29/06/2026
¿En qué momento dejamos de avergonzarnos de lo realmente importante?
Nacemos con una mente libre.
Un niño no sabe qué debe odiar, qué debe aplaudir, qué debe juzgar o de qué debe sentir vergüenza; todo eso se aprende, se hereda se observa, se repite, sin darnos cuenta, la sociedad nos entrega un manual invisible que dicta cómo vestir, cómo amar, qué consumir, qué creer, qué es éxito, qué es fracaso y, sobre todo, qué merece ser condenado públicamente y qué puede pasar desapercibido y obedecemos.
Nos avergüenza que un hijo sea gay o lesbiana, pero hay familias que jamás sintieron la misma vergüenza cuando ese mismo hijo aprendió a humillar, manipular, golpear, abusar o destruir la vida de otros.
Nos escandaliza quien consume ma*****na, pero muchas veces guardamos silencio frente al alcoholismo que rompe hogares, frente a la violencia familiar, la corrupción, el abuso, la infidelidad o la crueldad disfrazada de éxito.
Nos burlamos de quien viste diferente, mientras admiramos a personas con poder o dinero aunque hayan construido su vida sobre mentiras, engaños o daño hacia los demás.
Entonces surge una pregunta inevitable quién escribió esa escala de valores??
La psicología habla de la conformidad social y del aprendizaje por observación, la neurociencia explica que nuestro cerebro busca pertenecer al grupo porque, durante miles de años, ser rechazado podía significar no sobrevivir, por eso muchas veces no pensamos desde nuestras propias convicciones, sino desde las ideas que heredamos, repetimos opiniones, prejuicios y juicios sin detenernos a preguntarnos si realmente nos pertenecen.
Terminamos condenando aquello que rompe una norma social, mientras normalizamos aquello que rompe seres humanos.
Nos preocupa más la apariencia que el carácter, más la reputación que la conciencia, más el "qué dirán" que el daño real que provocamos.
No se trata de afirmar que todo está bien o que todo está mal, se trata de preguntarnos por qué ciertas conductas generan un rechazo inmediato mientras otras, mucho más destructivas, encuentran justificaciones, aplausos o silencio.
También vale la pena preguntarnos cómo decidimos en quién confiar cuando hablamos de salud, la medicina moderna ha salvado millones de vidas y ha transformado la vida de muchas personas, pero eso no impide cuestionar intereses económicos cuando existen, exigir transparencia o valorar, con evidencia y responsabilidad, distintas alternativas para cuidar nuestra salud, pensar críticamente no significa rechazar la ciencia, significa no dejar de hacer preguntas.
Y hay un ejemplo que resulta imposible ignorar.
México ha sido, históricamente, una sociedad con fuertes patrones machistas, aunque muchas cosas han cambiado y siguen cambiando, numerosas ideas continúan transmitiéndose de generación en generación. Lo más paradójico es que, en ocasiones, no solo son los hombres quienes las perpetúan, también muchas mujeres las defienden, no porque sean el problema, sino porque crecieron dentro de ese mismo sistema y aprendieron que así debían ser las cosas.
Eso también tiene una explicación, la psicología lo conoce como aprendizaje social, normalizamos aquello con lo que crecimos.
El cerebro primero aprende lo que observa todos los días y solo después, si nos detenemos a reflexionar, somos capaces de cuestionarlo.
Por eso seguimos escuchando frases como, "los hombres no lloran", "si te cela es porque te ama", "un hombre con muchas mujeres es un conquistador", pero "una mujer con muchos hombres pierde su valor" y casi nadie se pregunta quién decidió que esas reglas fueran verdad.
No nacimos pensando así.
Nos enseñaron a pensar así.
Y cuando alguien rompe esas reglas invisibles, la sociedad reacciona como si estuviera defendiendo principios inquebrantables, cuando muchas veces solo está defendiendo costumbres heredadas.
Quizá el verdadero problema nunca fue cómo viste una persona, a quién ama o qué decisiones toma sobre su propia vida cuando no daña a los demás, quizá el problema es que hemos dejado de medir a las personas por su compasión, su honestidad, su respeto y su capacidad de hacer el bien.
Porque una sociedad que se escandaliza por la diferencia, pero permanece indiferente frente a la violencia, el abuso, la corrupción, la manipulación o la maldad, es una sociedad que ha confundido por completo sus prioridades.
Tal vez ha llegado el momento de dejar de preguntar
Qué van a pensar de mí? y empezar a preguntarnos,
Que clase de ser humano estoy formando??
Porque la historia nunca cambia cuando todos repiten las mismas ideas.
La historia cambia cuando alguien se atreve a cuestionar aquello que todos daban por cierto.
TANAT. DG