07/05/2026
A veces uno cree que con pensarlo basta, que con decirlo ya se movió algo adentro. La intención cuenta, para mi es el mapa y la brújula que le da dirección a lo que siento, es parte del manto del jaguar, esa primera quietud donde se observa y se reconoce el terreno. Pero interpreto que el jaguar, que sabe esperar y mirar, no florece desde la pasividad; florece cuando avanza. Nada nace sin acción.
Hacerse cargo de lo que el corazón pide es llevar lo que uno siente a la tierra de los hechos, no dejarlo atrapado en el deseo. En la selva interna hay enredaderas y caminos infinitos, pero también un sendero honesto que no se puede negar.
Cada camino se abre cuando uno decide caminarlo, con curiosidad, con verdad, como el jaguar que no engaña a la selva: simplemente avanza, entendiendo que dudar o el temor es parte del terreno pero no lo es todo.
Yo intento seguir esa enseñanza: honrar lo que nace en mí, sabiendo que ninguna flor brota sin intento y que ningún proceso crece sin riesgo.
El verdadero honor está en caminar, en hacer, en construir, y también en soltar aquello que ya no funciona. Ahí, en ese movimiento propio, la selva escucha, la flor despierta y cada paso, por pequeño que parezca, se vuelve inmenso.
Moverse no es una obligación ni una carrera; es un llamado interno que cada uno siente a su tiempo, para mi es un llamado bien enraizado que va desde adentro, suave, tímido o tembloroso, pero con un impulso, ahí comienza el camino.
Y aunque haya miedo, duda o incertidumbre, avanzar no exige grandeza, exige honestidad y cuestionamiento.
Porque los pasos pequeños, cuando vienen del corazón, son pasos firmes. Y son esos pasos, dados a nuestro ritmo, los que dejan una huella real en nosotros. 🐆