06/06/2026
Hacia años que no hacía un curry. Literal años.
Tengo el súper poder de cocinar rico, de buen humor y rapidísimo.
Ese es uno de mis lenguajes del amor que descubrí llegando a los 30 y re-aprendiendo a vivir sola. Disfruto mucho de hacerle de comer a mis personas.
Y sobretodo a mí.
Y creo que es algo que traigo a conciencia ahora que estoy retomando terapia y trabajando en mis heridas de la infancia, mi miedo a fallar, a decir no, al abandono y al rechazo… en fin.
Me desvié.
O quizás no tanto.
El curry lo aprendí a hacer cuando vivía en Francia… de hecho, este país me enseñó a cocinar. Y no cocina francesa precisamente.
Recuerdo que cuando estaba buscando trabajo para irme, claro que por supuesto que mentí sobre mis habilidades culinarias con tal de que me contrataran más rápido.
Pero oh sorpresa, primera semana y había quemado la olla de la abuela en la casa de la campaña. Tu imaginarás “bueno, seguro estaba preparando el guisado para la familia”.
Ja.
En absoluto.
Estaba cociendo nada más y nada menos que pasta.
Sí, pasta.
Pasta con agua y sal.
Bueno ahí te das una idea de que no es mentira eso de que no sabía cocinar. Lol.
A partir de ese momento Emilie en Bordeaux empezó a mostrarme un poco más sobre la cocina. Y claro, con lo que aprendía, comencé un recetario en mis notas del celular, que después pasaba a word.
Lo primero que me enseñó fue a cómo cocer la pasta, claramente.
Pero también aprendí a hacer uno que otro pastel, una quiche, una tarta salada de papa con tocino y la vinagreta que hasta la fecha hago cuando quiero lucir una ensalada.
No duraron mucho las clases de cocina en su casa porque después me mudé a Meudon….
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