04/05/2026
No siempre sufrimos por lo que sentimos. Muchas veces, el malestar viene del esfuerzo constante por no sentirlo.
Las emociones —incluso las más incómodas— son, en esencia, experiencias que pasan. Tienen un inicio, suben, bajan y, si no las bloqueamos, tienden a transformarse. El problema aparece cuando internamente las vivimos como algo peligroso: sentir tristeza puede asociarse con debilidad, el enojo con pérdida de control, el miedo con quedar expuestos. Entonces, sin darnos cuenta, empezamos a hacer cosas para no entrar ahí: distraernos, racionalizar, minimizar, desconectarnos.
A corto plazo, eso puede funcionar. Pero cuando se vuelve la forma habitual de relacionarnos con lo que sentimos, empieza a tener un costo.
Porque ya no solo está la emoción original, sino todo lo que implica sostenerla fuera: estar atentos a que no aparezca, tensarnos cuando asoma, gastar energía en contenerla. Y eso muchas veces se siente más como una presión constante que como una emoción clara. No es tanto “estoy triste” o “tengo miedo”, sino “hay algo en mí que no logro soltar”.
Ahí es donde se vuelve paradójico: lo que intentaba protegernos del malestar termina ampliándolo.
En la experiencia terapéutica, cuando una persona empieza —poco a poco y con recursos— a permitirse sentir, suele descubrir que la emoción en sí no era tan insoportable como parecía. Lo que realmente agotaba era el esfuerzo de evitarla todo el tiempo.
Esto no significa que haya que sentir todo sin filtro. Más bien, se trata de desarrollar una relación distinta con lo que aparece: poder acercarse sin desbordarse, reconocer sin tener que apagar, sostener sin quedar atrapados.
En ese sentido, una pregunta útil no es solo “¿qué estoy sintiendo?”, sino también:
¿qué estoy haciendo con eso que siento?
Porque muchas veces, ahí es donde se juega gran parte del sufrimiento.
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Centro Unio • Psicoterapia basada en procesos emocionales