26/09/2026
Es su derecho poder elegir como saludar y si no quieren contacto físico es completamente válido!!
“Ve a darle un beso a tu tío”, “No seas grosero, dale un abrazo”, “Ándale, un besito nada más para que vea que lo quieres”.
Si eres mamá, tía o convives con niños pequeños, seguramente has escuchado (o incluso dicho) estas frases en reuniones familiares. Crecimos en una sociedad que nos hizo creer que la educación y el respeto se miden a través del contacto físico, pero desde la psicología informada en trauma, necesitamos desaprender esto con urgencia: el cuerpo de un niño no es de dominio público.
Como lo dice la ilustración, normalicemos pedir permiso antes de acercarnos al cuerpo de un niño. Cuando los obligamos a dar afecto físico solo para “ser educados”, estamos creando una herida muy profunda a nivel neurobiológico:
Desconexión de su intuición corporal (Interocepción): Cuando un niño se hace para atrás o se esconde porque no quiere saludar a alguien, su sistema nervioso le está enviando una señal de incomodidad. Si lo obligas a ignorar esa alarma interna para complacer al adulto, le estás enseñando que su instinto está mal y que debe ignorar la incomodidad de su propio sistema nervioso.
La semilla del fawning (complacer para sobrevivir): Enseñarles que tienen que aguantar caricias o besos que no desean para no “hacer sentir mal” a un adulto, es el primer paso para formar adultos que no saben poner límites. Les enseñamos a priorizar la comodidad de los demás por encima de su propia seguridad física.
Sus límites corporales son sagrados: El respeto es enseñarles a decir “buenos días” o “gracias”. El afecto físico (besos, abrazos, sentarlos en las piernas) es opcional y requiere su consentimiento absoluto. Chocar los cinco (high-five), hacer un saludo de lejos con la manita, o simplemente sonreír, es igual de educado y protege su autonomía.
Respira profundo. Si estás criando y a veces te da pena que tu familia piense que tu hijo es “berrinchudo” o “mal educado” por no querer abrazar, quiero validarte. Estás rompiendo un ciclo generacional inmenso. Estás criando a un ser humano que sabrá decir “no” cuando algo no se sienta bien en su cuerpo.