Psicólogo en Monclova - Carlos Arturo Moreno De la Rosa

Psicólogo en Monclova - Carlos Arturo Moreno De la Rosa Psicólogo. Egresado de la UANL, con Maestría en Psicoterapia y Doctorante en Salud Mental

06/06/2026

"¿Tu marido trabaja con una mujer rubia? Ten cuidado porque te lo están sonsacando".

Durante esta semana coincidió que varios pacientes me preguntaron sobre temas relacionados con la parapsicología, la brujería, los amarres, los hechizos y otras explicaciones similares. Las preguntas aparecían una y otra vez bajo distintas formas: ¿Me hicieron un trabajo?, ¿Alguien me tiene bloqueado?, ¿Por eso no funciona mi relación?, ¿Por eso no consigo empleo?, ¿Por eso todo me sale mal?

Desde la psicología, la respuesta suele ser bastante clara. La ciencia trabaja con fenómenos que pueden observarse, medirse, estudiarse y, en cierta medida, comprobarse. Los amarres, los hechizos o las influencias sobrenaturales no forman parte del conocimiento científico porque no existen evidencias suficientes que permitan estudiarlos bajo esos criterios. Esto no significa que una persona no pueda creer en ellos. Las creencias pertenecen a otro ámbito. Se cree o no se cree. De la misma manera que algunas personas creen en Dios, en la suerte, en los horóscopos o en determinados rituales, otras no lo hacen.

Sin embargo, más allá de discutir si estas prácticas existen o no, hay algo que resulta particularmente interesante desde el punto de vista psicológico. Con frecuencia, las explicaciones mágicas aparecen en momentos donde asumir la propia responsabilidad resulta doloroso. Es más fácil pensar que una relación terminó por un amarre que reconocer que durante años hubo falta de comunicación, resentimientos acumulados o incompatibilidades que nunca se hablaron. Es más cómodo atribuir el fracaso laboral a una energía negativa que revisar los errores cometidos, las oportunidades desaprovechadas o las habilidades que aún necesitan desarrollarse.

La mente humana necesita encontrar explicaciones para aquello que le duele. Y muchas veces las explicaciones mágicas ofrecen una ventaja inmediata: liberan al sujeto de responsabilidad. Si alguien más hizo un hechizo, entonces la solución depende de romperlo. Si existe una maldición, entonces el problema está afuera. Pero cuando la explicación se encuentra en nuestras decisiones, en nuestros hábitos, en nuestros vínculos o en nuestras omisiones, la situación cambia. Entonces aparece algo mucho más incómodo: la responsabilidad personal.

Desde una perspectiva clínica, muchas de estas explicaciones pueden entenderse como intentos de protegerse del malestar emocional. No necesariamente porque la persona esté mintiendo o inventando una historia, sino porque esa explicación le permite evitar preguntas más difíciles. Es menos angustiante pensar que alguien le hizo daño mediante una fuerza externa que preguntarse por qué eligió repetidamente el mismo tipo de pareja, por qué permanece en relaciones que le hacen sufrir o por qué continúa tomando decisiones que producen resultados similares.

La psicoterapia no trabaja buscando culpables. No se trata de decirle a una persona que todo lo malo que le ocurre es su responsabilidad. La vida está llena de circunstancias que nadie elige. Sin embargo, la psicoterapia sí intenta que el sujeto descubra qué parte de su historia depende de él, qué puede modificar y qué decisiones puede tomar de manera diferente. Allí donde la explicación mágica coloca el problema afuera, la psicoterapia intenta devolverle al sujeto la posibilidad de actuar sobre su propia vida.

Si utilizáramos el modelo de cerebro y mente, podríamos decir que el cerebro busca explicaciones rápidas para reducir la incertidumbre. La idea de un amarre, un hechizo o una energía negativa puede ofrecer una respuesta inmediata al sufrimiento. La mente, en cambio, tiene la capacidad de detenerse, analizar, cuestionar y construir explicaciones más complejas. La explicación mágica suele tranquilizar al cerebro; la reflexión profunda fortalece a la mente.

Quizá por eso la psicoterapia suele ser menos atractiva que las soluciones mágicas. La magia promete cambios externos; la psicoterapia propone transformaciones internas. La magia busca responsables afuera; la psicoterapia pregunta qué participación tiene el propio sujeto en aquello que está viviendo. La magia ofrece alivio inmediato; la psicoterapia propone conciencia.

Y aunque la conciencia suele ser más difícil que la fantasía, también tiene una ventaja importante: permite cambiar aquello que depende de uno mismo. Porque mientras el problema esté enterrado en un panteón, en un amarre o en un hechizo, el sujeto queda esperando que alguien más lo libere. Pero cuando descubre que gran parte de su destino se construye a través de sus decisiones, recupera algo fundamental: la posibilidad de transformar su propia vida.

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Psic. Carlos Arturo Moreno De la Rosa
Psicólogo egresado de la UANL
Psicoterapeuta Cédula Profesional 6775187
Doctorante en Salud Mental
Citas al 866 133 3958

05/06/2026

Descolonialidad, Decolonialidad y Psicoterapia

Dentro del Posdoctorado en Ciencias e Investigación Transdisciplinaria que actualmente estoy cursando, estamos revisando algunos conceptos que con frecuencia se utilizan como sinónimos, aunque en realidad poseen diferencias importantes. Uno de ellos es la distinción entre descolonialidad y decolonialidad. De manera general, la descolonialidad suele asociarse con la transformación de estructuras sociales, políticas, económicas o institucionales heredadas de procesos históricos de dominación. La decolonialidad, por su parte, pone el énfasis en algo más profundo y cercano a la experiencia humana: la construcción de nuevas subjetividades, nuevas formas de pensar, sentir, interpretar la realidad y relacionarse con uno mismo y con los demás.

La descolonialidad suele referirse a cambios en las estructuras: cuestionar sistemas de poder, modificar instituciones, transformar reglas o relaciones sociales. La decolonialidad, en cambio, apunta hacia otro lugar: la construcción de nuevas formas de pensar, sentir y comprenderse a uno mismo. No se trata solamente de cambiar el mundo externo, sino de transformar la manera en que una persona habita ese mundo.

Algo parecido sucede en la clínica. Muchas personas llegan a consulta esperando cambios estructurales en su vida: un nuevo trabajo, una mejor relación de pareja, más dinero, menos problemas familiares o la desaparición de determinadas circunstancias que les generan sufrimiento. Desde luego, algunos de esos cambios pueden ser importantes y deseables. Sin embargo, la experiencia terapéutica muestra que no siempre es posible modificar las estructuras externas con la rapidez o la profundidad que se quisiera.

Es entonces cuando aparece una pregunta fundamental: ¿qué ocurre cuando el entorno no cambia al mismo ritmo que nuestras necesidades?

Allí es donde la psicoterapia se acerca más a la idea de la decolonialidad. El trabajo clínico muchas veces consiste en ayudar a una persona a construir nuevas subjetividades. Es decir, nuevas formas de interpretarse, de narrar su historia, de relacionarse con sus emociones, con sus pensamientos y con los demás.

Un paciente puede seguir teniendo la misma familia, el mismo empleo o incluso los mismos problemas que hace un año. Sin embargo, puede haber dejado de verse a sí mismo como una víctima permanente, puede haber aprendido a poner límites, a tolerar la incertidumbre, a reconocer sus deseos o a distinguir entre lo que depende de él y lo que no. Desde fuera, la estructura parece la misma; desde dentro, la persona ya no es la misma.

Por eso, en psicoterapia, el cambio más profundo no siempre es estructural. A veces ocurre en el terreno de la subjetividad. Una mujer que deja de definirse únicamente por las expectativas de los demás. Un hombre que abandona la idea de que debe ser fuerte todo el tiempo para ser valioso. Un adolescente que deja de pensar que su autoestima depende de la aprobación de sus compañeros. Una persona ansiosa que comprende que la incertidumbre no es una enemiga que deba eliminar, sino una condición inevitable de la existencia.

En este sentido, la psicoterapia podría entenderse como un ejercicio de decolonialidad personal. No necesariamente porque derribe estructuras externas, sino porque cuestiona discursos heredados, mandatos familiares, creencias rígidas y formas de pensar que durante años gobernaron la vida de una persona. La tarea consiste en crear algo nuevo: una manera distinta de habitarse a sí misma.

Quizá por eso algunos cambios terapéuticos son tan difíciles de observar desde fuera. No siempre implican mudanzas, divorcios, ascensos laborales o grandes acontecimientos. A veces el cambio más importante ocurre cuando una persona comienza a mirarse con otros ojos. Y cuando cambia la mirada, aunque el escenario siga siendo el mismo, la experiencia de vivir en él se transforma profundamente.

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Psic.Carlos Arturo Moreno De la Rosa
Psicólogo egresado de la UANL
Psicoterapeuta Cédula Profesional 6775187
Doctorante en Salud Mental
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05/06/2026

Psicoterapia implica aprender a hablar otro idioma, el lenguaje del inconsciente

Dentro del posdoctorado que actualmente curso, estamos analizando el concepto de interculturalidad y los desafíos que surgen cuando personas pertenecientes a culturas distintas intentan comunicarse. Una de las principales barreras es el lenguaje: cada cultura posee significados, símbolos y formas particulares de comprender la realidad. Ante esta dificultad, surge la figura del intérprete o traductor, cuya función consiste en aprender ambos idiomas para hacer posible la comprensión mutua.

Algo similar ocurre dentro del consultorio de Psicoterapia. El paciente llega hablando el idioma de la conciencia, de los hechos y de las explicaciones racionales, mientras que otra parte de él, más profunda, habla el lenguaje de los sueños, los síntomas, las repeticiones y los actos fallidos.

A lo largo del proceso psicoterapéutico, sesión tras sesión, el paciente va aprendiendo poco a poco ese otro lenguaje que lo habita. Comienza a reconocer que detrás de una angustia existe un mensaje, que detrás de una elección repetida hay una historia y que detrás de un síntoma puede existir un significado que hasta entonces permanecía oculto.

Desde la perspectiva psicoanalítica, el inconsciente no habla el idioma de la lógica. No se expresa mediante argumentos ordenados ni explicaciones directas. Habla de otra manera. Se manifiesta a través de los síntomas, los sueños, los olvidos, las equivocaciones al hablar, las elecciones afectivas repetidas y aquellas situaciones que parecen perseguir a una persona durante años. El problema es que la mayoría de nosotros hemos aprendido a escuchar únicamente el lenguaje consciente, mientras que permanecemos prácticamente desinformados frente al lenguaje del inconsciente.

Cuando una persona llega a consulta diciendo: “No entiendo por qué siempre termino en relaciones que me hacen sufrir”, el terapeuta escucha algo más que una simple queja. Escucha una repetición. Cuando alguien afirma: “No sé por qué tengo esta ansiedad”, el psicoanálisis se pregunta qué está intentando comunicar esa ansiedad. Cuando un paciente dice: “Quiero quitarme este síntoma”, surge una pregunta distinta: ¿qué función cumple ese síntoma en la vida de esa persona?

Esta forma de pensar puede resultar extraña en una época que busca soluciones rápidas. Estamos acostumbrados a considerar los síntomas como errores que deben eliminarse de inmediato. Sin embargo, el psicoanálisis propone una mirada diferente: antes de eliminar un síntoma conviene intentar comprender qué está diciendo. Porque el síntoma no aparece por casualidad. Es una construcción psíquica, una especie de mensaje cifrado que intenta expresar algo que no ha encontrado otra vía para manifestarse.

No se trata únicamente de hablar sobre los problemas, sino de aprender a leer un idioma desconocido que ha estado presente toda la vida. Un idioma compuesto por símbolos, metáforas, desplazamientos y silencios.

Quizá por eso algunos procesos terapéuticos requieren tiempo. Aprender una nueva lengua no ocurre en una semana. Primero se reconocen algunas palabras aisladas. Después aparecen frases sueltas. Más tarde comienza la comprensión. Algo parecido sucede en la clínica. Poco a poco el paciente aprende a escuchar aquello que antes sólo padecía. Lo que inicialmente aparecía como ansiedad comienza a adquirir significado. Lo que parecía una simple repetición revela una historia. Lo que se vivía como un obstáculo muestra una lógica propia.

En psicoterapia se comprende que detrás de ciertos miedos existían conflictos antiguos, que detrás de algunas decisiones había deseos no reconocidos y que detrás de muchos síntomas había mensajes esperando ser escuchados.

La labor del psicoterapeuta se parece a la del intérprete intercultural. No impone significados ni inventa respuestas. Ayuda a traducir. Ayuda a que el paciente pueda comprender aquello que una parte de sí mismo ha intentado comunicar durante años.

El síntoma puede entenderse como una carta escrita por el inconsciente. Una carta que llega una y otra vez al mismo destinatario. La diferencia es que, antes de la psicoterapia, la persona recibe el mensaje sin comprender el idioma en el que fue redactado. La terapia consiste, precisamente, en aprender a leerlo.

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Psic. Carlos Arturo Moreno De la Rosa
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05/06/2026

El concepto"perezhivanie" de Vygotsky y la Psicoterapia

A lo largo de mi experiencia como psicoterapeuta, hay una pregunta que siempre ha rondado mi interés por la psicología y la investigación. Me ha acompañado desde que me gradué como psicólogo, continuó durante mis estudios de maestría, después en el doctorado y sigue presente actualmente mientras curso un posdoctorado. Se trata de una pregunta aparentemente sencilla, pero que encierra una enorme complejidad humana: ¿por qué dos personas pueden vivir exactamente el mismo acontecimiento y reaccionar de maneras completamente distintas?

Con frecuencia, alumnos de psicología y los propios pacientes me plantean situaciones como estas: ¿por qué si fulanito se divorció terminó desarrollando una crisis emocional severa, mientras que manganito también se divorció y logró reorganizar su vida? ¿Por qué a una persona la traicionan y continúa adelante, mientras que otra desarrolla ansiedad, depresión o una profunda desconfianza hacia los demás? ¿Por qué algunos individuos atraviesan experiencias extremadamente dolorosas y logran recuperarse, mientras otros permanecen atrapados durante años en el sufrimiento?

Durante mucho tiempo escuché distintas explicaciones. Algunas apuntaban a factores biológicos, otras a la personalidad, otras a la historia familiar o a las estrategias de afrontamiento. Todas aportaban algo valioso, pero sentía que aún faltaba una pieza importante del rompecabezas.

Una respuesta particularmente interesante la encontré en la obra de Lev Vygotsky, específicamente en un concepto menos conocido que la famosa Zona de Desarrollo Próximo: el concepto de "perezhivanie".

La traducción más cercana al español sería "vivencia", aunque en realidad el término es mucho más profundo que esa palabra. No se refiere simplemente a lo que una persona experimenta, sino a la manera en que vive, interpreta, siente y le da significado a aquello que le ocurre. Para Vygotsky, el ambiente no influye directamente sobre el desarrollo psicológico; influye a través de la forma en que cada persona vive subjetivamente ese ambiente.

Dicho de otra manera, los acontecimientos no tienen un significado universal. El mismo evento puede ser experimentado de formas radicalmente distintas por diferentes personas. Un divorcio puede representar para alguien el derrumbe de su proyecto de vida, mientras que para otra persona puede significar el final de años de conflictos. Una pérdida laboral puede vivirse como una tragedia irreversible o como una oportunidad para reinventarse. Una crítica puede ser interpretada como humillación o como una oportunidad de crecimiento.

Desde esta perspectiva, la pregunta deja de ser únicamente "¿qué ocurrió?" para convertirse en "¿cómo fue vivido aquello que ocurrió?". El foco ya no está solamente en los hechos, sino en la relación subjetiva que cada persona establece con esos hechos.

Esta idea tiene profundas implicaciones para la psicoterapia. Con frecuencia los pacientes llegan buscando una explicación en el acontecimiento mismo: el divorcio, la traición, la pérdida, el rechazo, la enfermedad o el fracaso. Sin embargo, conforme avanza el proceso terapéutico, uno descubre que dos personas pueden narrar historias muy parecidas y, aun así, habitar mundos psicológicos completamente distintos.

No son los acontecimientos los que producen automáticamente ansiedad, depresión o bienestar. Entre el acontecimiento y la reacción psicológica existe un espacio donde intervienen la historia personal, las emociones, las creencias, los recursos internos, los vínculos significativos y la manera particular en que cada individuo construye significado.

Quizá por eso la labor terapéutica no consiste únicamente en analizar los hechos, sino en comprender la vivencia que la persona construyó alrededor de esos hechos. No basta con preguntar qué pasó; también es necesario explorar qué representó, qué significado tuvo, qué emociones despertó y cómo fue incorporado a la historia personal del sujeto.

Dos seres humanos pueden atravesar la misma tormenta y salir convertidos en personas diferentes. Dos hermanos pueden crecer en la misma familia y desarrollar formas muy distintas de comprender el mundo. Dos estudiantes pueden recibir la misma crítica del maestro y reaccionar de manera opuesta. La diferencia no está necesariamente en el acontecimiento, sino en la forma en que fue vivido.

Vygotsky llamó a esta diferencia perezhivanie. Los psicoterapeutas la encontramos todos los días en el consultorio.

Tal vez por eso una de las preguntas más importantes para comprender a una persona no sea simplemente "¿qué le ocurrió?", sino "¿cómo vivió aquello que le ocurrió?".

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Psic. Carlos Arturo Moreno De la Rosa
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03/06/2026

La complejidad del ser humano: reflexiones desde la psicoterapia

Con frecuencia se presentan las distintas corrientes de psicoterapia como si fueran equipos rivales que compiten por demostrar quién tiene la verdad. Unos defienden la modificación de la conducta, otros la reestructuración de los pensamientos, otros la aceptación emocional y otros la exploración del inconsciente. Sin embargo, después de algunos años de trabajo clínico, uno descubre que la realidad humana es demasiado compleja para caber dentro de una sola teoría.

Antes de continuar, conviene hacer una precisión. Reconocer aportaciones valiosas de distintas disciplinas no significa adoptar una postura ecléctica donde todo vale ni asumir una visión holística en la que todas las explicaciones tienen el mismo peso. Cada modelo psicológico posee fundamentos teóricos, metodológicos y epistemológicos propios que merecen ser respetados. Comprender que la neurociencia aporta información sobre el funcionamiento cerebral, que la psiquiatría estudia los trastornos mentales, que las terapias conductuales se enfocan en el aprendizaje y que el psicoanálisis explora el significado subjetivo de los síntomas no implica mezclarlos indiscriminadamente. Más bien supone reconocer que el fenómeno humano es complejo y que distintas disciplinas pueden aportar conocimientos complementarios sobre una misma realidad sin perder su identidad conceptual.

Cuando un paciente llega a consulta, rara vez trae únicamente un problema. Llega con una historia, una personalidad, una familia, una forma particular de amar, de sufrir, de defenderse y de relacionarse con el mundo. Por eso, limitarse a una sola explicación puede resultar insuficiente.

El psicoanálisis aporta algo valioso: la búsqueda del significado. Se pregunta por qué una persona repite una y otra vez los mismos conflictos. ¿Por qué elige parejas similares? ¿Por qué fracasa justo cuando está cerca del éxito? ¿Por qué desarrolla ciertos síntomas en momentos específicos de su vida? El psicoanálisis nos enseña que detrás de muchas conductas aparentemente irracionales existe una lógica inconsciente que merece ser comprendida.

Por otro lado, enfoques más contemporáneos, como las terapias basadas en la aceptación, recuerdan algo igualmente importante: comprender no siempre es suficiente. Una persona puede entender perfectamente el origen de su ansiedad y aun así seguir sufriendo. Puede conocer la historia completa de sus heridas emocionales y continuar atrapada en ellas. En algún momento necesita aprender nuevas formas de relacionarse con sus pensamientos, emociones y experiencias.

La neurociencia también ha realizado aportaciones fundamentales. Hoy sabemos que el cerebro cambia mediante la repetición, la experiencia y el aprendizaje. Las redes neuronales no se modifican porque alguien haya tenido una sesión emocionalmente intensa. Necesitan tiempo, práctica y constancia. Saber algo no significa haberlo incorporado.

Por eso, cada vez resulta más difícil sostener la idea de que una sola escuela psicológica posee todas las respuestas. La clínica cotidiana obliga a integrar distintas miradas. Hay momentos en los que es necesario explorar la infancia, comprender la historia familiar y analizar los patrones inconscientes. Hay otros en los que el trabajo consiste en enseñar habilidades concretas para regular emociones, resolver conflictos o modificar hábitos. Y existen situaciones en las que lo más importante es ayudar al paciente a aceptar aquello que no puede cambiar.

Tal vez la pregunta más interesante no sea cuál corriente tiene razón, sino qué necesita la persona que está sentada frente a nosotros. Hay pacientes que necesitan entender. Otros necesitan actuar. Algunos requieren aprender a aceptar. Otros necesitan llorar una pérdida que nunca elaboraron. Algunos buscan herramientas. Otros buscan sentido.

Con el paso del tiempo, muchos psicoterapeutas descubren que terminan construyendo su propio modelo de trabajo. Conservan aquello que les resulta útil de cada enfoque y dejan de preocuparse por defender una bandera teórica. La experiencia clínica los vuelve menos dogmáticos y más curiosos.

Quizá la verdadera madurez profesional consiste en reconocer que el sufrimiento humano es demasiado complejo para explicarlo desde una sola perspectiva. El cerebro aporta impulsos, emociones automáticas y mecanismos de supervivencia. La mente aporta reflexión, significado y capacidad de elección. La historia personal aporta heridas, aprendizajes y formas de relacionarse. Y la realidad cotidiana exige decisiones concretas.

Al final, más que elegir entre Psicoanálisis, Neurociencia, ACT, Logoterapia, etc., el trabajo consiste en comprender a la persona completa. Los seres humanos no vivimos divididos en teorías. Vivimos divididos entre lo que sentimos, lo que pensamos, lo que deseamos y lo que hacemos. Y es allí, en ese espacio donde ocurre la Psicoterapia.

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Psic. Carlos Arturo Moreno De la Rosa
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03/06/2026

Psicoanálisis: ¿Por qué cambiar toma tiempo?

Una de las críticas más frecuentes que se le hacen al psicoanálisis es que se trata de un proceso demasiado largo. Y, en cierto sentido, es verdad. El psicoanálisis no promete cambios instantáneos ni soluciones en diez sesiones. Trabaja con algo mucho más complejo: la historia de una persona, sus conflictos inconscientes, sus formas de vincularse, sus deseos, sus miedos y las decisiones que ha repetido durante años, a veces durante toda una vida.

Cuando se analiza esta crítica, surge una pregunta interesante: ¿qué aprendizaje humano importante ocurre de manera inmediata? Aprender un idioma requiere meses o años. Desarrollar una habilidad profesional exige práctica constante. Un estudiante no comprende un concepto complejo en una sola clase. Los maestros lo saben bien: el aprendizaje implica repetición, ensayo, error, consolidación y tiempo.

La neurociencia actual también nos recuerda que el cerebro cambia lentamente. Las redes neuronales se fortalecen a partir de la experiencia repetida. Incluso muchos tratamientos psiquiátricos señalan que los procesos de reorganización cognitiva y emocional suelen requerir varios meses para producir cambios estables. El ser humano no se transforma de la noche a la mañana.

En la experiencia clínica, es frecuente observar que los cambios más profundos comienzan a hacerse visibles después de varios meses de trabajo. Durante las primeras sesiones, el paciente suele relatar acontecimientos, quejas, síntomas o conflictos. Poco a poco empieza a descubrir relaciones que antes no veía: repeticiones en sus relaciones de pareja, formas de autosabotearse, miedos que dirigen sus decisiones o heridas antiguas que siguen influyendo en su presente. Lo que antes aparecía como un problema aislado comienza a adquirir sentido dentro de una historia más amplia.

Otra crítica habitual consiste en afirmar que, después de años de análisis, algunas personas continúan presentando ciertos síntomas o conductas. El objetivo del psicoanálisis no siempre consiste en erradicar completamente un síntoma, como si se tratara de borrar una falla mecánica. Su propósito es que la persona comprenda el significado de aquello que le ocurre y pueda relacionarse de una manera diferente con ello.

Un paciente puede acudir por migrañas, otro por infidelidades repetidas, otro por una adicción, otro por ataques de ansiedad. En algunos casos el síntoma desaparece; en otros disminuye; y en otros puede seguir presente de alguna forma. Pero algo fundamental cambia: deja de ser vivido como una fuerza extraña que domina por completo la vida del sujeto.

La diferencia entre actuar desde la compulsión y actuar desde la conciencia es enorme. La compulsión obliga; la conciencia permite elegir. La compulsión genera culpa, angustia y repetición ciega; la conciencia introduce responsabilidad, comprensión y libertad.

Quizá una persona continúe experimentando ciertos deseos, impulsos o conflictos que forman parte de su condición humana. Pero ya no los vive con la misma desesperación. Ya no necesita pelear constantemente contra ellos ni sentirse esclava de aquello que le ocurre. Comprende mejor de dónde vienen, qué función cumplen y qué lugar ocupan en su vida.

El éxito de un psicoanálisis no siempre se mide por la desaparición absoluta de los síntomas, sino por el grado de libertad que una persona alcanza frente a ellos. Porque a veces la cura no consiste en dejar de sentir, dejar de desear o dejar de tener conflictos. A veces la verdadera transformación consiste en poder vivir con mayor conciencia, menor sufrimiento y una relación más honesta con uno mismo.

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03/06/2026

El 50 % de la población presenta algún malestar en su salud mental

Hace poco, en una sesión de psicoterapia, una paciente me expresó una inquietud que cada vez escucho con más frecuencia: "¿Y si tengo algún trastorno mental?". La pregunta no surgía de un síntoma específico, sino de esa necesidad humana de encontrar certezas en medio de la incertidumbre.

Desde el modelo cerebro-mente de Estanislao Bachrach que trabajo en consulta, suelo explicar que el cerebro tiene una característica muy particular: duda. Está diseñado para anticipar riesgos, generar preguntas, imaginar escenarios y mantenerse alerta. La incertidumbre es su territorio natural. La mente, en cambio, tiene la capacidad de observar esas dudas, buscar información, reflexionar y construir respuestas más realistas.

En ese contexto, compartí con ella un dato que estamos revisando en el Diplomado de Psicopatología que estoy cursando: la mitad de la población cumplirá en algún momento de su vida criterios diagnósticos para algún trastorno mental. Dicho de otra manera, si observáramos a cuatro personas al azar, probablemente una esté atravesando actualmente un trastorno psicológico, otra lo haya padecido en el pasado, otra lo desarrollará en algún momento de su vida y solo una podría no cumplir algún criterio diagnóstico relevante como fobias, trastornos de ansiedad, depresión, trastorno obsesivo-compulsivo, trastornos de personalidad, trastornos relacionados con el consumo de sustancias, trastornos alimentarios, trastornos psicóticos, trastornos sexuales, entre muchos otros.

Esto nos invita a reflexionar la condición humana desde otra perspectiva. Tal vez explica por qué las relaciones de pareja son complejas. Tal vez ayuda a comprender por qué existen tantos conflictos familiares, laborales y sociales. Tal vez nos recuerda que la mayoría de las personas están luchando silenciosamente con algo que los demás no alcanzan a ver.

Si cada vez más personas presentan síntomas de ansiedad, depresión, agotamiento, aislamiento, adicciones o dificultades para vincularse, también vale la pena preguntarnos por el contexto en el que vivimos. ¿Hasta qué punto estos diagnósticos hablan únicamente de individuos enfermos? ¿Y hasta qué punto son una respuesta a un sistema que exige producir más, consumir más, compararse más y descansar menos?

La pregunta es ¿La forma en que estamos viviendo favorece la salud mental? Y si la respuesta es no, entonces surge una cuestión todavía más interesante: ¿Otra manera de vivir es posible? Tal vez sí. Tal vez implique dormir mejor, trabajar de forma más humana, fortalecer vínculos significativos, pasar menos tiempo compitiendo y más tiempo conviviendo. Tal vez implique aceptar que la vida contiene incertidumbre y que no todo malestar debe convertirse automáticamente en un diagnóstico.

La salud mental no consiste en eliminar por completo la tristeza, el miedo o la duda. Consiste en desarrollar la capacidad de convivir con ellos sin que gobiernen nuestra existencia.

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Psic. Carlos Arturo Moreno De la Rosa
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