23/06/2026
El despertador sonaba a las seis, y con él, se activaba un mecanismo invisible. Elena ponía el café, revisaba la lista del supermercado, respondía tres correos del trabajo antes de que saliera el sol, preparaba la mochila de su hijo y programaba la lavadora. Su mente era un tablero de ajedrez donde siempre iba tres jugadas adelante.
A las cuatro de la tarde, mientras esperaba en una sala de recepción para una reunión, pasó frente a un gran espejo de cuerpo entero.
Se detuvo un segundo. Miró su reflejo, pero no se reconoció de inmediato. Vio las ojeras, el cabello recogido con prisa, la mirada fija en el vacío de la pantalla del móvil. No se miraba de verdad desde hacía meses. En su agenda estaban anotados médicos ajenos, cumpleaños de compañeros, plazos de entrega y recordatorios para cambiar las bombillas de la cocina. Pero ella no estaba en ninguna parte.
Abrió su cuaderno de notas, buscó la página del día y, justo en el margen inferior, debajo de toda la marea de pendientes, escribió con bolígrafo azul:
17:00 hs — Tomar un té en silencio. Escucharme.
A veces, para volver a existir, solo hace falta anotarse en la lista.
Sí se PUEDE!!! 🙂