20/08/2026
Cuando los adultos olvidamos que cada niño tiene su propio ritmo
Cada vez observo con más frecuencia algo que merece nuestra atención y, sobre todo, una pausa para reflexionar.
Los niños llegan a una actividad para aprender, explorar, descubrir lo que les gusta, hacer amistades y disfrutar. Sin embargo, en ocasiones somos los adultos quienes convertimos esos espacios de crecimiento en escenarios de comparación. Cada niño tiene su propio ritmo, sus propios retos, sus fortalezas y su manera única de aprender. Y eso no es algo que debamos corregir; es parte natural del desarrollo humano.
Como adultos, somos uno de los modelos más importantes que tienen. Ellos observan cómo hablamos de otros niños, cómo reaccionamos ante los logros de los demás y cómo manejamos las diferencias. Si queremos enseñarles empatía, respeto, trabajo en equipo y seguridad, primero tenemos que demostrarlo con nuestras propias acciones.
No se trata de criar niños que siempre lleguen primero. Se trata de acompañar a niños que se sientan seguros de sí mismos, que puedan disfrutar su proceso, reconocer sus propios avances y también alegrarse genuinamente por los logros de los demás.
La niñez no debería ser una competencia.
Debería ser un espacio para crecer, aprender, equivocarse, descubrir fortalezas y sentirse acompañado.
Quizás la pregunta que todos los adultos deberíamos hacernos es: ¿qué estamos enseñando con la manera en que observamos, comparamos y hablamos de los niños?
Porque ellos están aprendiendo de nosotros, incluso cuando creemos que no están mirando.