20/05/2026
Recuerdo perfectamente el día en que decidí ser psicóloga.
Faltaban solo 5 días para entrar a la universidad y yo ya estaba inscrita en Derecho. Tenía una idea muy clara en mi corazón: quería hacer justicia. Quería luchar contra la violencia que tantas personas ejercen sobre otras. Simplemente buscaba JUSTICIA. Ya no quería ver a una madre más llorando, a una chica más desaparecida, a una anciana devastada… ya no quería vivir en un mundo rodeado de miedo.
Pero de pronto llegó un pensamiento lógico y brutalmente realista a mi cabeza.
“Paloma, sé realista… con la corrupción de este país, lo que tú te propones probablemente nunca va a pasar. Y aunque tú jamás te prestaras a la corrupción, siempre habrá alguien más que sí pueda hacerlo. Vas a ver más injusticias de las que podrás cambiar. Además de la inseguridad y las amenazas… no solo pondrías en riesgo tu vida, sino también la tranquilidad de tu familia.”
Y lo vi. Lo entendí.
Quizá yo no estaba destinada a castigar a quienes rompen personas… sino a ayudar a reconstruirlas. Entonces pensé algo que me cambió la vida:
“No hay nada más bonito que ayudar a sanar a alguien.”
Porque las víctimas necesitaban más que justicia.
Necesitaban volver a dormir tranquilas.
Necesitaban volver a creer.
Necesitaban sentir que el dolor no les iba a durar toda la vida.
Y ahí entendí cuál era mi verdadera intención en esta vida:
trascender,
dejar algo bueno en el mundo,
ser un lugar seguro para alguien.
La razón por la que Dios, el universo, el destino o aquello en lo que cada quien crea me puso en este planeta, era para sumar. Para lograr un cambio positivo, aunque fuera pequeño. Aunque solo pudiera ayudar a una sola persona a sanar, a sentirse escuchada, comprendida o menos rota… para mí eso ya sería extraordinario.
Así que fui a la universidad, hice mi carta para cambio de carrera, procedió… y pude entrar desde el primer día a Psicología, sin perderme ni un solo instante de lo que después se convertiría en el amor de mi vida.
Y fue la mejor decisión que he tomado.
Nunca hubo un solo momento en el que me arrepintiera.
Porque aunque al principio yo decía que quería sanar al mundo… en el fondo, la que también necesitaba sanar era yo.
Mi proceso.
Mi historia.
Mi niña interior.
Y mientras aprendía a escuchar a otros, también aprendí a escucharme a mí. Mientras acompañaba heridas ajenas, empecé a abrazar las mías. Mientras estudiaba cómo sanar corazones, entendí que el mío también merecía amor, paciencia y reconstrucción.
Mi objetivo nunca cambió…
solo evolucionó.
Porque entendí que sanar no significa “arreglar” personas.
Sanar significa acompañarlas a encontrarse otra vez consigo mismas.
Volver a mirar su reflejo sin dolor.
Volver a sentir paz dentro de su propia mente.
Volver a creer que merecen amor, calma y una vida bonita después de la tormenta. Y qué privilegio tan inmenso es poder estar presente en momentos tan vulnerables de la vida humana.
Hoy, tantos años después, sigo aquí.
Tocando almas.
Abrazando procesos.
Sanando corazones desde lo más humano de mí.
Y honestamente, no lo veo como un trabajo.
Entro al consultorio y siento que el mundo se queda del otro lado de la puerta. Todo desaparece. Y entonces mi atención, mi empatía, mi vocación y mi corazón se enfocan completamente en la persona que tengo enfrente.
Claro que existe un código ético.
Claro que existe profesionalismo.
Pero también estoy yo: completa, humana, sensible y presente, poniendo el corazón en cada sesión.
Porque esto no es solo mi profesión.
Es mi vida teniendo sentido.
Mi dolor transformándose en propósito.
Y mi manera más sincera de seguir creyendo que todavía podemos sanar el mundo… una persona a la vez.
🩵🥳FELIZ DIA DEL PSICOLOGO 🥳🩵