15/06/2026
ABANDONO PARENTAL
Hay personas que llegan a la adultez convencidas de que tienen problemas de autoestima, dependencia emocional o miedo al rechazo.
Pero muchas veces la raíz es más profunda.
Lo que cargan es una herida de abandono.
Y no siempre porque un padre haya mu**to o se haya ido de casa.
A veces el abandono ocurrió mientras seguía sentado en la mesa.
Porque también abandona quien nunca pregunta cómo te sientes.
Quien está físicamente presente, pero emocionalmente ausente.
Quien provee dinero, pero no afecto.
Quien corrige, exige y juzga, pero nunca conoce realmente a su hijo.
Para un niño, la ausencia de una figura parental no se vive como una simple falta.
Se vive como una pregunta.
¿Qué tiene de malo en mí para que no me quieran?
Y cuando esa pregunta nunca encuentra respuesta, el niño suele convertirse en un adulto que intenta ganarse el amor que debió recibir gratuitamente.
Entonces aparecen las relaciones donde se tolera demasiado.
La necesidad constante de aprobación.
El miedo a ser reemplazado.
La dificultad para poner límites.
La sensación de no ser suficiente, incluso cuando se hace todo bien.
Porque el abandono parental no sólo deja un vacío.
Deja una narrativa.
La narrativa de que hay que esforzarse para merecer amor.
Lo más doloroso es que muchas personas siguen esperando, incluso décadas después, que ese padre o esa madre finalmente les den lo que nunca dieron.
Una explicación.
Un reconocimiento.
Una disculpa.
Una muestra de amor.
Pero sanar empieza cuando comprendes algo difícil de aceptar:
La herida no desaparece cuando el padre cambia.
Empieza a sanar cuando el hijo deja de entregar su vida esperando que cambie.
No podemos elegir la historia que nos tocó vivir.
Pero sí podemos decidir si seguiremos construyendo nuestra identidad alrededor de la ausencia de alguien.
Porque llega un momento en que el abandono más doloroso ya no es el que te hicieron.
Es el que te haces a ti mismo cuando sigues esperando que alguien venga a darte lo que ahora te corresponde construir por dentro.