Claudia Ortega

Claudia Ortega Terapeuta especialista en tanatología, barras de access consciousness, constelaciones familiares y reiki.

Experiencia con procesos de duelo, sanación y reencuentro con uno mismo.

Algo fundamental para cual para cualquier solución: el pasado únicamente puede ser pasado cuando hacemos el duelo por lo...
10/04/2026

Algo fundamental para cual para cualquier solución: el pasado únicamente puede ser pasado cuando hacemos el duelo por los mu***os, por las víctimas. Y sólo si permitimos que también los perpetradores hagan duelo por las víctimas. Simplemente así. Después, uno se inclina ante ellos y se da la vuelta, hacia el futuro. Así, los mu***os también alcanzan su paz, sólo así. Y los vivos quedan libres para su futuro. Es decir, el duelo es la condición previa para que algo pueda ser pasado, y es también la condición previa para la reconciliación - el duelo compartido-.
Ahora bien, si uno vuelve a mirar hacia atrás - algunos pretenden cumplir con los mu***os, quizás incluso vengándolos-, el resultado es nefasto para todos los implicados, para los mu***os igual que para los vivos. Permitir que el pasado sea realmente pasado, sin volver sobre ello, es una realización religiosa, un acto interior muy profundo. Pero únicamente puede darse después de mirar el pasado, después de fijarnos en los mu***os, de inclinarnos ante ellos y de dejarlos descansar en paz.

Bert Hellinger
Constelaciones Familiares

Una persona nos propone hablar de un tema profundamente humano: la viudez.Cuando alguien pierde a su pareja, no solo pie...
09/04/2026

Una persona nos propone hablar de un tema profundamente humano: la viudez.

Cuando alguien pierde a su pareja, no solo pierde a una persona, sino también una parte de su propia identidad. Durante años, la vida se construye en relación con el otro: hábitos, proyectos, conversaciones, silencios compartidos. Y de pronto, ese “nosotros” se rompe, dejando al individuo frente a una experiencia muy particular: seguir viviendo cuando una parte esencial de su mundo ya no está.

Desde la psicología profunda, la viudez no es solo un duelo externo, sino también un proceso interior. La persona no solo debe aceptar la ausencia física, sino también reorganizar su mundo psíquico. La imagen del otro, que antes estaba afuera, comienza a vivir dentro: en recuerdos, sueños, emociones, decisiones.

Por eso, el vínculo no desaparece.
Se transforma.

Muchas personas sienten que deben “superar” la pérdida, como si el objetivo fuera dejar atrás al ser amado. Pero la psique no funciona así. El amor significativo no se borra; se integra. La verdadera tarea no es olvidar, sino encontrar una nueva forma de relación con quien ya no está físicamente.

Este proceso puede ser doloroso porque implica atravesar varias capas: la soledad, el silencio, la ausencia de lo cotidiano, pero también preguntas más profundas sobre el sentido, la finitud y la propia vida.

Con el tiempo, si el proceso se permite, algo cambia. El dolor no desaparece por completo, pero deja de ser una herida abierta y se convierte en una presencia más tranquila, más integrada. El otro ya no está en el mundo externo, pero permanece como parte del mundo interior.

Y entonces ocurre algo muy humano: la persona comienza a vivir no solo desde la pérdida, sino también desde lo que ese vínculo dejó en ella.

Porque en la viudez no solo se pierde a alguien.
También se revela, con mucha claridad, la profundidad del amor que se vivió.

30/03/2026
Hoy miramos al cielo con gratitud.A quienes partieron antes, no solo los recordamos:los honramos.Fueron amor, fueron guí...
26/01/2026

Hoy miramos al cielo con gratitud.
A quienes partieron antes, no solo los recordamos:
los honramos.

Fueron amor, fueron guía,
fueron maestros silenciosos en nuestra vida.
Y aunque ya no estén aquí,
su amor sigue enseñándonos, sosteniéndonos, acompañándonos.

Hoy no es un día de ausencia,
es un día de agradecimiento.

✨ ¿Qué agradeces hoy a quienes ya partieron?

En una Suiza científica, rígida y pulcra, se atrevió a hacer lo imperdonable: hablar de la muerte mirándola a los ojos.N...
16/01/2026

En una Suiza científica, rígida y pulcra, se atrevió a hacer lo imperdonable: hablar de la muerte mirándola a los ojos.

No como fallo médico.
No como enemigo a vencer.
Sino como parte inevitable de la experiencia humana.

Mientras la comunidad científica prefería el silencio elegante, ella escuchó a los moribundos.

Mientras otros escondían el tema bajo la alfombra del laboratorio, ella humanizó el final de la vida.

Habló de duelo.
De miedo.
De sentido.
Habló de ángeles.
De las etapas después de la muerte.
Del amor incondicional como experiencia real, no como consuelo barato.
Y no solo habló. Actuó.

Desafió un sistema que prohibía a los pacientes terminales reunirse con sus familias.
Cubría con mantas los cuerpos desnudos de sus pacientes cuando los médicos entraban a “revisar”.
Exigía que fueran llamados por su nombre,
no por el diagnóstico,
no por el pronóstico,
no por el número de cama.

Habló de lo que ocurre cuando el cuerpo ya no manda… y el alma pide la palabra.

Sí, espiritualidad.
Esa palabra que todavía provoca urticaria académica.

¿El resultado?
Desprestigiada en su propia tierra.
Cuestionada, minimizada, convenientemente ignorada.

Tuvo que cruzar el océano para que en Estados Unidos alguien dijera:
“Esto importa. Esto es humano. Esto es necesario.”

Hoy el mundo cita sus etapas del duelo, pero guarda silencio cuando recuerda por qué fue rechazada.

Porque Elisabeth Kübler-Ross
no solo estudió la muerte.
Nos devolvió la dignidad al morir.

Y eso —ayer y hoy—
sigue siendo profundamente incómodo.

Cuando un hermano muere… se te rompe una parte del alma que nunca vuelve a soldar.Y no importa si era el mayor o el meno...
15/01/2026

Cuando un hermano muere… se te rompe una parte del alma que nunca vuelve a soldar.

Y no importa si era el mayor o el menor, si hablaban todos los días o solo en fechas importantes. El dolor llega como un golpe seco. Silencioso. Inesperado. Brutal.

Porque no solo pierdes a un hermano.
Pierdes al cómplice de la infancia, al que vio a tus padres jóvenes, al que compartió la misma sopa aguada y los castigos injustos. Pierdes al único testigo de esa versión tuya que ya nadie más recuerda.

Cuando un hermano muere, no solo se va una persona.
Se va una parte de tu historia.
Una parte que hablaba como tú, que reía como tú, que se enojaba igual que tú.
Una parte que te conocía incluso en tu silencio.

Y no sabes cómo seguir.
Porque el mundo sigue igual —el tráfico, las cuentas, el trabajo, el ruido— pero tú no. Tú te quedas detenido en ese abrazo que no diste, en esa llamada que postergaste, en esa risa que no sabías que era la última.

Y sí, hay otros hermanos, si tienes suerte. Hay primos, amigos, familia que te ama… pero ese hueco que deja un hermano, nadie lo llena. Porque nadie puede ocupar el espacio de quien compartió la raíz contigo.

El duelo por un hermano es un duelo sin palabras.
Uno que solo entiende quien lo ha vivido.

Y mientras el mundo te pide que sigas, tú aprendes a caminar con un hueco en el alma, con un “te extraño” que se repite en voz baja y con un “ojalá estuvieras aquí” que nunca se va.

Porque el amor entre hermanos no muere.
Se transforma… en ausencia que pesa y memoria que arde.
Y aunque pase el tiempo, aunque lo ocultes con fuerza,
en el fondo, cada vez que algo bonito te pasa, piensas:
“¿Qué no daría porque estuvieras aquí para verlo…?”

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