25/02/2026
RISTER TAPULLIMA ISUIZA ‘CHAVO’ :
“EL DÍA QUE UN SOLDADO SE VOLVIÓ LEYENDA”
En muchas películas de acción, vemos cómo los “buenos” enfrentan a los “malos” y, casi siempre, salen victoriosos. Pero esas son historias de ficción, con actores que se levantan tras cada escena, efectos especiales que simulan explosiones, y sangre de utilería que se limpia con un trapo. Nada de eso se compara con lo vivido por los verdaderos combatientes del Frente Huallaga. Allí no hubo cámaras, ni guiones, ni directores. Solo hubo coraje, miedo, dolor… y hombres que se enfrentaron a la muerte con honor.
El 23 de noviembre de 1997, en la olvidada carretera Marginal de la Selva, una patrulla de la base militar de Challuayacu, del Batallón Contrasubversivo N° 26 (Tocache) avanzaba confiada, cantando para espantar la tensión, vigilante, pero sin imaginar que, en el kilómetro 21 (entre Challuayacu y Pizana), todo cambiaría en segundos. Una explosión infernal abrió la tierra frente al camión, y con ella se desató el in****no. Ráfagas de fusil desde los cerros, granadas cayendo como lluvia maldita, gritos de heridos y el caos reinante. En ese instante, los héroes no estaban en una película: estaban dentro de un camión emboscado tiroteado, sangrando, arrastrándose, resistiendo como podían.
Los minutos que siguieron fueron eternos. Soldados heridos intentaban cubrirse, otros ya no respiraban mientras las balas perforaban todo a su paso. El terror tenía nombre: P*P Sendero Luminoso. El enemigo aprovechaba la espesura del terreno y la ventaja táctica, sabiendo que esa patrulla estaba aislada, sin comunicación, sin refuerzos inmediatos. Y, sin embargo, algo impensado ocurrió: un joven combatiente de apenas 18 años decidió cambiar el curso de esa historia. Su nombre: Cabo EP Rister Tapullima Isuiza, con chapa de combate: ‘Chavo’.
Sin más escudo que su valor y sin más formación que la que le dio la vida, ‘Chavo’ se quedó solo defendiendo a sus compañeros heridos. Cubierto de sangre, con el torso desnudo y el fusil en mano, se convirtió en un bastión de resistencia. Usó los fusiles de los caídos, improvisó torniquetes con su propia ropa, calmó a quienes se debatían entre la vida y la muerte, y disparó hasta doblar el cañón de su arma. Cada vez que sus ojos veían moverse al enemigo entre los arbustos, no dudaba. Su dedo apretaba el gatillo como si cada disparo fuese una oración de esperanza.
Cuando llegaron los refuerzos, lo vieron de pie, solo, aun disparando, cubierto de polvo, sangre y sudor. Por un instante, pensaron que era un enemigo más. Pero su grito desesperado —"¡Promoción, no dispares, soy ‘Chavo’!"— le devolvió el alma al cuerpo. Aquel muchacho no solo había sobrevivido: había defendido a sus hermanos, había impedido que el enemigo se llevara las armas, había enfrentado la emboscada con el temple de un guerrero milenario. Esa fue su película, pero sin cámaras. Su acto, pero sin público. Su batalla, pero con vidas reales en juego.
Muchos de sus compañeros fueron evacuados malheridos. Otros partieron para siempre. Las lágrimas corrieron silenciosas, como la sangre sobre la carrocería del camión. Pero ese día, la figura de ‘Chavo’ quedó grabada en la memoria de todos los que lo vieron resistir. No tenía títulos, ni galones, ni discursos. Solo tenía corazón. Y con eso bastó. En la guerra no hay guionistas, pero si los hubiera, habrían escrito sobre él una historia inmortal. Porque no todos los héroes usan capa. Algunos usan fusil, cargan con el miedo… y aun así no retroceden.
El día de su licenciamiento, ‘Chavo’ fue llamado al frente. Recibió el ascenso a sargento segundo, acompañado de un homenaje que reconocía su valentía durante la emboscada del Km 21. Hoy, ese mismo hombre conduce un mototaxi por las calles de Tarapoto. Lleva consigo las huellas de la guerra, visibles solo para quien sabe mirar más allá del uniforme civil. Las noches a veces le traen de vuelta aquel horror, pero cada amanecer lo encuentra firme, impulsado por el amor de su esposa y sus cuatro hijos. Porque un verdadero soldado nunca deja de luchar, y aunque ya no empuñe un fusil, sigue batallando por su familia, por su memoria, y por un país que un día juró defender hasta el final.
Contar esta historia no es para revivir el odio, sino para que el Perú no olvide. Para que las nuevas generaciones sepan que la paz que hoy disfrutan fue regada con sangre y valentía. Que hubo jóvenes como ‘Chavo’, que defendieron la patria en silencio, en lo profundo de la selva, donde nadie aplaude y donde la gloria no llega con medallas, sino con cicatrices. Hoy rendimos homenaje a ellos, con respeto y con el corazón en alto. Porque hay historias que deben contarse, no para hacernos llorar, sino para que nunca dejemos de agradecer.