07/08/2026
Una de mis prioridades es escucharlas y que se sientan acompañadas en todo momento.
Y para cerrar la Semana Mundial de la Lactancia Materna (aunque prometo seguir hablando de este y muchos otros temas después de un tiempo de ausencia por aquí), quiero compartirles algo de mi historia de lactancia que nunca había contado con una foto que resume todo.🤍
La lactancia no es fácil.
Y, paradójicamente, tiene que establecerse en uno de los momentos más vulnerables de la vida de una mujer.
Todavía te duele el parto o la cesárea. Tu cuerpo apenas intenta recuperarse. Duermes a ratos. Comes cuando puedes. Las hormonas parecen una montaña rusa.
Llega un momento en el que ya no sabes si te duele la herida, los pechos… o el alma.
Como pediatra conocía la fisiología de la lactancia.
Como mamá descubrí que conocerla no siempre basta.
El cansancio, el miedo, la culpa y el estrés pueden hacer que todo se sienta cuesta arriba. Incluso pueden dificultar el reflejo de eyección que permite que la leche fluya con facilidad.
En medio de todo ese caos decidí buscar ayuda.
Mi asesora de lactancia llegó, observó una toma completa y, después de revisar que la posición y el agarre eran adecuados, no hizo grandes maniobras.
No necesitó cambiar la postura.
No necesitó recomendar un producto nuevo.
Solo hizo algo que nunca voy a olvidar.
Me dio una palmadita en la espalda, me miró a los ojos y me dijo:
“Estás haciendo muchísimo más de lo que humanamente es posible. Si decides parar o suplementar, hazlo sin culpa. Tu bebé ya tiene una gran mamá.”
Y, curiosamente, unas horas después todo empezó a fluir.
Fluyó la leche. Y también la paz de saber que, si en algún momento era necesario suplementar, podía hacerlo sin culpa.
No porque existieran palabras mágicas.
Sino porque alguien me ayudó a soltar el peso de sentir que tenía que ser perfecta.
Ese día entendí que acompañar una lactancia no siempre consiste en corregir un agarre.
A veces consiste, simplemente, en sostener a la madre.
Porque cuando una mujer se siente escuchada, comprendida y libre de culpa, muchas veces encuentra la fuerza para seguir.
Y si decide que es momento de terminar ese camino, también merece sentirse acompañada.
Espero que este relato le regale a alguien más un poco de lo que yo recibí ese día.
No solo información basada en evidencia.
También empatía.
Porque la evidencia nos muestra el camino, pero la empatía muchas veces es lo que permite recorrerlo.
Y ambas, juntas, pueden cambiar una historia de lactancia.
Muchas gracias a Apapacho, abrazar con el alma.
🤍