30/03/2026
El abuso, la intimidación o maltrato físico y psicológico que ejerce una persona sobre otra no solo ocurre en ámbitos escolares también se da en círculos familiares, laborales; y en grupos con fines sociales. Estos actos nos muestran a una persona o un grupo de personas disminuyendo a otro ser vivo, el cual es minimizado al no compartir los mismos códigos, normas, o características del grupo.
Hoy en día, actos como este, son sancionados dentro del ámbito académico, pero más allá de la amonestación podríamos plantearnos las siguientes preguntas: ¿Donde aprendió ese niño o individuo a intimidar? ¿Cómo aprendió a ejercer ese poder en otro? Preguntas como estas vuelcan nuestras miradas hacia la familia con la finalidad de reevaluar cómo es esa relación vincular. Como sociedad, en la actualidad, estamos avanzando para lograr una educación inclusiva; pero la inclusión no solo es menester del ámbito escolar; cuando hablamos de inclusión, estamos hablando de respeto por el otro, por sus características poco comunes a determinado grupo dentro de la sociedad. Entonces, qué sucede con “el Matón” o “bulliador”. ¿Cuál es la necesidad que el otro sea igual a él o mantenga características o códigos similares? ¿Qué teme de las diferencias del otro? Formulo estas preguntas debido a que como sociedad se suele mostrar al que intimida con cierto tipo de poder y ventaja sobre otro, y no se muestra a este “Matón” como un ser sumamente miedoso que tiene que hacerse de un grupo para ostentar cierto poder o necesita tener a alguien disminuido para que su imagen cobre notoriedad. En un acto de agresión de este estilo, las emociones de cólera e ira están presentes; así como el miedo, que vendría a ser el detonante.