19/09/2026
Hay personas para quienes sostener una relación se convierte en una tarea agotadora porque, mucho antes de conocer a su pareja, aprendieron que el amor podía perderse. Crecieron con padres cuyo enojo era frecuente o desproporcionado; niños atentos al tono de voz, al próximo regaño, al siguiente castigo. Y como un niño todavía no puede pensar "mi padre tiene mal carácter" o "mi madre no sabe regular su enojo", suele llegar a una conclusión mucho más angustiante: hice algo mal, no fui suficiente, tengo que portarme mejor para que vuelvan a quererme. Así aprende a satisfacer al otro no por generosidad, sino para asegurarse su amor.
El problema es que ese niño crece, pero aquella lógica puede crecer con él. Entonces llega a sus relaciones siendo responsable, complaciente, evitando conflictos, anticipando necesidades y cediendo cada vez que percibe el disgusto del otro. No porque no tenga deseos propios, sino porque expresar un deseo diferente puede sentirse peligrosamente parecido a aquello que vivió de pequeño: provocar el enojo del otro y arriesgarse a perder su amor. Y aquí nace una paradoja: cuanto más intenta satisfacer las demandas de su pareja para evitar perderla, más voraz puede volverse esa demanda. Se cede para conservar el amor, pero cada concesión puede enseñarle al otro que todavía puede pedir un poco más.
Así, casi sin darse cuenta, uno se hace cada vez más pequeño mientras el otro se vuelve cada vez más grande. Ya no discute, se explica; ya no pone límites, pide permiso; ya no se pregunta qué desea, sino qué necesita hacer para que el otro no se enoje. Y frente a una pareja molesta vuelve a aparecer aquel niño aterrorizado frente al rostro de sus padres. Quizá una de las cosas más difíciles de aprender en el amor adulto sea ésta: soportar que el otro se enoje, se frustre o se decepcione de nosotros sin vivirlo como amenaza de abandono. Porque cuando necesitamos mantener satisfecho al otro para sentirnos amados, dejamos de preguntarnos si queremos seguir ahí y volvemos, sin saberlo, a formular aquella vieja pregunta infantil: Qué tengo que hacer para que no dejes de quererme?
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