05/06/2026
EL HOMBRE Y LA ESPALDA
En Chengdu, los días grises no pesan igual que en otras ciudades. Hay algo en el ritmo de la gente, en la manera en que se sientan a tomar té sin mirar el reloj, en los gatos que duermen sobre los muros de los callejones del barrio de Kuanzhai, que hace que la lentitud no parezca pereza sino una forma distinta de estar en el mundo.
Tomás había llegado desde Buenos Aires tres semanas antes por un congreso que ya había terminado. Debería haber vuelto. No volvió. Le dijo a su oficina que se quedaba unos días más por asuntos personales, que era una verdad a medias porque los asuntos personales eran, en realidad, una espalda que llevaba dos años doliéndole sin que ningún médico, traumatólogo ni fisioterapeuta hubiera encontrado una causa suficiente.
La referencia del maestro le llegó por el dueño del hostal, un hombre callado que cuando Tomás le mencionó la espalda lo miró un momento y apuntó una dirección en una servilleta de papel sin decir mucho más.
El callejón estaba en el borde del barrio antiguo. La puerta era verde, descascarada, con una maceta de bambú a un lado. Tomás llamó dos veces. El maestro abrió sin prisa.
Era un hombre corpulento para ser un maestro de medicina, de manos grandes y voz tranquila. Llevaba un delantal de trabajo encima de la ropa. Lo hizo pasar a una sala pequeña donde había una camilla baja, una mesa con instrumentos ordenados, y en un rincón, sobre un hornillo, una olla pequeña con agua que empezaba a humear.
"La espalda," dijo Tomás, señalando la zona lumbar con el pulgar. "Dos años. Viene y va. Peor cuando estoy quieto."
El maestro le pidió que se sentara en el borde de la camilla. Lo observó desde atrás, sin tocarlo todavía. Le pidió que se inclinara despacio hacia adelante, luego que girara los hombros. Lo miraba con la misma atención con que un carpintero mira una viga antes de decidir dónde está la tensión real.
Después se lavó las manos y empezó a preparar las ventosas. Eran de vidrio, pequeñas, y las calentaba brevemente con una llama antes de colocarlas. Tomás las conocía de nombre pero nunca las había sentido. El maestro trabajó en silencio durante un rato, colocando cada ventosa con precisión, sintiendo con los dedos antes de decidir el punto exacto.
"¿Usted viaja mucho?" preguntó el maestro mientras trabajaba.
"Bastante. Por trabajo."
"¿Le gusta?"
Tomás consideró la pregunta más de lo que esperaba. "Me gustaba."
El maestro colocó la última ventosa. "¿Cuándo dejó de gustarle?"
"Hace como dos años."
Nadie dijo nada por un momento. El agua del hornillo empezó a hervir suavemente.
"¿Y paró de viajar?" preguntó el maestro.
"No. Seguí."
El maestro se sentó en un banco bajo frente a él. "La espalda baja carga lo que uno no quiere cargar pero tampoco sabe cómo dejar. El riñón, en la medicina antigua, guarda el miedo y la voluntad al mismo tiempo. Cuando los dos empujan en direcciones distintas, el cuerpo lo resuelve a su manera."
Tomás miró el suelo. "¿Qué significa eso en concreto?"
"Significa que usted sabe que algo tiene que cambiar y todavía no se ha dado permiso para cambiarlo."
No lo dijo con dureza. Lo dijo como quien describe el tiempo afuera: con neutralidad, con la certeza tranquila de alguien que simplemente observa.
Las ventosas fueron haciendo su trabajo en silencio. Tomás sintió el calor, la presión suave, algo que se aflojaba no solo en el músculo sino en algún lugar más difícil de nombrar. Miró la pared frente a él, los frascos alineados, las hierbas secas en manojos colgados de una viga.
Cuando el maestro retiró las ventosas, la piel de la espalda había quedado marcada con círculos rojizos que él observó brevemente con satisfacción profesional. Le indicó a Tomás que se incorporara despacio.
"¿Cómo está?"
"Más liviano," dijo Tomás. Y era verdad, aunque no estaba seguro de si hablaba de la espalda.
El maestro se quitó el delantal y lo dobló sobre la mesa. "Vuelva mañana si puede. Y esta noche, si tiene tiempo, piense en lo que llevaría consigo si supiera que puede elegir de verdad qué cargar."
Tomás salió al callejón. El gris de Chengdu seguía ahí, suave, sin urgencia. Un gato cruzó por delante de él y desapareció por una puerta entreabierta.
Caminó despacio hacia el hostal. Y en algún momento entre el callejón verde y la calle principal entendió, con una claridad que le resultó casi molesta, que su espalda no estaba rota. Estaba cargando una vida que él seguía eligiendo por inercia, y el cuerpo, con la paciencia que tienen los cuerpos, llevaba dos años tratando de decírselo.