15/07/2026
Hígado y bazo también es lenguaje ….
Compró un cuaderno, se fue a Mali y encontró una respuesta que no buscaba
Los dogon no distinguen entre lo que se dice y lo que se siente. Para ellos, la palabra es carne. Viaja por el cuerpo. Se aloja en el hígado y si no se dice a tiempo, se pudre en el bazo.
Por Redacción Nota Antropológica
En 1946, Geneviève Calame-Griaule llegó a la región de Sanga, en Mali, con un cuaderno y una grabadora. Su padre, Marcel Griaule, ya había escrito sobre el "Verbo" de los dogon, una especie de fuerza cósmica que nacía de los dioses y organizaba el universo. Solo que ella notó algo que los libros no estaban contando todavía.
Los dogon, una tribu cazadora-recolectora de Mali, no hablaban de la palabra como un concepto abstracto; se puede decir que casi la tocaban. La señalaban en el cuerpo.
Si un día discutían, se llevaban la mano al costado derecho, donde está el hígado. Cuando alguien mentía, decían que su palabra "no tenía camino" y trazaban líneas torcidas en la arena.
Cuando una mujer se quedaba callada después de una pelea, las otras decían: "su palabra se fue al bazo".
Geneviève no entendía al principio por qué se referían de esa manera respecto al lenguaje. Para ella, como para cualquier occidental, la palabra era un fenómeno del cerebro, del lenguaje, de la mente. Pero los dogon insistían en que la palabra es carne. La palabra es agua. La palabra es fuego y ella, que había estudiado lingüística, prefirió no quedarse con la duda y decidió escuchar de otra manera.
Pasó varios años sentada en los patios de Sanga, con cuatro hombres que se convirtieron en sus maestros.
Yébené, el sacerdote totémico, que ya estaba enfermo y hablaba con una voz tenue, casi como un hilo, pero que sabía todo lo que había que saber sobre el silencio.
Ambara, un aristócrata de mente rápida, que explicaba los temas más difíciles con dibujos y refranes.
Amadigné, el más joven, que había aprendido francés en la escuela y le ayudaba a entender los comportamientos cotidianos.
Y Manda, un sabio de Orosongo, que vivía lejos y que ella visitaba cuando necesitaba entender las grandes preguntas como qué es la palabra, de dónde viene, adónde va cuando no se dice.
Manda fue quien le abrió la puerta a este sistema lingüístico; él fue quien le dijo que la palabra no nace en la cabeza. Nace más abajo. En el hígado.
Los dogon llaman a este órgano "la madre de los órganos".
No es solo donde se procesa la sangre, para ellos es donde se procesan los afectos. Porque para ellos la alegría, el amor, el cariño, todo eso vive en la cabeza del hígado.
Cuando alguien dice una palabra amable, esta llega al hígado, lo humedece y lo alimenta. El hígado se expande, se "despierta", y devuelve palabras suaves. Es un círculo virtuoso.
Pero cuando la palabra es hiriente, el hígado se contrae. Se pone negro, dicen ellos. La vesícula vierte bilis y la mala palabra es empujada hacia el bazo.
Ahí está el verdadero peligro. El bazo, para los dogon, es el "segundo corazón", pero es el corazón negro. El de los rencores. El de las palabras que no pudieron decirse.
Cuando alguien te interrumpe, cuando te prohíben hablar, la palabra que llevabas dentro no se desvanece. Viaja directo al bazo. Se queda allí, se contrae, y genera más rabia. Es un ciclo que se alimenta de sí mismo.
Geneviève tomaba notas mientras Ambara dibujaba en el polvo.
Una línea recta para la palabra verdadera. Una línea en zigzag para la mentira. Una espiral para la palabra que gira y no encuentra oído.
Con esto entendió que para los dogon, el lenguaje no es un conjunto de signos organizados. Es algo parecido a un viaje. Un viaje que comienza en las clavículas, donde se almacenan las semillas de la palabra y la fuerza vital. Luego suben al corazón, que actúa como un hogar donde la palabra se calienta o se enfría. Después la palabra pasa por los pulmones, que le dan el aire; en seguida se moldea en la boca, donde los dientes son "los guardianes": los incisivos cortan las palabras, los colmillos las vuelven silbantes cuando hay ira, y las muelas las "mastican" para que no salgan si son malas.
Pero había algo más porque los dogon también establecían un vínculo entre las palabras y la fecundidad.
Los dogon le explicaron que el semen no es solo semen, es un extracto de todas las palabras que el hombre ha acumulado en su cuerpo.
Por eso cuando un hombre y una mujer se aman y se lo dicen con palabras amables, esas palabras calientan suavemente el corazón. La sangre se mueve. El aceite de la sangre, esa capa blanca que flota en la superficie y que ellos relacionan con el es***ma, se derrite y fluye.
Las semillas de las clavículas germinan y es así como el cuerpo se prepara para la concepción.
Pero si hay pelea, si las palabras han sido duras, el corazón se calienta demasiado. El aceite se quema. La sangre buena se vuelve negra. El semen se carga de mala palabra, no puede fecundar y lo que llega al cuerpo de la mujer no es vida, sino menstruación. Sangre negra. Palabra podrida.
Geneviève escribió en su cuaderno: "Para los dogon, una discusión puede impedir un embarazo". Pero esto no ocurría porque la mujer esté nerviosa; para ellos el cuerpo del hombre ha transformado las palabras en sustancia, y esa sustancia es estéril.
Su trabajo de campo siguió el rastro de las palabras incluso después de la muerte.
Cuando alguien moría, su cuerpo se seca y su palabra también. El difunto ya no tenía saliva, ni sangre, ni agua. Lo que queda de su verbo es puro viento. Una palabra errante, vacía, que da vueltas sin encontrar un oído.
Esa palabra tiene sed y cuando se encuentra con un vivo, amenaza con beberse su humedad. Por eso los dogon hacen libaciones: le dan de beber a los mu***os. Para que su palabra se calme, para que no reseque a los que aún están aquí.
Geneviève escuchó todo esto y lo anotó. Pero también lo vivió. Cuando un informador se enojaba, ella veía cómo se llevaba la mano al costado. Cuando otro se callaba después de una pregunta difícil, ella sabía que la palabra no se había ido. Estaba en el bazo como si estuviera esperando salir.
Pasaron los años. Los dibujos de Ambara se acumularon. Los relatos de Manda se volvieron más complejos. Yébené murió, y Geneviève sintió que una parte del conocimiento de la tribu se iba con él. Pero ella ya se había encargado de documentar todo, o al menos lo que había escuchado.
Había registrado la anatomía del lenguaje dogon: una teoría donde las palabras tienen s**o, viajan por el cuerpo, se digieren en los intestinos y pueden matar o dar vida.
Cuando publicó su libro, en 1965, no lo llamó "creencias" ni "mitos". Lo llamó como lo que era: una teoría. Una teoría tan concreta y compleja como los latidos del corazón.
Los dogon nunca reaccionaron con sorpresa, ellos siempre supieron que las palabras no son aire, ni que se las llevara el viento. Que se quedan. Que pesan. Que pueden enfermar.
Geneviève solo hizo lo que una etnóloga puede hacer: escuchar, traducir, devolver.
Ahora, décadas después, cualquier persona podría leer esas páginas y preguntarse: ¿cuáles son las palabras que me he guardado hoy en el bazo? ¿Cuáles están aún calientes en mi hígado? ¿Cuáles se están secando y están esperando ser dichas antes de que sea demasiado tarde?
Geneviève Calame-Griaule redactó, tradujo e interpretó lo mejor que cualquier etnógrafa lo haría. Solo puso oído donde otros ponían preguntas y lo que escuchó cambia la forma en que entendemos el lenguaje. Y tan solo pongámonos a pensar cuánto de lo que decimos hoy lo asociamos con ciertas partes del cuerpo, como si las palabras tuvieran vida, no como algo que sale de la boca, sino como algo que vive dentro.
Quizá haya ciertas palabras que sí nos generan cambios orgánicos e impactan en nuestra vida diaria, como lo descubrió Geneviève entre los dogon. ¿Tú qué opinas?
Fuente:
Calame-Griaule, G. (1982). Etnología y lenguaje: La palabra del pueblo Dogon. Madrid: Editora Nacional. (Trabajo original publicado en 1965).