29/05/2023
El tatuador ciego
Por muchos años fue uno de los mejores tatuadores de la ciudad. Había perdido la vista seis años antes debido a un accidente automovilístico y, ahora que tenía casi sesenta años, cualquier observador diría que sólo esperaba la hora de su muerte. Si algunos de sus clientes hubieran sabido el secreto que el tatuador guardaba, mas de uno le hubiera adelantado con gusto su viaje al más allá.
El tatuador siempre fue una buena persona y, gracias a su interés en el dibujo y a su talento innato, aprendió a dibujar desde muy pequeño. El arte de tatuar le vino por añadidura al convertirse en un adolescente. Su dedicación y enfoque, aunados con su talento para dibujar, le trajeron fama mundial. Pero de adulto le tocó el zenit de la etapa histórica cuando todo el mundo juzgaba mal a una persona por sus tatuajes. Sus secretos personales empezaron en esos años cuando le pidió a un amigo de confianza que le hiciera un tatuaje en la espalda y otro a la altura del corazón. El primero representaba la traición de su primera novia, el segundo la muerte de su madre. El tatuador había usado su propio cuerpo como lienzo para convencer a sus amigos que sabía tatuar. El primer tatuaje se lo hizo en una pierna y tuvo tanto éxito que hasta los tatuadores más exigentes apreciaron y reconocieron su talento. Lo recomendaban ampliamente y pronto se hizo de una clientela muy diversa.
Lo buscaba todo típo de personas con las peticiones más increíbles que alguien pudiera imaginar. Era tanto su conocimiento de símbolos e imágenes que hasta las autoridades lo consultaban para que les ayudara a resolver casos criminales. Claro que lo consultaban de una manera muy discreta para que no hubiera sospechas en el mundo del hampa. Su trabajo de consulta cambió el día del accidente porque, desde entonces, ya nadie lo visitaba, ni siquiera los detectives a quienes tanto ayudó cuando era vidente. Su experiencia ya no les era servicial ni a sus clientes ni a las autoridades. Al menos eso pensaban ellos, y así lo prefería el tatuador porque, así cómo sabía mantener en secreto su conexión con las autoridades, también mantenía secretos que las autoridades no sabían.
Las autoridades estudian cada tatuaje y su simbolismo para descubrir mensajes escondidos. Lo que no sabían era que cada uno de sus tatuaje relataba una historia que había escuchado de sus clientes. Le había pedido a sus colegas que le hicieran tatuajes y nunca les explicaba de dónde le había salido la idea ni por qué. Su cuerpo mismo era evidencia llena de relatos de crímenes que sus clientes le habían contado y él era el único que podía interpretarlos.
Nunca estuvo de acuerdo con los crímenes que le narraban sus clientes y siempre se quedaba callado al oírlos confesárselos tan detallada y descaradamente. Nunca hablaba de estos crímenes, al menos que llegaran las autoridades a cuestionarlo sobre un crimen específico. Pedía anonimidad y siempre la obtenía porque el tatuador era una de sus fuentes más confiables. Ahora que tenía más tiempo en sus manos, el tatuador cavilaba más minuciosamente sobre los hechos tan detallados que una vez compartieron sus clientes con él. Hasta empezó a reconocer voces que lo saludaban con lástima, las había escuchado ya hacía años. Se dice qué los ojos nunca cambian, pero llega un momento en la vida que tampoco lo hace la voz. Muchos de los clientes que le habían confiado sus secretos asumían él también era un criminal cómo ellos, y todo gracias a los tatuajes que él traía. Curiosamente las víctimas de los estereotipos caían en la trampa de esos mismos estereotipos. El tatuador reflexionó y pensó que al único cliente que no le había hecho el implante fue el primer cliente que le confesó sus crímenes, pero a ése cliente lo podría reconocer fácilmente y de muchas maneras ya que era imposible de olvidar precisamente por haber sido su primer cliente.
Cuando sus clientes se dieron cuenta que el tatuador se había quedado ciego, asumieron que sus secretos estarían aún más seguros. Sus clientes le habían confesado sus crímenes asumiendo él se regocijaba al escucharlos igual que ellos, pero no era así, él era un artista. Leía mucho y sabía el origen de cada símbolo y su significado. A veces sonreía cuando alguien le pedía un tatuaje sin saber qué significaba. Sabía qué gustos tenía la gente con tan sólo verlas, pero ahora, en su condición de invidente, ya nadie le veía el valor ni le reconocía la reputación que tuvo un día.
Desde que recordó la primera confesión que le hizo un cliente decidió que tenía que hacer algo y, para localizar a un criminal más fácilmente, decidió implantarle un balín minúsculo casi imperceptible en el tatuaje de cada uno de ellos. Los crímenes que le confesaban variaban desde asesinatos hasta robos y violaciones. Hasta entonces ningún cliente había sospechado que, una vez tatuado, quedaba marcado. Cuando lo volvían a visitar, el tatuador sentía ese balín como para asegurarse que todavía seguía ahí. Pensó que, antes de perder la vista, ninguno había sido removido, y eso le daba paz porque así tenía la certeza que se llevaría su secreto a la tumba… pero el saberse testigo de tantos crímenes no lo dejaba dormir. Fue entonces que decidió “confesar” todos los crímenes que le habían confiado sus clientes al describir cada uno de sus tatuajes y al decirle a las autoridades cómo podían detectar el balín minúsculo que les había implantado a los criminales más crueles. Había perdido el miedo que acarrean las posibles represalias. Después de todo para él su ceguera era como estar mu**to en vida o cómo cumplir una condena de por vida. Una vez que cumplió su cometido los familiares de las víctimas le estaban tan agradecidos que decidieron no dejarlo solo por el resto de sus días. Fue así que el tatuador ciego vivió una vida llena de calor de la amistad de muchas personas y de recuerdos qué le recordaban esos días cuando aún veía y cuando podía estampar historias tanto en su piel como en la ajena.
Sergio Ortega-Rodríguez
30 de noviembre del año 2022
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