25/03/2026
Lo avisó… y nadie hizo nada
En Lázaro Cárdenas no hubo sorpresa. Hubo omisión.
Columna por Arisdahi Romero 👈🏻
Porque lo ocurrido en la preparatoria Makarenko no comenzó cuando un estudiante llegó tarde y le cerraron la puerta. Ese es el dato superficial, la versión cómoda. Lo que realmente pasó empezó horas antes, en una pantalla, frente a una audiencia que miró… y siguió de largo.
El agresor no actuó en silencio. Al contrario: dejó un rastro. Un patrón. Una secuencia que hoy, vista completa, resulta imposible de ignorar.
Primero, un video publicado horas antes del ataque. Durante su reproducción aparece un texto que habla de odio hacia las feministas, de frustración acumulada durante años y de una narrativa donde las mujeres son señaladas como responsables de su malestar. No es un mensaje escrito directamente por él, pero sí es un contenido elegido, difundido y expuesto como parte de lo que quería mostrar.
El video no termina ahí. Cierra con una escena de un estudiante disparando dentro de una escuela.
Después, otra pieza: él mismo frente al espejo, posando con el arma que más tarde utilizaría. Sin ocultarse. Sin miedo. Como si no se tratara de un objeto de muerte, sino de un símbolo de identidad.
Y finalmente, una frase que hoy pesa más que cualquier otra:
“hoy es el día”.
No hay manera de decir que no hubo señales.
Lo que hubo fue una narrativa construida paso a paso.
El perfil desde donde se publicaba ese contenido tampoco era neutro. El nombre, “Alkaeda.67”, no parece una coincidencia inocente. El avatar, con estética militar, refuerza una imagen de confrontación. La música que acompañaba sus historias tampoco es irrelevante: canciones como “TOMORROWLAND” de Alex Favela, cargadas de referencias a armas, dinero ilícito, dr**as y desafío a la autoridad, forman parte de un imaginario donde la violencia no solo existe: se admira.
A eso se suma otra pieza, “Morir en el intento”, que fuera de contexto podría interpretarse como una expresión emocional, pero que en este caso —combinada con la exhibición de un arma y mensajes de tensión— adquiere un sentido distinto. No es la canción en sí. Es el entorno en el que se utiliza.
Porque aquí no estamos hablando de gustos musicales. Estamos hablando de una identidad digital construida alrededor de la violencia, el poder y el resentimiento.
Y dentro de esa construcción hay un elemento que no se puede minimizar: el discurso de odio hacia las mujeres. No como comentario aislado, sino como parte de una narrativa que deshumaniza, que culpa y que señala.
Cuando ese tipo de discurso se mezcla con la exhibición de un arma, con referencias visuales de ataques escolares y con mensajes anticipatorios, deja de ser ruido.
Se convierte en advertencia.
No hace falta ser especialista para verlo. Pero sí hace falta querer verlo.
Porque aquí viene la parte más incómoda de esta historia: todo esto ocurrió en redes abiertas. No en la clandestinidad. No en secreto.
Alguien lo vio.
Alguien lo compartió.
Alguien pensó que era exageración.
Y nadie actuó.
Nos hemos acostumbrado tanto a consumir violencia en formato digital que hemos perdido la capacidad de reconocer cuándo deja de ser contenido y se convierte en señal de riesgo. Vemos armas en historias como si fueran filtros. Escuchamos discursos de odio como si fueran opiniones. Leemos frases como “hoy es el día” y las dejamos pasar como dramatismo adolescente.
Hasta que dejan de serlo.
Entonces buscamos explicaciones rápidas: que si la escuela, que si la disciplina en casa, que si un momento de enojo. Pero la realidad es menos cómoda: esto no fue espontáneo.
Fue anticipado.
Y en ese punto, la pregunta ya no es por qué disparó. La pregunta es otra, mucho más difícil de responder:
¿por qué nadie hizo nada cuando todavía se podía hacer algo?
Porque el problema no empieza con el disparo. Empieza cuando la violencia se convierte en lenguaje, en estética, en identidad. Empieza cuando se publica, se comparte y se ignora.
Y mientras sigamos tratando esas señales como si fueran parte del entretenimiento, vamos a seguir llegando tarde.
Como en esta historia.
Demasiado tarde.