Ctu Centro de Terapia Psicológica Única

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Terapeuta-Psicólogo
Ciudad de Puebla Zona La Paz
Teléfono 221 559 1143

Terapia Individual y Grupal Tratamiento de Fobias
Terapia del Sueño
Trastornos Cognitivos Demencia-Alzheimer
Apego al tratamiento

01/09/2026

Cuando la terapia parece no ser la solución
Por Koko Lemus Abreu
Licenciado en Psicología, Maestro en Ciencias Pedagógicas y Doctor en educación

Hay una frase que aparece con frecuencia en consulta, en sobremesas honestas y en mensajes escritos a las dos de la mañana: “Ya entendí todo, pero sigo sintiéndome igual”. No suele decirse con calma. Viene cargada de cansancio, vergüenza y, de una sospecha: quizá la terapia no está funcionando. Puedes haber leído, hablado, revisado tu infancia, identificado patrones y aprendido nuevos nombres para viejas heridas. Puedes explicar con bastante claridad por qué reaccionas como lo haces. Pero basta un comentario seco, una mirada que no sabes leer, una respuesta inesperada o una crítica mínima para que el cuerpo se encienda antes de que tus mejores argumentos alcancen a llegar.

La escena se repite más de lo que admitimos. Alguien lleva meses o años en terapia y empieza a sonar como un manual de sí mismo. Sabe decir “mi ansiedad”, “mi apego”, “mi herida”, “mi necesidad de aprobación”, “mi mecanismo de defensa”. Tiene lenguaje, y eso ayuda. El problema aparece cuando ese lenguaje se confunde con regulación. Nombrar una emoción puede abrir una puerta, pero no siempre alcanza para cruzarla. Entender por qué duele algo no garantiza que el pecho deje de apretarse. Razonar no borra de inmediato la respuesta corporal que aprendió a activarse mucho antes de que la persona tuviera palabras para describirla.

La terapia no es una estafa por esa razón. Tampoco conviene romantizarla como si bastara con sentarse a hablar para que toda la vida emocional se acomode en fila. Los datos obligan a una lectura crítica. La Organización Mundial de la Salud reportó que en 2021 cerca de 1,100 millones de personas vivían con algún trastorno mental, con ansiedad y depresión entre los diagnósticos más frecuentes; también señala que solo alrededor de un tercio de quienes viven con depresión reciben atención formal. Esto habla de una necesidad enorme de tratamiento, aunque no convierte a cualquier tratamiento en una respuesta completa para cualquier persona.

La psicoterapia ayuda, y bastante, cuando está bien indicada, bien conducida y sostenida el tiempo suficiente. Pero el resultado no es uniforme. Una revisión meta-analítica sobre psicoterapias para depresión encontró que la tasa de respuesta fue de 41% frente a 17% en tratamiento usual y 16% en lista de espera; cerca de un tercio de los pacientes remitió después de la terapia. El dato importante también está ahí: más de la mitad no respondió según los criterios del estudio, aunque las tasas de deterioro fueron menores al 5% en las condiciones de psicoterapia y más altas en los controles. La conclusión sensata no es “la terapia no sirve”. La conclusión es más exigente: necesitamos mejores formas de ajustar, combinar y secuenciar intervenciones cuando hablar, comprender o reinterpretar no basta.

También está el abandono. En psicoterapia presencial, estimaciones meta-analíticas recientes suelen ubicar las tasas de abandono entre 12% y 27%, dependiendo de cómo se defina y mida la interrupción del proceso. Otros trabajos han encontrado cifras mayores en determinados contextos clínicos. Esa salida temprana no siempre significa resistencia, flojera o falta de compromiso. A veces significa que el paciente no encontró una forma de trabajo que tocara el nivel donde su malestar realmente se organiza. Puede haber personas que abandonan justo cuando la terapia se acerca a algo difícil de afrontar; también puede haber personas que se van porque solo están recibiendo explicaciones para experiencias que se viven en el cuerpo.

Durante años, la cultura terapéutica popular vendió una promesa seductora: si entiendes el origen de lo que sientes, dejarás de sentirlo de esa manera. La idea tiene algo de verdad y algo de trampa. Comprender puede disminuir la culpa, ordenar la memoria, abrir nuevas opciones de conducta. Lo que no puede hacer siempre es entrar con la velocidad suficiente al sistema nervioso cuando una emoción aparece como alarma. La vergüenza no espera a que terminemos un análisis. El enojo no pide permiso para tensar la mandíbula. El miedo no revisa nuestras notas de terapia antes de acelerar la respiración.

Una investigación publicada en agosto de 2026 por Henna Vartiainen y Erik Nook ofrece una pista muy útil para este debate. Sus experimentos sobre reevaluación cognitiva encontraron que reinterpretar imágenes emocionales modificó más las evaluaciones cognitivas que las reacciones afectivas. Dicho con menos laboratorio: una persona puede cambiar lo que piensa sobre un estímulo con mayor facilidad que lo que siente frente a él. Este hallazgo no liquida la reevaluación cognitiva. La vuelve más humana. Pensar distinto ayuda, pero pensar distinto y sentir distinto no siempre ocurren al mismo ritmo.

Ahí se rompe una fantasía muy extendida. Mucha gente llega a terapia esperando que la mente racional actúe como juez supremo del mundo emocional. Si el juez dicta sentencia —“esto ya pasó”, “no fue mi culpa”, “no hay peligro”, “no necesito aprobación”—, entonces el cuerpo debería obedecer. Cuando no obedece, el paciente se desespera. Cree que retrocedió, que no trabaja suficiente, que su terapeuta no sirve o que él está dañado de una manera especial. A veces ninguna de esas explicaciones es correcta. Tal vez solo está esperando que una intervención dirigida a la interpretación resuelva una experiencia que también involucra percepción corporal, memoria implícita, hábitos de defensa, contexto relacional y aprendizaje emocional.

La interocepción, esa capacidad de percibir señales internas del cuerpo, ha empezado a ocupar un lugar más visible en la conversación clínica. Una revisión sistemática de 2026 examinó cómo los procesos interoceptivos se relacionan con resultados psicoterapéuticos, tanto como factor previo al tratamiento como cambio durante la terapia y como resultado en sí mismo. La revisión también señaló un problema metodológico: la interocepción se define y mide de formas distintas, lo que exige prudencia al sacar conclusiones. Aun con esa cautela, el interés científico es claro: el cuerpo no es solo el lugar donde “se manifiesta” la emoción; también puede ser una vía de acceso para comprenderla y regularla.

Otra revisión de 2023 sobre intervenciones psicológicas dirigidas a la interocepción encontró 31 ensayos controlados aleatorizados, y en 20 de ellos —64.5%— las intervenciones basadas en interocepción fueron más eficaces para mejorar la interocepción que las condiciones de control. Los autores no presentaron esto como una cura universal, y esa cautela es sana. El dato sirve para otra cosa: para dejar de tratar la conciencia corporal como adorno suave de la terapia seria. Percibir con mayor precisión lo que ocurre en el cuerpo puede ser parte del trabajo clínico, no una pausa decorativa antes de volver a “lo verdaderamente psicológico”.

Esto importa porque muchos pacientes no fallan al comprender sus emociones. Fallan al llegar tarde. Detectan el enojo cuando ya gritaron, la tristeza cuando ya se aislaron, el miedo cuando ya evitaron, la vergüenza cuando ya atacaron con ironía. Después reconstruyen la escena con lucidez. Ven el patrón. Piden disculpas. Prometen hacerlo distinto. El problema vuelve cuando la emoción aparece otra vez, porque el primer aviso no fue una idea clara. Fue calor en la cara, presión en el pecho, respiración corta, estómago cerrado, impulso de defenderse. Si la terapia solo entrena el relato posterior, la persona gana explicación y pierde la oportunidad de intervenir en el momento vivo.

Tal vez la pregunta más honesta no sea “¿por qué la terapia no me solucionó?”. Hay otra más útil: “¿qué parte de mi experiencia estoy intentando resolver solo con argumentos?”. Una terapia que solo racionaliza puede quedarse corta. Una terapia que desprecia la razón también se equivoca. El trabajo más fino aparece cuando la persona puede pensar sin usar el pensamiento como látigo, sentir sin convertir la emoción en mandato y mirar el cuerpo sin miedo a descubrir que lleva años hablando en voz baja.

Cuando la terapia parece no ser la solución, a veces el problema no es la terapia. Es la expectativa de que comprender racionalmente la vida emocional equivale a atenderla completa. La experiencia humana no cabe en una explicación impecable. Necesita palabras, sí. También necesita cuerpo, tiempo, relación, práctica y una forma menos arrogante de escuchar lo que sentimos antes de intentar corregirlo.

Sanar es amar.

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28/08/2026

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26/08/2026

El algoritmo de la vida
Por Koko Lemus Abreu
Licenciado en Psicología, Maestro en Ciencias Pedagógicas y Doctor en Educación

Nos irrita que las redes sociales nos conozcan demasiado bien. Basta detenernos un poco más de la cuenta frente a un video sobre automóviles, recetas, divorcios o teorías conspirativas para que, en cuestión de días, nuestra pantalla parezca convencida de que no existe otro tema digno de atención. Vemos uno, después cinco, luego veinte. Al cabo de unas semanas podemos tener la impresión de que todo el mundo está hablando de aquello que, casualmente, nosotros comenzamos a mirar. Acusamos al algoritmo de encerrarnos en una burbuja y tenemos motivos para hacerlo. Lo curioso es que el truco funciona porque encuentra del otro lado de la pantalla a un cerebro que lleva muchísimo tiempo haciendo algo parecido.
Nuestro cerebro tampoco concede el mismo valor a toda la información disponible. Sería absurdo que lo hiciera. Mientras lees estas líneas hay sonidos que probablemente estás ignorando, sensaciones corporales que no necesitan ocupar tu atención y objetos que permanecen frente a tus ojos sin que tengas que identificarlos conscientemente. Si cada estímulo exigiera un análisis desde cero, llegar al final de este párrafo sería una hazaña. Vivimos gracias a que el cerebro selecciona, clasifica y asigna importancia. El problema comienza cuando confundimos esa selección con una reproducción imparcial de la realidad.
Una de las ideas utilizadas por la neurociencia para estudiar este proceso recibe un nombre poco seductor: “ponderación de precisión”, o “precision weighting”. “Precisión” aquí no quiere decir que algo sea correcto. Se refiere a la confianza o peso que el sistema concede a una señal. Ante información incierta, el cerebro necesita decidir qué merece influir más en su interpretación y qué puede tratar como ruido. La investigación sobre confianza perceptiva muestra que nuestras estimaciones de seguridad están relacionadas con la incertidumbre representada en la actividad cerebral; regiones como la corteza prefrontal, la ínsula anterior y el cíngulo anterior participan en procesos relacionados con esa estimación de confianza.
Esto cambia bastante la imagen ingenua que solemos tener de nuestras decisiones. Nos gusta pensar que primero recibimos los datos, después los analizamos y finalmente llegamos a una conclusión. La secuencia real puede ser bastante menos elegante. La información llega a un sistema que ya posee expectativas, experiencias acumuladas y grados previos de confianza. Un dato compatible con una conclusión establecida puede encontrar una puerta bastante abierta. Otro que obliga a reconsiderarla tendrá que competir con todo lo que ya creemos saber.
La investigación sobre sesgo de confirmación ofrece un ejemplo para este tipo de proceso mental. En experimentos con decisiones perceptivas, una confianza elevada en la decisión inicial hizo que los participantes integraran con mayor fuerza la evidencia que confirmaba su elección y redujeran la influencia de información que apuntaba en dirección contraria. Las mediciones mediante magneto encefalografía mostraron además cambios en el procesamiento neural de la evidencia posterior a la decisión. La seguridad subjetiva no era simplemente el resultado final del proceso: estaba modificando la manera en que se incorporaba la información que llegaba después.
Traducido a la vida cotidiana: estar muy seguro puede alterar el estándar con el que examinamos lo que viene después. Una idea nueva favorable recibe atención. Una objeción puede parecernos irrelevante, mal planteada o sospechosa. Si contradice algo que consideramos obvio, buscamos rápidamente el defecto. Si lo confirma, solemos ser bastante menos exigentes.
Las redes sociales encontraron aquí un socio formidable. El algoritmo digital observa conducta. Aprende que nos detuvimos, regresamos, compartimos o continuamos mirando. Con esos datos intenta decidir qué contenido merece volver a aparecer. Nuestro cerebro realiza su propia selección y presta atención a aquello que considera relevante o confiable. La siguiente interacción alimenta nuevamente al sistema. Se forma un bucle peculiar: nuestra atención entrena al algoritmo y el contenido seleccionado por el algoritmo alimenta nuestra atención.
No hace falta que una plataforma conozca nuestras convicciones filosóficas. Le basta con saber qué consigue retenernos. Tampoco necesita que algo nos guste. La indignación puede funcionar estupendamente. Podemos pasar quince minutos mirando videos de una conducta que detestamos y después sorprendernos porque la plataforma insiste en mostrarnos personas haciendo exactamente eso. Desde el punto de vista del sistema hay poca contradicción: dijimos que lo odiábamos mientras nuestro comportamiento decía “dame más”.
Algo similar puede ocurrir fuera de la pantalla. Una persona convencida de que los demás son incompetentes prestará especial atención a sus errores. Cada error incrementará su certeza y esa certeza hará todavía más relevantes los errores siguientes. Mientras tanto, las tareas correctamente realizadas pueden recibir poca atención porque no aportan información interesante al modelo. Al cabo del tiempo la persona dispondrá de una colección magnífica de pruebas de que tiene razón. Lo que difícilmente podrá saber es cuántas pruebas contrarias dejó de registrar.

La misma mecánica puede instalarse alrededor de ideas sobre nosotros mismos. “Tengo que ocuparme de todo.” “No puedo equivocarme.” “Si muestro debilidad perderé autoridad.” “Las personas terminan decepcionándome.” Son pensamientos que pueden haber nacido de experiencias perfectamente reales. El problema aparece cuando adquieren suficiente autoridad para organizar la búsqueda de información. Entonces cada experiencia nueva es procesada desde una regla antigua. Lo que coincide recibe espacio; lo que contradice la regla necesita trabajar mucho más para ser admitido.
Conviene evitar la caricatura. Reducir incertidumbre no es una falla del cerebro. Un organismo incapaz de confiar en regularidades tendría que reconsiderar constantemente cada decisión. Tampoco todo sesgo confirmatorio implica irracionalidad. Hay circunstancias en las que proteger una decisión frente al ruido evita cambios inútiles. El propio estudio de Rollwage y colaboradores señala que privilegiar información consistente podría resultar útil cuando la evidencia nueva es distractora o engañosa. El problema aparece cuando el mecanismo deja de discriminar entre ruido y evidencia genuinamente correctiva.
Ahí comienza una diferencia importante entre una convicción y una idea cristalizada. Una convicción puede sobrevivir a la crítica porque la evidencia continúa sosteniéndola. Una idea cristalizada sobrevive porque ha desarrollado maneras de neutralizar cualquier evidencia que la contradiga. Si alguien piensa que “nadie ayuda sin querer algo a cambio”, la generosidad ajena puede reinterpretarse inmediatamente como manipulación. Si cree que “todos terminan abandonándome”, una relación estable quizá sea considerada una excepción temporal. El sistema se vuelve extraordinariamente eficiente: cualquier resultado confirma la misma conclusión.
Es difícil encontrar un algoritmo digital más cómodo que ese. Por eso el pensamiento crítico resulta bastante menos agradable de lo que suele venderse. No consiste solamente en detectar mentiras ajenas, comprobar fuentes o señalar las contradicciones del adversario. Eso puede hacerlo perfectamente una persona atrapada en sus propias certezas. El pensamiento crítico empieza a ponerse interesante cuando dirige las mismas preguntas hacia aquello que nosotros preferiríamos que fuera cierto.
Una pregunta útil sería: ¿qué tendría que ocurrir para que modificara esta idea? Si la respuesta sincera es “nada”, ya tenemos información importante. La creencia ha dejado de competir con otras explicaciones. Tiene inmunidad.
Otra pregunta resulta todavía más reveladora: ¿aplico el mismo estándar de evidencia a la información que confirma mis ideas que a aquella que las cuestiona? Basta observar una discusión cotidiana para sospechar la respuesta. Frente al argumento contrario exigimos metodología, contexto, antecedentes y posibles conflictos de interés. Frente al dato que nos da la razón podemos conformarnos con un “yo siempre lo he dicho”.
La metacognición ofrece aquí una salida menos espectacular y bastante más útil: aprender a observar el grado de confianza que concedemos a nuestros propios pensamientos. Una conclusión puede sentirse evidente y seguir siendo revisable. La sensación de certeza es información sobre nuestro estado mental; no funciona como certificado de autenticidad de aquello que creemos. Precisamente porque la confianza puede influir sobre cómo procesamos evidencia posterior, revisar nuestra seguridad subjetiva tiene sentido antes de lanzarnos a buscar más argumentos para defenderla.
Aquí vuelve a aparecer el parecido con las plataformas. Cuando una red social aprende qué queremos mirar, podemos alterar deliberadamente nuestra dieta informativa, consultar otras fuentes y dejar de premiar determinados contenidos con nuestra atención. Con el algoritmo mental ocurre algo parecido, podemos buscar excepciones a nuestras propias generalizaciones, revisar ideas que llevan años sin someterse a examen y observar qué información solemos descartar antes de analizarla. También podemos preguntarnos qué conductas siguen recomendándonos esas viejas reglas.
El objetivo tampoco debería ser convertirse en alguien que duda de todo. Eso sería cambiar una rigidez por otra. Necesitamos confiar. Necesitamos conocimientos previos y criterios para distinguir una fuente seria de una ocurrencia. Una mente funcional requiere estabilidad suficiente para actuar y flexibilidad suficiente para corregirse.
El algoritmo de la vida seguirá funcionando. Lo necesitamos para levantarnos mañana sin tener que aprender nuevamente quiénes somos y cómo funciona todo lo que nos rodea. La parte que merece vigilancia es otra: comprobar de vez en cuando qué lleva años recomendándonos. Puede que algunas de esas recomendaciones todavía sean buenas. Otras quizá sobreviven por una razón mucho menos útil: hace demasiado tiempo que dejamos de mirar fuera de la pantalla.
Sanar es amar.

"Mis creencias de concreto" es un ejercicio que te invita a descubrir qué tan flexibles son realmente algunas de tus ide...
22/08/2026

"Mis creencias de concreto" es un ejercicio que te invita a descubrir qué tan flexibles son realmente algunas de tus ideas.

Porque tener una creencia no es el problema.

El problema aparece cuando ninguna experiencia puede hacer que la cuestionemos.

💭 Pregúntate:

¿Cuándo fue la última vez que yo mismo cuestioné seriamente una de mis creencias?

No cuándo alguien intentó convencerte.

No cuándo alguien te dijo que estabas equivocado.

¿Cuándo tú buscaste evidencia de que quizá podrías estar equivocado?

Una creencia flexible puede cambiar cuando encuentra nueva información.

Una creencia intermedia reconoce excepciones, aunque mantiene su postura.

Pero una creencia "blindada" no acepta ninguna evidencia capaz de modificarla.

Y ahí aparece una pregunta todavía más profunda:

¿Estoy utilizando esta creencia para comprender la realidad... o estoy obligando a la realidad a encajar en mi creencia?

🎙️ Y recuerda que, si no pudiste escuchar el programa en vivo, puedes disfrutarlo cuando quieras en nuestro podcast de Spotify: Ondas Alfa: La Frecuencia de Tu Ser.

Escúchalo aquí:
https://open.spotify.com/show/5IMQEWYphDZRDgYb6qN552?si=843146c7a1da479a

Imagina que estás hablando sobre algo que consideras importante: la crianza de los hijos, el trabajo, el dinero, una rel...
20/08/2026

Imagina que estás hablando sobre algo que consideras importante: la crianza de los hijos, el trabajo, el dinero, una relación, la educación o incluso una creencia que has defendido durante años.

De pronto, alguien piensa diferente.

Y antes de que puedas darte cuenta, quizá ya estás preparando tu respuesta, buscando argumentos para demostrar que tienes razón o sintiendo que necesitas defender tu posición.

Pero... ¿realmente estás escuchando o tu cerebro ya cerró la puerta?

🔎 "¿Qué siente mi cerebro cuando lo contradicen?" es un ejercicio que te invita a observar qué ocurre en ti cuando alguien cuestiona una idea importante.

¿Aparece curiosidad?
¿Incomodidad?
¿Necesidad de defenderte?
¿Irritación?
¿O simplemente dejas de escuchar porque decidiste que la otra persona está equivocada?

💭 Lo interesante es que una reacción intensa no necesariamente demuestra que nuestra creencia sea correcta. A veces revela cuánto necesitamos esa creencia para sentirnos seguros, mantener nuestra identidad o sentir que tenemos el control.

Escuchar una opinión diferente no significa estar de acuerdo con ella.

Significa permitirte pensar:

"Puedo escuchar esto sin tener que defenderme inmediatamente."

🎙️ Y recuerda que, si no pudiste escuchar el programa en vivo, puedes disfrutarlo cuando quieras en nuestro podcast de Spotify: Ondas Alfa: La Frecuencia de Tu Ser.

Escúchalo aquí:
https://open.spotify.com/show/5IMQEWYphDZRDgYb6qN552?si=843146c7a1da479a

19/08/2026

La mujer que no sabía nada

Por Koko Lemus Abreu

Licenciado en Psicología, Maestro en Ciencias Pedagógicas y Doctor en Educación

Alma abrió los ojos a las seis con cuarenta y siete de la mañana y descubrió que no sabía qué significaban las seis con cuarenta y siete. Había unos números verdes flotando sobre una caja negra junto a la cama y, aunque podía leerlos, no tenía la menor idea de por qué alguien habría puesto una máquina a contar números durante toda la noche. Tampoco sabía por qué estaba acostada junto a un hombre de cincuenta y tantos años que dormía boca arriba con la boca abierta y producía un sonido grave, intermitente, vagamente industrial. Lo observó durante algunos segundos intentando decidir si debía gritar, golpearlo o escapar. Eligió la opción más civilizada: le dio un empujón con el codo. El hombre abrió los ojos y murmuró: “¿Qué pasa, Alma?”. Ella se incorporó de golpe. Acababa de descubrir dos cosas extraordinarias: aquel desconocido sabía su nombre y, aparentemente, ella se llamaba Alma.
“¿Quién eres?”, preguntó. El hombre dejó de bostezar. “¿Cómo que quién soy?”. “Eso pregunté”. Hubo un silencio breve durante el cual él pareció buscar alguna señal de broma en el rostro de su esposa. No la encontró. “Soy Roberto”. Alma procesó el dato. Roberto. El nombre no produjo absolutamente nada. Ningún recuerdo, ninguna emoción, ninguna escena. “¿Y qué haces en mi cama?”. Roberto tardó unos segundos en contestar. “Nuestra cama”, corrigió. “Soy tu marido”. Aquella información era considerablemente más grave que la anterior. Alma miró su mano izquierda. Había un anillo. Lo examinó como quien encuentra una pieza arqueológica. “¿Y esto?”. “Nuestra argolla de matrimonio”. Alma volvió a mirarlo. “¿Contigo?”. Roberto comenzó a preocuparse. Ella también, aunque por razones diferentes.
En menos de veinte minutos Alma descubrió que tenía cincuenta y dos años, llevaba veintisiete casada con Roberto, era madre de dos hijos llamados Mariana y Diego, vivía desde hacía dieciocho años en aquella casa y tenía una perra llamada Frida que, mientras todos intentaban explicarle quién era, insistía en lamerle los pies con una familiaridad que Alma consideró francamente abusiva. El problema no era que hubiera olvidado algunas cosas. Había olvidado todas las cosas. Conservaba el lenguaje, podía caminar, sabía utilizar objetos elementales y comprendía conceptos básicos, pero su autobiografía había desaparecido. Su vida estaba ahí, perfectamente organizada alrededor de ella, solo que Alma era la única persona que no había recibido el instructivo.
Cuando Mariana bajó corriendo las escaleras y trató de abrazarla, Alma retrocedió instintivamente. “Soy yo, mamá”. Aquella palabra produjo un silencio brutal. Mamá. Alma sabía perfectamente qué significaba ser madre. Lo que no sabía era que ella lo fuera. Miró a la joven que tenía enfrente buscando desesperadamente algún indicio que confirmara semejante responsabilidad. Los ojos, la nariz, algún gesto. Nada. “¿Eres mi hija?”. Mariana comenzó a llorar. “Sí”. Alma sintió culpa por hacer llorar a una desconocida y después sintió una culpa todavía más extraña al comprender que aquella desconocida, según todos los presentes, había salido de su cuerpo veinticuatro años antes. “Perdóname”, dijo, porque todavía recordaba para qué servían las disculpas, aunque no recordara a quién debía ofrecérselas.
Después llegaron las preguntas. ¿Sabes dónde estás? No. ¿Sabes qué día es? No. ¿Sabes quién es el presidente? Tampoco, aunque Alma pensó que, considerando las caras de los demás, quizá aquella fuera la menos urgente de sus ignorancias. Roberto llamó a emergencias y durante las siguientes horas su vida se convirtió en una conferencia sobre ella misma. Fotografías, nombres, fechas, médicos, preguntas, estudios, historias. Cada persona parecía poseer una pieza del rompecabezas y todos esperaban que, al mostrársela, Alma exclamara: “¡Claro!”. Pero nada ocurría. Le enseñaron una fotografía de su boda. Allí estaba ella, mucho más joven, abrazada al desconocido que ahora decía llamarse Roberto. “Parecemos contentos”, comentó. Roberto sonrió por primera vez aquella mañana. “Lo estábamos”. Alma levantó una ceja. “¿Estábamos?”. “Estamos”, corrigió rápidamente.
Al volver a casa comenzó la verdadera tragedia, que resultó tener una sorprendente cantidad de comedia doméstica. Alma tenía que aprender quién era y, además, tenía que aprender cómo se suponía que debía ser Alma. Descubrió que tomaba café sin azúcar porque Roberto preparó una taza y se la entregó así. Dio un sorbo y puso una cara espantosa. “¿Yo tomo esto?”. “Todas las mañanas”. “Pues Alma tenía muy mal gusto”. Descubrió que cocinaba porque encontró varios recipientes etiquetados con su letra. Descubrió que odiaba el cilantro porque Diego se lo advirtió antes de que probara una salsa. Lo probó de todas formas y decidió que aquella versión anterior de sí misma quizá tenía razón en algo.
Pero cada descubrimiento exigía un esfuerzo agotador. Abrir un cajón significaba encontrarse con veinte objetos cuya importancia desconocía. Sonaba el teléfono y aparecía “Laura”. ¿Quién demonios era Laura? Roberto explicaba que era su hermana. Alma contestaba y una mujer decía “hermanita” con una intimidad que ella no había autorizado. Entraba al supermercado y tenía frente a sí cuarenta marcas de detergente sin saber cuál compraba normalmente. Elegir cereal se convertía en una investigación de mercado. Vestirse requería estudiar qué prendas parecían combinar entre sí. Incluso cepillarse los dientes podía producir una pregunta: ¿por qué utilizaba aquella pasta dental y no otra?
Al tercer día estaba exhausta. Entonces comenzó a ocurrir algo interesante. Alma empezó a crear reglas.
El café de la lata azul era el que Roberto preparaba por las mañanas. La taza blanca era la suya. Frida comía después de las siete. Mariana llamaba casi todas las noches. El hombre del puesto de frutas se llamaba Ernesto y parecía confiable porque le había dicho “qué bueno verla, señora Alma” sin intentar venderle mangos demasiado maduros. La vecina de enfrente hablaba muchísimo. El horno tardaba más de lo que indicaba la perilla. Roberto dejaba las llaves siempre en lugares distintos y después preguntaba dónde estaban, una costumbre que Alma consideró irritante incluso sin disponer de veintisiete años de antecedentes para confirmarlo.
Su cerebro estaba trabajando horas extras. Clasificaba. Comparaba. Descartaba. Establecía relaciones. Una información recibía más importancia que otra. Algunas personas comenzaban a resultarle familiares. Algunos procedimientos dejaban de requerir atención consciente. El mundo, que tres días antes había sido una avalancha insoportable de información, empezaba lentamente a organizarse. Con el orden llegó el alivio.
Una mañana Roberto le preguntó si quería café. “En la taza blanca”, respondió ella sin pensarlo. Se quedó inmóvil. Acababa de utilizar una expectativa. Ya sabía algo antes de comprobarlo. Sabía dónde estaba su taza. Durante unos segundos sostuvo aquel objeto entre las manos con una emoción desproporcionada para una pieza de cerámica de supermercado. Su cerebro había comenzado nuevamente a construir un mundo.
Sin saberlo, Alma estaba descubriendo una de las habilidades más extraordinarias y menos apreciadas de la mente humana: no tratar toda la información como si fuera igualmente nueva. Vivir sería insoportable si cada mañana tuviéramos que comprobar desde cero quién es nuestra pareja, cómo funciona una cuchara, si el piso soportará nuestro peso o qué significa el sonido del teléfono. Nuestro cerebro necesita construir regularidades, asignar confianza, reconocer patrones y decidir qué información merece mayor atención. Necesita reducir incertidumbre. De otro modo, preparar el desayuno exigiría aproximadamente la capacidad intelectual de dirigir un aeropuerto internacional.
La paradoja era deliciosa. Durante años Alma probablemente había cometido el mismo pecado que cometemos todos: confiar demasiado en ciertas ideas, interpretar rápidamente a las personas, anticipar conductas y convertir experiencias repetidas en certezas. Ahora había conseguido accidentalmente la fantasía del pensamiento crítico absoluto: no creer nada previamente. Y resultaba que era horrible.
Sin experiencias anteriores no había prejuicios, ciertamente, pero tampoco había confianza. No había ideas cristalizadas, pero tampoco referencias. No existía sesgo de confirmación, pero tampoco había nada que confirmar. Cada persona era una incógnita. Cada situación debía analizarse. Cada decisión comenzaba desde cero. Alma había despertado convertida en la mujer intelectualmente más abierta del mundo y estaba a punto de sufrir una crisis nerviosa por no saber qué marca de jabón comprar.
Comprendió algo de esto una tarde, aunque naturalmente no utilizó palabras como “ponderación de precisión” ni “procesamiento predictivo”. Estaba sentada frente a una caja llena de fotografías que Mariana había llevado para ayudarla a reconstruir recuerdos. Su hija sacó una imagen. Alma aparecía junto a otra mujer, ambas riendo en una playa. “Es Teresa”, explicó Mariana. “Tu mejor amiga”. Alma observó la fotografía. “¿Puedo confiar en ella?”. Mariana sonrió. “Muchísimo”. Alma guardó silencio. “¿Cómo lo sabes?”. La muchacha iba a contestar inmediatamente, pero se detuvo. “Porque siempre ha estado contigo”. Alma volvió a mirar la fotografía. “Entonces tendré que confiar en que tú sabes en quién confiaba yo”. Mariana se rio. “Supongo”. Alma también. Era absurdo: para reconstruir su sistema de confianza necesitaba comenzar confiando en alguien.
Aquella noche escribió en una libreta los nombres de las personas que había conocido durante esos días y junto a cada nombre anotó lo que sabía. Roberto: marido, paciente, pierde las llaves, hace café horrible. Mariana: hija, sensible, explica bien, aparentemente confiable. Diego: hijo, hace bromas cuando está nervioso, llama menos pero aparece cuando hace falta. Teresa: amiga, pendiente de comprobación. Frida: perra, excesivamente afectuosa, confiabilidad alta excepto cerca de alimentos.
Alma todavía no recuperaba sus recuerdos cuando, varios meses después, encontró aquella primera libreta. Leyó las descripciones que había escrito sobre su familia y comenzó a reír. Roberto seguía perdiendo las llaves, aunque ya no siempre. Mariana seguía explicando bien las cosas, excepto cuando hablaba de sus novios. Diego efectivamente llamaba poco, pero había resultado ser quien mejor comprendía cuándo su madre necesitaba silencio.
Entonces Alma comprendió algo que antes de perder la memoria probablemente nunca había necesitado pensar. Una vida sin creencias sería imposible. Una vida gobernada por creencias inamovibles sería apenas un poco menos imposible. Necesitamos construir certezas provisionales, suficientes para levantarnos por la mañana sin investigar nuevamente quién duerme a nuestro lado, pero lo bastante flexibles para descubrir que esa persona puede sorprendernos.
Cerró la libreta y Roberto preguntó desde la cocina: “¿Has visto mis llaves?”. Alma estuvo a punto de responder que seguramente las había perdido otra vez. Se detuvo. Miró la mesa, después el perchero y finalmente sus propios bolsillos. Allí estaban.

Sanar es amar.

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