30/04/2026
Lo que ocurre cuando el inconsciente no se expresa, se fuga por la infraestructura.
El paciente no “resiste”: colapsa literalmente hacia un abajo que nadie quiso escuchar en tiempo. Mientras que el analista, puntual, impecable, mira el reloj. Mostrando un mensaje que parece decir que el encuadre sigue en pie, aunque el sujeto ya no esté.
Hay algo muy fino aquí: cuando el dispositivo se vuelve más importante que lo que circula en él, el síntoma encuentra otras salidas. No habla, actúa. No simboliza, se desploma. Es la versión arquitectónica del “me caigo sin saber por qué”.
Podríamos leerlo como una falla en la función de sostén: ese espacio que debía alojar la palabra se convierte en trampa. El diván deja de ser superficie de elaboración y pasa a ser una tapa… mal puesta.
Es entonces que el tiempo, ese gran organizador de la sesión, queda como testigo irónico: se cumple la hora, pero no el encuentro.
A meudo, lo que no se interpreta… se hunde.