03/06/2026
Ante la inmensidad del cielo juchiteco y frente al rugido metálico de las vías, se erige esta obra de 5 metros de altura. No es solo pintura sobre un muro: es un manifiesto, una declaración de guerra y de amor por la tierra. En el corazón del Istmo, este mural recupera la verdadera esencia del muralismo mexicano en su momento más álgido: aquel que no decora, sino que despierta; el que no adorna el poder, sino que ejemplifica la identidad y blinda la memoria del territorio.
La protagonista es una iguana negra (Ctenosaura pectinata), especie endémica y hoy en peligro de extinción. Pero aquí, su piel no es negra. La he pintado con la tonalidad de la piel morena, la misma que arde bajo el sol agobiante de Juchitán, la misma que la historia del clasismo y el racismo se empeñó en llamar “negra” para invisibilizarla. Esta iguana es el espejo de la gente: es la piel de los pueblos originarios, es la resistencia que se niega a ser borrada.
Sobre su cabeza, porta un sombrero, símbolo del campesino y la campesina istmeña que nunca han soltado la tierra. En su garra, un machete no es solo herramienta de labranza: es la espada de la autonomía. La iguana degüella con él a una serpiente pintada con los colores de la bandera nacional mexicana. Esa serpiente no es la patria, sino el Estado-nación que, en su afán desarrollista, pretende imponer el Corredor Interoceánico del Istmo de Tehuantepec, un megaproyecto que amenaza con desplazar a la población y romper el tejido social. Es la misma serpiente que oprime, la que se arrastra ofreciendo un progreso falso a costa del despojo.
En ese acto de degüello, la iguana reivindica la lucha de los pueblos originarios, encarnando el espíritu revolucionario de Ché Melendre
luchador binizá que alzó el machete para defender el territorio comunal.
aquel luchador juchiteco que alzó la voz y el arma en defensa de los suyos. Ella defiende un linaje de resistencia que no sólo es binizá, es también de los pueblos Mareños o Ikoots; Ayuujk o mixe y Angpøn o zoqu hermanos en la lucha, guardianes del mismo viento y la misma sal.
El machete, afilado y justiciero, refleja en su hoja la imagen del Tren Interoceánico. No es casual: este mural está plantado justo enfrente de las vías. Cada día, al verlo, el pueblo juchiteco y quienes cruzan este umbral recordarán que el reflejo del tren no está solo en el acero del machete, sino en la conciencia de una comunidad que se niega a ser avasallada. Si el tren corre, que corra sabiendo que aquí hay un pueblo que degüella la imposición con la fuerza de su historia.
Esta obra está expuesta al pueblo, para el pueblo. No busca la contemplación pasiva, sino la identificación combativa. Que cada persona que levante la mirada se vea reflejada en la piel morena de la iguana y entienda que la defensa del territorio no es un capricho, sino la extensión lógica del amor por la vida, por la lengua, por el maíz y por los que vienen. Hoy, como ayer, la iguana Tca no huye: se planta, muerde, corta y vence.