24/08/2026
Creo que una de las razones por las que el caso de Lindsay Clancy ha tocado una fibra tan profunda en tantas mujeres es porque hay partes de su historia, antes de la tragedia, que resultan dolorosamente familiares para muchísimas mujeres.
El agotamiento, la ansiedad, la sobreestimulación, sentir que todo el mundo necesita algo de ti cuando tú ya no tienes absolutamente nada más para dar. Cuántas mamás no hemos llorado de cansancio? Cuántas no hemos necesitado encerrarnos cinco minutos en el baño simplemente para estar solas? Cuántas nos hemos quedado sentadas unos minutos más en el carro porque todavía no estamos listas para entrar a casa y volver a ser necesitadas? Cuántas hemos perdido la paciencia y después hemos visto a nuestros hijos dormir sintiéndonos las peores madres del mundo? Cuántas alguna vez hemos pensado “ya no puedo más”? Y no porque no amemos a nuestros hijos. Muchas veces estamos agotadas precisamente porque los amamos tanto que llevamos demasiado tiempo entregándolo absolutamente todo.
Pero a las mujeres, y especialmente a las madres, nos han enseñado que debemos poder con todo. Entonces una mamá dice “no me siento como yo misma” y alguien le asegura que eventualmente se le va a pasar.
Y este caso me hace regresar una y otra vez a la misma pregunta: Qué tan fuerte tiene que gritar una mujer antes de que dejemos de llamarlo “maternidad normal”? Porque hay una línea entre estar cansada y estar enferma, entre estar abrumada y estar desmoronándote, entre necesitar una tarde sola y necesitar una intervención médica, entre “la maternidad es difícil” y “esta mujer necesita ayuda AHORA”. Y quizá lo aterrador es que esa línea no siempre es fácil de reconocer. Porque una mujer puede seguir haciendo lonches, llevando niños a la escuela, sonriendo para una fotografía, contestando mensajes, haciendo compras y diciendo “estoy bien”, mientras por dentro algo se está rompiendo. Estar funcionando no siempre significa estar bien.
Y creo que ahí es donde muchas mujeres nos vemos reflejadas. No porque hayamos vivido lo que vivió Lindsay, muchísimo menos porque una mamá agotada sea peligrosa, sino porque muchas conocemos esa sensación de estar completamente vacías y aun así tener que seguir dando. Eso no nos convierte en malas madres, nos convierte en humanas. Pero también debería enseñarnos a prestar atención cuando una mujer nos dice que algo ya no está bien. Porque el cerebro también puede enfermarse. El embarazo, el parto, los cambios hormonales, el trauma, la falta extrema de sueño y los trastornos de salud mental pueden coincidir de maneras muy serias. Y una mujer puede estar profundamente enferma mientras desde afuera simplemente parece “una mamá que está batallando”.
Por eso hablar de salud mental materna no significa minimizar lo que les ocurrió a Cora, Dawson y Callan. Esos niños merecían crecer. Sus vidas importan y sus muertes importan. Podemos sostener ambas verdades al mismo tiempo: llorar profundamente por esos niños y también preguntarnos qué podemos aprender de todo lo que ocurrió antes de aquella tragedia.
Porque mientras seguimos este caso, hay mujeres en este preciso momento despiertas a las 3 de la mañana preguntándose “esto que estoy sintiendo es normal?”. Hay mamás desesperadas por dormir. Hay mujeres teniendo pensamientos que les da miedo decir en voz alta. Hay mamás diciendo “estoy bien” porque sienten vergüenza de admitir que no lo están.
Tal vez tenemos que dejar de romantizar a la mujer que puede con todo. Dejar de felicitar a las mamás por seguir funcionando mientras se están desmoronando. Porque quizá no siempre necesitamos escuchar “tú puedes, mamá”. A veces necesitamos que alguien diga: “Esta vez no tienes que poder tú sola. Yo me encargo. Ve a dormir.. estoy aquí.
Y cuando todo este juicio termine, las cámaras se apaguen y el internet encuentre otra historia de qué hablar, espero que esta conversación no desaparezca. Porque la pregunta seguirá siendo necesaria para millones de mujeres: Mientras mamá cuida de todos… quién está cuidando de ELLA? ❤️