20/02/2026
La queja...🫤
Cuando la queja se vuelve costumbr... el cuerpo la escucha como una orden antigua. No distingue si es broma, desahogo o lamento: el cuerpo obedece. Y obedece tensándose.
La queja repetida suele alojarse primero en la boca y la garganta: palabras que no se dicen con amor, frases que salen afiladas o se quedan atoradas. De ahí baja al pecho, donde el suspiro se vuelve peso, y el corazón aprende a latir con cansancio. No es raro ver opresión, ansiedad o palpitaciones en personas que viven reclamándole a la vida.
El estómago y los intestinos cargan otra parte del paquete: la queja es digestión difícil de la realidad. “Esto no debería ser así”, “no lo puedo tragar”, “no lo acepto”. Gastritis, colitis, inflamación… el cuerpo protestando en silencio lo que la boca repite en voz alta.
La espalda, sobre todo la zona alta, se encorva con la queja constante. Es el peso de sentir que todo es carga, que nadie ayuda, que el mundo debería ser distinto. Y las articulaciones se vuelven rígidas cuando la mente se niega a ceder: la queja endurece, como el tiempo sin aceite en una bisagra.
A nivel energético, la queja drena. Es un agujero invisible por donde se va la fuerza vital. No porque sentir sea malo —sentir es humano y antiguo— sino porque quedarse a vivir en la queja es como sentarse en una silla rota y esperar descanso.
Nuestros abuelos lo sabían sin libros ni teorías: “lo que maldices, lo cargas”. Y también sabían el antídoto, sencillo y profundo: nombrar lo que sí hay, agradecer aunque sea pequeño, cambiar la queja por petición o por acción.
No se trata de callar el dolor ni de sonreír de plástico. Se trata de escuchar al cuerpo cuando dice: ya me cansé de sostener este discurso.
La buena noticia —porque siempre la hay— es que el cuerpo es noble y perdona rápido. Cuando la queja se transforma en conciencia, en palabra honesta o en silencio fértil, el cuerpo afloja… como tierra mojada después de la lluvia.