

Estaban descalzas. Sus vestidos alguna vez blancos estaban manchados de lodo rojo y pasto seco. 1 niña tendría 4 años de edad. La otra, quizá 3. Ambas sostenían 1 pedazo de bolillo duro y sucio entre sus manitas temblorosas. Lo miraban fijamente, sin parpadear, como si llevaran días enteros esperando que esa puerta se abriera.

Alejandro sintió 1 escalofrío helado recorriendo su espina dorsal.

—¿Quiénes son ustedes? —preguntó, con la voz rota por la sorpresa.

La niña mayor abrazó a la menor contra su pecho, usándose a sí misma como escudo. No respondió. La hacienda estaba ubicada en medio de la montaña, a 15 kilómetros del pueblo mágico más cercano. Afuera no había camionetas estacionadas. No había adultos. No había ruido. Solo el viento frío golpeando las ventanas y esas 2 pequeñas mirándolo con ojos aterrorizados.

Alejandro dejó su costosa maleta de cuero en el suelo de piedra.

—No voy a lastimarlas —dijo despacio, acercándose con cautela—. ¿Están solas?

La niña de 4 años asintió levemente. Ese pequeño movimiento le partió el alma. Alejandro notó que los labios de las pequeñas estaban partidos por el frío extremo de la sierra. Sus pies tenían rasguños profundos. No era 1 travesura infantil. No era 1 juego. Era hambre extrema y desesperación.

—¿Cómo te llamas? —insistió él.

La mayor dudó. Apretó más fuerte la mano de su hermanita y murmuró con 1 hilo de voz:

—Sofía. Y ella es Lucía.

Lucía bajó la mirada al escuchar su nombre y escondió su pedazo de pan duro en el bolsillo, como si temiera que el extraño se lo fuera a robar. Desde la muerte de Isabella, la vida de Alejandro se había vuelto 1 calendario corporativo sin alma. Reuniones en rascacielos de Monterrey, cuentas con millones de dólares, gente llamándolo “Don Alejandro” con reverencia, pero ninguna inmensa fortuna había podido devolverle la voz de su esposa. El cáncer se la había arrebatado.

Subió rápidamente al segundo piso levantando su celular para buscar señal. Solo consiguió 1 barra. Llamó al número de emergencias de la policía estatal, pero la llamada se cortó abruptamente. Bajó a la cocina, revisó la alacena abandonada y encontró 1 lata de frijoles, arroz y unas tortillas de harina. Preparó la comida lo más rápido que pudo. Las niñas devoraron todo con 1 concentración dolorosa, como si cada bocado pudiera ser el último de sus vidas.

—¿Después nos va a echar a la calle, señor? —preguntó Sofía de pronto.

La cuchara de Alejandro se detuvo en el aire. —¿Quién les dijo eso?

—Mi mamá nos dijo que si el hombre de la foto venía, no debíamos tener miedo —murmuró Sofía.

¿El hombre de la foto? El corazón de Alejandro comenzó a latir con furia descontrolada. —¿Dónde está su mamá?

Sofía señaló hacia la oscuridad de la ventana. —Allá. En el jacal viejo de los peones. Lleva 3 días dormida porque tosía mucho. Ya está muy fría.

El pánico invadió a Alejandro. Tomó 1 linterna, abrigó a las 2 niñas y las subió a su lujosa camioneta. Manejó 2 kilómetros por el camino de terracería hasta la cabaña en ruinas. Al entrar, el olor a humedad y muerte lo golpeó sin piedad. En 1 rincón, sobre 1 colchón podrido, yacía el cuerpo sin vida de 1 mujer muy delgada. Alejandro se acercó temblando y notó 1 bolsa de plástico aferrada a su pecho.

Adentro había documentos médicos, 2 mechones de cabello atados con hilo rojo y 1 fotografía enmicada. Alejandro la iluminó. Era 1 foto de él abrazando a Isabella. Detrás había 1 mensaje escrito con pulso débil: “Si no sobrevivo, entrégale las niñas a Alejandro Garza. Él merece saber la verdad”.

Pero antes de que pudiera procesar la brutalidad de aquellas palabras, el estruendo de 2 camionetas sin luces frenando bruscamente afuera rompió la noche. Hombres violentos bajaron corriendo y rodearon su vehículo, donde las niñas comenzaron a gritar de terror.

Era imposible creer lo que estaba a punto de suceder...

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