10/11/2026
DOMINGO DE REFLEXIÓN
Capítulo de hoy: Cuando la desinformación se disfraza de ciencia
Autismo, estreñimiento y eje intestino-cerebro: lo que realmente sabemos.
Hoy quiero hablarles de algo que me preocupa profundamente como médico, neuropediatra y, sobre todo, como alguien que todos los días acompaña a niños y familias que buscan respuestas.
Me encontré con una publicación cuyo encabezado decía:
NO ERA AUTISMO: CONSTIPACIÓN CRÓNICA Y SU RELACIÓN CON EL NEURODESARROLLO.
Y pensé inmediatamente en las familias que podrían leerlo.
En esa madre que lleva años acompañando a su hijo a terapias. En ese padre que ha recorrido numerosos consultorios buscando respuestas. En quienes han invertido sus ahorros, su tiempo y buena parte de su tranquilidad emocional intentando comprender cómo ayudar mejor a sus hijos.
¿Qué podrían pensar al encontrar un encabezado así?
¿Que el diagnóstico de su hijo fue un error? ¿Que todo se debía a un problema intestinal? ¿Que quizá existe una solución sencilla que nadie les había ofrecido?
Aquí comienza el problema.
No necesariamente en todo el contenido de la publicación, porque varias de sus observaciones gastrointestinales son correctas, sino en la forma en que se presenta la información y en las conclusiones que puede llevar a imaginar.
La medicina no puede construirse a partir de titulares espectaculares. Y mucho menos cuando esos titulares pueden generar falsas expectativas.
Primero, hablemos de datos, no de opiniones.
El autismo es una condición del neurodesarrollo caracterizada por diferencias persistentes en la comunicación e interacción social, junto con patrones restrictivos o repetitivos de comportamiento, intereses o actividades.
Su origen es complejo y multifactorial. Existe una importante contribución genética, junto con factores biológicos y ambientales que interactúan durante el desarrollo.
Los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades de Estados Unidos (CDC) reportaron en 2025 que aproximadamente 1 de cada 31 niños de 8 años (3.2%) había sido identificado con autismo en las comunidades estudiadas durante 2022.
Esta cifra no significa que el autismo esté causado por algún alimento, bacteria o problema intestinal. Tampoco representa automáticamente la prevalencia de México.
Significa que estamos identificando una condición frecuente, heterogénea y compleja que requiere evaluaciones clínicas rigurosas.
¿Y qué ocurre con los problemas gastrointestinales?
Aquí viene una parte muy interesante.
Los niños con autismo presentan problemas gastrointestinales con mayor frecuencia que otros niños.
Un metaanálisis publicado en Pediatrics en 2014, que incluyó 15 estudios, encontró que los niños con autismo tenían:
* 3.86 veces las probabilidades de presentar estreñimiento, comparados con los grupos de control.
* 3.63 veces las probabilidades de presentar diarrea.
* 2.45 veces las probabilidades de presentar dolor abdominal.
* 4.42 veces las probabilidades de presentar síntomas gastrointestinales generales.
Estos datos son relevantes, aunque debemos recordar que se trata de razones de momios (odds ratios), no de porcentajes de niños afectados ni de demostraciones de causalidad.
¿Qué nos dicen realmente?
Que debemos prestar mucha atención a la salud gastrointestinal de nuestros pacientes con autismo.
No que el estreñimiento sea la causa del autismo.
Y mucho menos que corregirlo elimine la condición.
*El eje intestino-cerebro: una realidad científica.*
En mi práctica clínica considero fundamental evaluar la salud gastrointestinal de mis pacientes. No porque crea que ahí se encuentra una cura del autismo, sino porque entiendo que el cerebro y el intestino mantienen una comunicación constante.
El llamado eje intestino-cerebro es una red bidireccional de comunicación que involucra diferentes sistemas biológicos.
1. El sistema nervioso.
El nervio vago y el sistema nervioso entérico participan en la transmisión de información entre el aparato digestivo y el sistema nervioso central.
Las señales relacionadas con distensión, dolor, motilidad y estado fisiológico pueden influir en respuestas autonómicas, emocionales y conductuales.
2. El sistema inmunológico.
La mucosa intestinal mantiene una interacción permanente con el sistema inmunitario.
Citocinas como IL-6, IL-1β y TNF-α participan en vías inflamatorias que pueden influir en la señalización neuroinmunológica.
Sin embargo, que estos mecanismos existan no demuestra que una inflamación intestinal determinada produzca autismo.
3. La microbiota intestinal.
Billones de microorganismos habitan nuestro tracto gastrointestinal y participan en el metabolismo de nutrientes, la producción de metabolitos y la regulación de funciones inmunológicas.
Entre los compuestos estudiados destacan los ácidos grasos de cadena corta, como butirato, acetato y propionato, así como metabolitos derivados del triptófano.
Algunos de ellos pueden intervenir en vías de señalización intestinal, inmunológica y neurológica.
4. La barrera intestinal.
La permeabilidad intestinal es una propiedad fisiológica regulada por estructuras como las uniones estrechas entre células epiteliales.
En determinadas enfermedades, su funcionamiento puede alterarse y favorecer el paso anormal de sustancias a través de la barrera.
Se investiga si estos cambios participan en determinados subgrupos de personas con autismo.
Pero debemos ser extremadamente cuidadosos: no está demostrado que el aumento de la permeabilidad intestinal sea una causa general del autismo, ni que corregirla revierta sus características centrales.
¿Qué nos dicen los estudios sobre el microbioma?
Una revisión sistemática publicada en Frontiers in Neuroscience en 2025 analizó 64 estudios sobre microbiota intestinal y autismo.
Encontró diferencias en determinados grupos bacterianos entre participantes con autismo y controles, pero también una considerable heterogeneidad metodológica.
No encontró evidencia sólida de una diferencia general en la diversidad alfa de la microbiota.
Esto es importante porque todavía no existe un perfil bacteriano único, reproducible y suficientemente validado que permita diagnosticar autismo.
Además, las diferencias observadas pueden estar relacionadas con múltiples factores: dietas restrictivas, estreñimiento, medicamentos, edad, hábitos alimentarios y otras condiciones coexistentes.
Por eso, una alteración en el microbioma puede ser causa, consecuencia, factor modificador o simplemente acompañante de determinados fenómenos clínicos.
Encontrar una asociación no nos dice automáticamente en qué dirección funciona.
Entonces, ¿por qué algunos niños mejoran tanto cuando tratamos su estreñimiento?
Porque el dolor importa.
Imaginemos a un niño con autismo, dificultades importantes de comunicación y estreñimiento crónico.
Tiene distensión abdominal, evacuaciones dolorosas y duerme mal. No siempre puede explicar qué le ocurre.
Entonces empieza a irritarse, rechaza alimentos, presenta crisis conductuales, se despierta durante la noche o disminuye su participación en actividades cotidianas.
Después de una evaluación adecuada, recibe tratamiento para el estreñimiento.
Disminuye el dolor, mejora el sueño, recupera el apetito y se muestra más tranquilo.
La familia observa una mejoría enorme.
Y esa mejoría es real.
Pero el niño no dejó de tener autismo. Dejó de experimentar una fuente importante de sufrimiento físico.
Esta diferencia es fundamental.
El tratamiento gastrointestinal puede mejorar la calidad de vida y disminuir conductas asociadas al malestar. Eso no equivale a modificar o revertir necesariamente las características nucleares del autismo.
También es cierto que algunos niños reciben diagnósticos equivocados. Cuando la historia clínica y la evolución no son congruentes, corresponde reevaluar el diagnóstico.
Pero una reevaluación diagnóstica rigurosa es muy diferente a afirmar que el estreñimiento estaba simulando el autismo en todos esos pacientes.
¿Y los probióticos, las dietas, los trasplantes de microbiota?
También debemos hablar de esto.
Existen investigaciones sobre probióticos, prebióticos, intervenciones dietéticas y trasplante de microbiota f***l.
Algunos estudios pequeños han encontrado resultados prometedores en síntomas gastrointestinales y ciertas medidas conductuales.
Pero los resultados no son suficientemente consistentes para recomendar estas intervenciones como tratamientos establecidos de las características centrales del autismo.
Faltan ensayos clínicos amplios, controlados, reproducibles y con seguimiento a largo plazo.
Tampoco se justifica solicitar indiscriminadamente estudios comerciales del microbioma o indicar dietas extremadamente restrictivas sin una razón médica.
En ciencia, un resultado prometedor no es una cura demostrada.
Y un tratamiento experimental no debe venderse como una certeza.
Ahora hablemos de algo todavía más importante: la ética.
Me preocupa que en redes sociales se esté normalizando una forma de comunicación médica basada en frases impactantes, explicaciones simplificadas y promesas extraordinarias.
El problema no es investigar nuevas hipótesis.
¡Al contrario!
La medicina necesita investigadores capaces de cuestionar lo establecido, explorar nuevos mecanismos y desarrollar mejores tratamientos.
El problema aparece cuando presentamos una hipótesis como si fuera un hecho demostrado.
Cuando confundimos mejoría sintomática con curación.
Cuando utilizamos términos científicos como microbiota, neuroinflamación, permeabilidad intestinal o eje intestino-cerebro para dar apariencia de certeza a conclusiones que todavía no tienen suficiente respaldo.
Y, especialmente, cuando olvidamos que del otro lado de la pantalla hay familias que confían en nosotros.
Una madre no debería sentirse culpable por no haber tratado antes el estreñimiento de su hijo, pensando que con ello habría evitado el autismo.
Un padre no debería abandonar las intervenciones que benefician a su hijo porque alguien le prometió que una dieta o un tratamiento intestinal resolvería todo.
Y ningún niño debería ser sometido a procedimientos innecesarios, dietas injustificadas o tratamientos costosos por una promesa que la ciencia todavía no puede sostener.
¿Qué debemos hacer entonces?
Evaluar integralmente a cada niño.
Buscar y tratar el dolor, el estreñimiento, el reflujo, las alteraciones del sueño, los problemas nutricionales y cualquier condición médica que afecte su bienestar.
Investigar causas específicas cuando existan datos clínicos que lo justifiquen.
Reconocer que el comportamiento también puede ser una forma de comunicar malestar.
Y, sobre todo, comprender que la atención integral del autismo no consiste en buscar desesperadamente una causa única, sino en reconocer las necesidades individuales y ofrecer apoyos fundamentados en evidencia.
Mi reflexión final porque ya es hora de desayunar!
Llevo años trabajando con niños con condiciones del neurodesarrollo y sigo convencido de que tenemos muchísimo por aprender.
Estoy seguro de que la investigación sobre el eje intestino-cerebro continuará aportando conocimientos importantes y quizá nuevas herramientas terapéuticas para problemas específicos.
Pero también estoy convencido de que nuestro entusiasmo científico debe ir acompañado de responsabilidad.
No todo hallazgo de laboratorio se convierte en un tratamiento.
No toda correlación demuestra causalidad.
No toda mejoría conductual representa la desaparición de una condición neurológica.
Y no todo lo que parece científico en redes sociales es medicina basada en evidencia.
La esperanza es indispensable en la medicina. Pero la esperanza sin evidencia puede convertirse en una forma de daño.
Hoy quiero pedirles a las familias que no dejen de preguntar, que busquen información, que cuestionen incluso lo que les decimos sus médicos y que exijan explicaciones claras.
Y a mis colegas quiero recordarles algo:
Nuestra responsabilidad no es conseguir más visualizaciones. Es comunicar con rigor, reconocer la incertidumbre y cuidar la confianza que las familias depositan en nosotros.
Porque la ciencia no necesita promesas espectaculares para ser extraordinaria.
Necesita evidencia, honestidad, humanidad y respeto.
Y nuestros niños merecen exactamente eso.
Domingo de reflexión.