27/05/2026
¿Quieres ser curandero? Cúrate tú.
Sanar no es un acto de poder. Es un acto de humildad.
Al inicio de mi camino, no lo vi.
Mi ego sí. Él vio una oportunidad brillante para disfrazarse de propósito.
Creí que había despertado.
Creí que había encontrado mi misión en la vida: sanar a los demás.
Y con eso, me sentí especial, útil, valioso.
Como si, por fin, todo el caos interno tuviera sentido.
Pero era una mentira elegante.
Un escape refinado.
Una forma más de evitar lo que me tocaba: hacerme cargo de mí.
Porque en el fondo, yo no quería sanar.
Quería distraerme.
Quería ayudar a otros para no tener que ayudarme a mí.
Quería entender la herida humana… pero sin tocar la mía.
Quería leer sobre el alma… para no sentir la mía.
Quería dar consejos… para no tragarme mis verdades.
Vi de cerca el miedo. Lo sentí en el pecho. Lo tuve a unos pasos.
Y en vez de quedarme ahí, temblando pero presente, huí.
Peleé con él como un cobarde. Y cuando terminé la pelea,
mi mente —confundida y herida— salió corriendo…
a buscar libros, teorías, títulos, métodos.
Pero la mente no puede sanar a la mente.
No importa cuántas palabras use, ni cuánta información cargue.
Sanar es bajar al cuerpo. Es mirar al corazón.
Es tocar la herida con las manos sucias de realidad.
Es llorar lo que no se lloró.
Es dejar de huir.
Sanar no es un don mágico.
No es una habilidad que te hace superior.
Es una batalla que libras contigo mismo, sin testigos y sin aplausos.
Y ahora lo entiendo:
No vine a salvar a nadie.
No estoy listo para sanar a otros si no tengo el valor de quedarme conmigo mismo cuando sangro.
¿Quieres ser curandero?
Cúrate tú.
Y deja de esconder tu miedo detrás de tu "misión".
Texto e imagen a quien corresponda