29/01/2020
UNOCUATROCINCO
El sentido indecible en los signos, aquello que escapa al ojo, aquello que va más allá de las palabras, lo que la poesía pretende en sus abismadas noches, lo que el color pretende más allá de su trillada representación, lo que los hombres quieren decir o dicen sin querer, el plus, el excedente, los destellos que nunca llegan a la tierra, y mucho menos a nuestros ojos, eso es lo que la luz ilumina en el sinsentido de la razón, el sin querer queriendo, las omisiones, no eres tu, soy yo, y una vez más desenterramos a nuestros demonios y los vestimos con nuestros trajes favoritos, casi siempre falsos, como el de siempre.
Una imagen que recuerda lo que vimos cuando estábamos enamorados, el destello del ojo que se cerró con el corazón roto, el gesto de la madre que llora, la risa del amor, el verde de los pastos de las nubes, una cara sin gestos, un camino sin retorno, un recuerdo, el gris oscuro y claro de la ciudad, el detalle que nunca te dije; ahí estaba yo también; la mancha del amarillo de tus dientes por el cigarro o quizás por café que te quita el sueño, el obsesivo gusto de verte desnuda cada noche, cada mañana con ese rayo que corre primero tras el horizonte que nunca alcanzaré porque más allá de lo que pueda ver, de lo que pueda pensar, de lo que pueda percibir esta un punto ciego que es quizá lo que el espejo no me muestra en sus largas noches y en sus largos días, en los que solo vuelvo a ver, tapado con esa maraña de pelos el pobre reflejo de mi alma desdoblada en una hipotética realidad que solo siento pero que se me escapa en las líneas nuevas de mis manos cada día.
El muchacho dijo lo que no quería decir, su inconsciente lo traiciona de nuevo como la imagen del cielo en un charco que después de la lluvia última de noviembre les dice a sus hijos, esos que viven en la tierra que ha llegado el momento de nuevo, la temporada de recoger sus frutos, ha puesto sonrisas a sus muecas de tristeza, ha llegado la hora de comer, siéntate hijo que se te enfría la sopa, sal al sol y ve hacia el cielo, dime el último adiós que no quiero pensar más cuando me vaya, que de ti solo me queda el recuerdo que nunca quisiste, eso que yo no era se quedó en la luz esa, de la que sacabas tus días y tus noches para decirme de nuevo, no soy el mismo de antes, ahora soy otro y el mismo a la vez.
Mi cuarto oscuro se llenó de la luz de tus montes, su pupila se dilato mirando una palabra oculta en su cuello, en su cara, en la nota que escapó sin titubear de sus metales, allá en el lejos tiempo del que todos hemos venido estaban los días de bonanza que recordamos con tanto recelo, no nos hemos ido mis amigos, aquí seguimos aun riendo, llorando, mintiendo, gozando, diciéndole al destino que le ganamos porque tenemos en nuestros tesoros más ocultos el negro profundo de su cara y el superficial blanco de su gesto…
Amigos nuestros, compañeros y familia, venimos de nuevo esperando ver el silencio que dice más que mil palabras, esperamos lo justo y henos aquí poseídos por esa luz en un ojo que escapo a su permanencia.
Casa visceral se cunde de alegría por tener en su breve y corto momento del tiempo eterno que le corresponde el trabajo de nuestro muy querido colega y hermano Cesar Jordán, incansable buscador de tesoros en la penumbra de nuestra ciudad de lámparas fundidas, de interminables y aéreos caminos de concreto que vienen desde donde el polvo se levanta, en horabuena, gracias por asistir a la casa de los muchachos en donde siempre que se acuerden encontraran un breve momento de inspiración o simplemente de ensimismamiento.
Farid el perro
Enero 2020