28/05/2026
Ocho mujeres. Cuatro generaciones distintas. Ciento veinte kilómetros.
Un camino espiritual.
¿Qué podía salir mal?
Todo o Nada. Afortunadamente todo fue perfecto.
Fui al camino de Santiago con una intención clara: honrar el camino de vida que me trajo hasta aquí. Todo lo que viví, todo lo que cargué y todo lo que solté.
El camino me respondió como la vida responde siempre: a su manera. A veces llovía. A veces salía el sol y me ponía contenta (amo el sol), a veces hacía frío. Llegaba a lugares bonitos y a lugares que no lo eran tanto. Me atendían bien, y a veces no. Gente feliz y gente enojada. Había momentos en que faltaba trayecto y mi cuerpo ya no quería más.
Aprendí algo que no se aprende en cualquier lado: a estar cómoda en lo incómodo. A concentrarme solo en seguir. Un paso. Y otro. Y otro. Aprendí a caminar ligera. Nos decían que debíamos ir preparadas. El primero día fuimos con todo nuestro equipo. Poco a poco fuimos dejando todo. En realidad no necesitábamos nada. Solo a nosotras mismas.
La más chica del grupo tenía 33 años. La más grande, 69. Imagínense las conversaciones. Los trayectos de vida que se cruzaron en esos caminos de tierra y piedra. Empezamos siendo casi desconocidas y acabamos sabiéndonos de memoria. Eso pasa cuando caminas horas junto a alguien sin ningún lugar donde esconderte. Eso pasa cuando comprendes que escuchar historias de otras personas nutre el alma.
Me reí muchísimo. Lo necesitaba más de lo que sabía. Los últimos años me tomé la vida muy en serio, demasiado en serio. Este camino me devolvió la posibilidad de reír hasta que duela la panza.
Y lo más importante para mí: no tuve que ponerme ninguna armadura. Fui yo. Sin fingir, sin competir, sin querer agradar a nadie. Solo yo, con mis pies y mis pensamientos.
Incómoda en algunos momentos. Pero en paz.
Eso es lo que hace un camino espiritual. No te pide que llegues perfecta. Solo que llegues.