19/05/2026
Vincent van Gogh: La noche estrellada, 1889
Vincent van Gogh (1853–1890) fue un pintor neerlandés cuya obra marcó un punto de inflexión en la historia del arte moderno. Su vida, tan apasionada como trágica, refleja la lucha constante entre el genio creativo y la fragilidad emocional. Autodidacta y profundamente sensible, Van Gogh exploró la pintura como un lenguaje del alma, utilizando el color y la textura como vehículo de expresión interior.
Alto flujo en Medicina Perioperatoria: una síntesis basada en evidencia
La cánula nasal de alto flujo (CNAF) o high-flow nasal oxygen/high-flow nasal cannula (HFNO/HFNC) se ha consolidado como una de las formas más relevantes de soporte respiratorio no invasivo en la práctica contemporánea. Su gran expansión durante la pandemia por COVID-19 aceleró su conocimiento, disponibilidad y familiaridad clínica; sin embargo, su valor no se limita al paciente con insuficiencia respiratoria hipoxémica en áreas críticas. En medicina perioperatoria, el alto flujo ha adquirido un sitio propio por su capacidad para mejorar la oxigenación, facilitar la pre-oxigenación, prolongar el tiempo seguro de apnea y apoyar la recuperación respiratoria posoperatoria, todo ello con una tolerancia generalmente superior a otros dispositivos.
Los tres artículo convergen en una idea central: el alto flujo ha dejado de ser únicamente una herramienta de rescate para convertirse en una modalidad útil a lo largo del continuo perioperatorio. La revisión de Paternò y colaboradores (2026) sitúa el problema en pacientes de alto riesgo, en particular aquellos con enfermedad cardiopulmonar crónica, obesidad, apnea obstructiva del sueño, insuficiencia cardiaca o enfermedad pulmonar intersticial, en quienes la oxigenación perioperatoria suele ser más frágil y el riesgo de complicaciones pulmonares es mayor. La revisión de Chen y colaboradores (2026) amplía la mirada a la anestesia y los procedimientos diagnósticos y terapéuticos, mientras que la revisión sistemática de Velarde Pineda y colaboradores (2024) resume la base fisiológica y clínica general que explica su eficacia y su creciente adopción.
Desde el punto de vista fisiológico, el interés del alto flujo radica en varias ventajas complementarias. La primera es que permite administrar una FiO2 más estable y flujos que igualan o superan la demanda inspiratoria del paciente, algo que los dispositivos convencionales de bajo flujo no logran de forma constante. La segunda es la humidificación y calentamiento del gas, que mejoran la comodidad, favorecen la función mucociliar y disminuyen la resequedad de la vía aérea. La tercera es el lavado del espacio mu**to nasofaríngeo, con menor reinhalación de CO2 y mejor eficiencia ventilatoria. La cuarta es la generación de un efecto de presión positiva al final de la espiración, modesto, pero clínicamente útil, capaz de favorecer el reclutamiento alveolar y atenuar la atelectasia. En conjunto, estos mecanismos explican por qué el alto flujo mejora la oxigenación, reduce el trabajo respiratorio y, en muchos pacientes, ofrece una experiencia mejor tolerada que la mascarilla cerrada o la ventilación no invasiva.
En el ámbito perioperatorio, una de sus aplicaciones más atractivas es la pre-oxigenación y la denominada peri-oxygenation, es decir, su uso alrededor del periodo de inducción anestésica e intubación. En estos escenarios, el alto flujo puede continuar administrando oxígeno incluso durante la apnea, lo que ha dado origen a técnicas como THRIVE (transnasal humidified rapid-insufflation ventilatory exchange). La lógica clínica es clara: al prolongar el tiempo seguro de apnea, se reduce el riesgo de desaturación durante laringoscopia e intubación, especialmente en pacientes con reserva funcional reducida, obesidad, apnea del sueño o vía aérea potencialmente difícil. Las revisiones aportadas muestran que este beneficio es particularmente relevante en grupos vulnerables, aunque también dejan claro que el alto flujo no sustituye el juicio clínico ni resuelve por sí solo todos los problemas de la vía aérea. En pacientes muy hipoxémicos o con alto riesgo de fracaso respiratorio, la ventilación no invasiva puede ofrecer ventajas adicionales en algunos contextos, por lo que la elección debe individualizarse.
Otra área donde el sustento es especialmente sólido es la sedación para procedimientos. La revisión de Chen et al. destaca que, durante endoscopia gastrointestinal, broncoscopia y otros procedimientos bajo sedación, la hipoxemia sigue siendo el evento adverso respiratorio más frecuente. En este terreno, el alto flujo ha mostrado una reducción consistente de episodios de desaturación, menor necesidad de maniobras de rescate de la vía aérea y menos interrupciones del procedimiento. Los datos resumidos en esta revisión son clínicamente expresivos: en distintos ensayos aleatorizados se observan tasas significativamente menores de hipoxemia con HFNC frente a oxigenoterapia convencional, incluso en pacientes con obesidad o riesgo elevado de depresión respiratoria por sedantes. Este punto es importante para medicina perioperatoria porque conecta la seguridad respiratoria con la eficiencia del procedimiento y con la continuidad del acto anestésico o diagnóstico.
En el posoperatorio inmediato, el alto flujo también ha demostrado utilidad. La literatura revisada sugiere que puede mejorar la oxigenación después de la extubación, disminuir la hipoxemia posoperatoria y, en determinados contextos, reducir complicaciones pulmonares y necesidad de reintubación. Su papel parece particularmente interesante tras cirugía cardiotorácica, resección pulmonar, cirugía bariátrica y en pacientes con factores de riesgo respiratorio previos. Algunas comparaciones con oxigenoterapia convencional muestran mejores parámetros de oxigenación y menor incidencia de hipoxemia. En cirugía cardiotorácica, incluso se ha descrito un desempeño comparable al de modalidades de presión positiva no invasiva en ciertos grupos seleccionados. Sin embargo, la evidencia no es uniforme. Varios estudios y revisiones advierten que en pacientes con muy alto riesgo de fracaso post-extubación o con múltiples factores de riesgo de complicaciones pulmonares, la ventilación no invasiva puede seguir siendo superior o complementaria. Esta observación es valiosa porque evita una lectura simplista del alto flujo como solución universal.
Un aspecto particularmente interesante del trabajo de Paternò et al. es que traslada esta discusión a poblaciones crónicas de alto riesgo, muy familiares para la medicina perioperatoria actual: EPOC, obesidad, apnea obstructiva del sueño, insuficiencia cardiaca y cirugía torácica. En estos grupos, el alto flujo no solo ofrece una mejoría en la oxigenación; también puede disminuir el esfuerzo respiratorio, mejorar la tolerancia al soporte y facilitar transiciones más seguras entre anestesia, recuperación y cuidados posoperatorios. En el contexto de programas ERAS y de una medicina perioperatoria más orientada a reducir complicaciones pulmonares, esta característica lo vuelve especialmente atractivo.
La pandemia por COVID-19 contribuyó decisivamente a su popularización. Muchas unidades desarrollaron experiencia operativa con el alto flujo, entrenaron personal, ajustaron protocolos y adquirieron equipos. Ese aprendizaje tuvo un efecto colateral positivo: permitió reconocer que se trataba de una tecnología aplicable más allá de la infección respiratoria aguda. No obstante, la extrapolación automática desde COVID hacia todo el entorno perioperatorio sería imprecisa. El valor actual del alto flujo en anestesia y perioperatorio se sostiene menos por la inercia de la pandemia y más por la consistencia fisiológica de sus mecanismos y por la acumulación progresiva de ensayos y revisiones en escenarios específicos.
También conviene subrayar sus límites. Las revisiones coinciden en la heterogeneidad de los protocolos: flujos, FiO2, duración del uso y poblaciones incluidas varían entre estudios. A ello se suma que el éxito del alto flujo no siempre es predecible y que un uso prolongado sin reevaluación puede retrasar la escalada a soporte ventilatorio más intensivo. Por ello, herramientas como el índice ROX y la vigilancia clínica estrecha conservan importancia. En otras palabras, el alto flujo aporta ventajas relevantes, pero exige selección adecuada del paciente, objetivos claros y capacidad de reevaluación continua.
En conjunto, la evidencia disponible permite sostener que el alto flujo representa un recurso valioso en medicina perioperatoria contemporánea. Sus principales fortalezas son la mejora de la oxigenación con mayor comodidad, su utilidad durante pre-oxigenación e intubación, la reducción de hipoxemia durante sedación y procedimientos, y su potencial para optimizar la recuperación respiratoria posoperatoria. Su creciente protagonismo no debe entenderse como moda derivada del periodo COVID, sino como la evolución lógica de una herramienta fisiológicamente robusta y clínicamente versátil.
Alto flujo en medicina perioperatoria: El oxígeno de alto flujo en el acto quirúrgico
La cánula nasal de alto flujo se popularizó durante la pandemia por COVID-19, pero su valor clínico va mucho más allá de ese contexto. Hoy ocupa un lugar creciente en la medicina perioperatoria por una razón fundamental: permite ofrecer oxígeno caliente, humidificado y a flujos elevados, con una FiO₂ más estable, mejor tolerancia y menor interrupción del cuidado.
Su utilidad no se limita al paciente crítico. En el entorno perioperatorio puede aportar ventajas en tres momentos clave:
1. Sedación y procedimientos
Durante endoscopias, broncoscopias y otros procedimientos bajo sedación, la hipoxemia sigue siendo uno de los eventos adversos respiratorios más frecuentes. El alto flujo puede reducir episodios de desaturación, disminuir maniobras de rescate y evitar interrupciones del procedimiento.
2. Inducción anestésica e intubación
Al mantenerse colocado durante la laringoscopia, permite oxigenación apneíca y puede prolongar el tiempo seguro antes de la desaturación. Esto es especialmente relevante en pacientes con obesidad, apnea obstructiva del sueño, enfermedad pulmonar crónica o vía aérea difícil.
3. Recuperación posoperatoria
Después de la extubación, puede mejorar la oxigenación, reducir hipoxemia posoperatoria y apoyar la transición respiratoria en pacientes con riesgo de complicaciones pulmonares.
Su fuerza está en la fisiología: lavado del espacio mu**to nasofaríngeo, menor reinhalación de CO₂, humidificación activa, mejor confort, reducción del trabajo respiratorio y un discreto efecto de presión positiva que favorece el reclutamiento alveolar.
Pero no es la solución universal. Requiere selección adecuada del paciente, vigilancia estrecha y escalamiento oportuno si hay datos de fracaso. En pacientes de muy alto riesgo, la ventilación no invasiva o la intubación temprana pueden seguir siendo necesarias.
La imagen del alto flujo “moviendo el aire” dentro de una unidad crítica representa bien su papel actual: una terapia no invasiva, dinámica y cada vez más integrada al cuidado perioperatorio moderno. No reemplaza el juicio clínico; lo amplía. No sustituye la vigilancia del terapeuta respiratorio, la enfermería o el anestesiólogo; la hace más necesaria.
Bibliografía
1. Paternò DS, La Via L, Moltisanti R, et al. High-Flow Nasal Oxygen Therapy for Perioperative Respiratory Optimization and Peri-Oxygenation in Patients with Chronic Cardio-Respiratory Disease: A Comprehensive Evidence Review. Preprints, 2026.
2. Chen J, Hu X, Han D, et al. High-Flow Nasal Cannula Oxygen Therapy in Perioperative Respiratory Care: Application and Prospects. Journal of Multidisciplinary Healthcare. 2026.
3. Velarde Pineda AA, Bernal Tejeda LA, Nubert Castillo VH, et al. Terapia de alto flujo: usos actuales, ¿qué dice la evidencia? Medicina Interna de México. 2024;40(8):488-515.