06/17/2026
𝗗𝗠𝗦𝗢 (dimetilsulfóxido)
𝑂𝑝𝑖𝑛𝑖𝑜𝑛𝑒𝑠 𝑒𝑛 𝑐𝑜𝑛𝑓𝑙𝑖𝑐𝑡𝑜 𝑎𝑐𝑒𝑟𝑐𝑎 𝑢𝑛𝑎 𝑚𝑜𝑙𝑒́𝑐𝑢𝑙𝑎 𝑓𝑎𝑠𝑐𝑖𝑛𝑎𝑛𝑡𝑒
Por Miguel Á. Baret, Ph.D.
En el mundo de la salud existen pocas sustancias que generen tanta fascinación, controversia y confusión como el DMSO, conocido científicamente como dimetilsulfóxido. Dependiendo de a quién usted escuche, el DMSO es una maravilla terapéutica injustamente ignorada por la medicina convencional o una sustancia sobrevalorada rodeada de promesas exageradas. Como suele ocurrir en estos casos, la verdad se encuentra en algún punto intermedio.
Después de más de dos décadas dedicado a la medicina funcional, nutricional y regenerativa, he aprendido que las cosas rara vez son blancas o negras. Existen excelentes tratamientos que son ignorados por muchos médicos, y también existen tratamientos muy populares que reciben más crédito del que realmente merecen. El DMSO pertenece a esa categoría de herramientas terapéuticas que deben analizarse con calma, con criterio científico y sin dejarse arrastrar por el entusiasmo ni por el escepticismo extremo.
Lo primero que debemos entender es que el DMSO no es una sustancia nueva. No apareció en las redes sociales ni nació en algún laboratorio secreto. Se conoce desde hace muchas décadas y ha sido objeto de numerosos estudios científicos. Se obtiene originalmente a partir del procesamiento de la madera y posee una característica extraordinaria que la distingue de prácticamente cualquier otra sustancia utilizada en medicina: atraviesa la piel y las membranas biológicas con una facilidad impresionante.
Esta propiedad, por sí sola, ya lo convierte en una molécula singular. Imagine por un momento que la piel de su cuerpo es una muralla diseñada para protegerlo del mundo exterior. La mayoría de las sustancias chocan contra esa muralla y apenas logran atravesarla. El DMSO, en cambio, parece poseer una llave maestra. Cruza la barrera cutánea y penetra profundamente en los tejidos. Pero lo más sorprendente es que muchas veces no viaja solo. Puede transportar otras sustancias junto con él.
Por esa razón, algunos investigadores y clínicos lo han comparado con un vehículo molecular. Sin embargo, como ocurre con cualquier vehículo, el problema no es únicamente el transporte sino también lo que se está transportando. Si el pasajero es beneficioso, el viaje puede ser útil. Si el pasajero es tóxico o contaminante, el resultado puede no ser tan favorable.
Más allá de su capacidad de penetración, el DMSO posee propiedades biológicas que han despertado el interés de investigadores durante décadas. Se ha observado que puede disminuir ciertos procesos inflamatorios, reducir la actividad de algunos radicales libres y ejercer efectos analgésicos en determinados tejidos. En términos sencillos, parece ayudar a reducir dolor, inflamación y estrés oxidativo, tres elementos que participan en una enorme cantidad de enfermedades y procesos degenerativos.
No debe sorprendernos entonces que muchas personas hayan recurrido al DMSO para aliviar molestias articulares, dolores musculares, tendinitis, bursitis, esguinces y diversas lesiones de tejidos blandos. Numerosos pacientes describen una reducción relativamente rápida del dolor cuando se utiliza correctamente. Desde luego, esto no significa que el DMSO cure la causa de todos los problemas. La inflamación es solamente una parte de la historia. Pero cuando logramos disminuirla, muchas veces permitimos que el organismo active con mayor eficacia sus propios mecanismos de recuperación.
Pensemos, por ejemplo, en una rodilla artrósica. El cartílago desgastado no vuelve a crecer simplemente porque una persona se aplique DMSO. Sin embargo, si disminuye la inflamación, disminuye el dolor. Si disminuye el dolor, la persona camina más. Si camina más, mejora la circulación. Si mejora la circulación, mejora la nutrición de los tejidos. Y cuando los tejidos reciben mejor oxígeno y nutrientes, las posibilidades de preservar la función aumentan considerablemente. En medicina, a veces las mejoras indirectas producen beneficios tan importantes como las directas.
Desde la perspectiva de la medicina regenerativa, el interés por el DMSO va mucho más allá del alivio sintomático. Existe un dato que pocas personas conocen. En prácticamente todos los laboratorios avanzados que trabajan con células madre, el DMSO se utiliza como agente crioprotector. Su función consiste en proteger las células durante los procesos de congelación y descongelación. Esto no significa que el DMSO sea una terapia de células madre ni mucho menos. Sin embargo, sí demuestra que estamos hablando de una molécula con propiedades biológicas reales y ampliamente reconocidas por la comunidad científica.
A medida que uno estudia la literatura disponible, descubre que el DMSO ha sido investigado en una variedad sorprendente de situaciones clínicas. Se ha evaluado en problemas inflamatorios, trastornos autoinmunes, fibrosis, lesiones neurológicas, traumatismos e incluso en ciertos contextos relacionados con la radiación. Algunos resultados han sido alentadores. Otros han sido decepcionantes. Y muchos permanecen inconclusos. Esto ocurre con frecuencia en la investigación biomédica. Una observación interesante en laboratorio no siempre se traduce en un beneficio clínico contundente en seres humanos.
Precisamente por eso debemos tener cuidado con las afirmaciones extraordinarias. Una de las cosas que más me preocupan dentro del mundo de la salud alternativa es la tendencia a convertir herramientas útiles en soluciones milagrosas. He visto personas afirmar que el DMSO puede curar prácticamente cualquier enfermedad imaginable. Cuando escucho ese tipo de declaraciones, inmediatamente se encienden mis alarmas.
La historia de la medicina nos enseña que las soluciones universales casi nunca existen. El cuerpo humano es demasiado complejo para que una sola molécula resuelva todos sus problemas. Una sustancia puede ser extraordinaria para determinadas aplicaciones y aun así tener limitaciones muy claras. Reconocer esas limitaciones no disminuye su valor; por el contrario, aumenta nuestra credibilidad y nos permite utilizarla de manera más inteligente.
Otro aspecto que merece atención es la seguridad. La extraordinaria capacidad del DMSO para atravesar la piel es precisamente la razón por la cual debe utilizarse con prudencia. Si una persona lo aplica sobre una piel perfectamente limpia, los riesgos son relativamente bajos. Pero si lo hace sobre una superficie contaminada con perfumes, cosméticos, pesticidas, solventes o residuos químicos, existe la posibilidad de que algunas de esas sustancias sean absorbidas con mayor facilidad.
Dicho de otra manera, el DMSO no es selectivo. No posee la capacidad de decidir qué debe entrar al organismo y qué debe quedarse afuera. Su función es facilitar el paso. La responsabilidad de elegir adecuadamente recae sobre quien lo utiliza.
Algunas personas experimentan irritación cutánea, enrojecimiento o sensación de ardor. Otras desarrollan un característico olor corporal parecido al ajo o al marisco. Este fenómeno ocurre porque el organismo metaboliza parte del DMSO y produce compuestos sulfurados volátiles que son eliminados a través de la respiración y la piel. No representa necesariamente un problema médico, aunque sí puede generar algunas conversaciones curiosas con familiares, amigos o compañeros de trabajo que de pronto comienzan a preguntarse qué exactamente estuvo comiendo usted.
Después de analizar la evidencia científica disponible y de observar durante años las experiencias de numerosos pacientes y profesionales, mi impresión es que el DMSO merece mucho más respeto del que suele recibir. No porque sea una panacea, sino porque posee propiedades terapéuticas legítimas que pueden ser aprovechadas en contextos específicos. Su capacidad para reducir inflamación, aliviar dolor, modular ciertos procesos oxidativos y facilitar la penetración de sustancias lo convierten en una herramienta interesante dentro de un enfoque clínico integrativo.
Sin embargo, también creo que merece menos fanatismo del que a veces lo rodea. Las expectativas irreales suelen ser enemigas de la buena medicina. Cuando esperamos milagros, terminamos decepcionándonos incluso de tratamientos que sí ofrecen beneficios reales. El objetivo no debe ser encontrar una sustancia que lo cure todo. El objetivo debe ser comprender qué puede aportar cada herramienta y en qué circunstancias puede hacerlo.
En última instancia, el DMSO representa una lección importante para cualquiera que se interese por la salud. Nos recuerda que la medicina no debería dividirse entre convencional y alternativa, sino entre aquello que funciona y aquello que no funciona; entre aquello que cuenta con fundamentos razonables y aquello que depende únicamente de la fe o de la publicidad. Cuando observamos al DMSO desde esa perspectiva, encontramos una molécula fascinante, imperfecta, útil y digna de estudio. No un milagro. No una estafa. Simplemente una herramienta más dentro del amplio arsenal terapéutico que la naturaleza y la ciencia han puesto a nuestra disposición.